En estos últimos días, por razones de sobra conocidas, se ha hablado más que nunca de los delitos contra la libertad sexual. Tal vez era un tema pendiente que permanecía hibernando en nuestras conciencias hasta que algo le hiciera estallar. Y pasó. Primero el jucio mediático por la violación –pienso seguir llamándola así- de “La Manada”, luego la sentencia, no menos mediática, y todo ello con la antesala del asesinato de Diana Quer, que ya había empezado a destapar la caja de los truenos. Ya era hora. Lástima que hayan tenido que suceder cosas tan terribles para despertar a la sociedad.

En esta tesitura, nos llegan los datos del aumento de las denuncias por delitos contra la libertad sexual. Un 28 por ciento en el caso de las violaciones, y un 14 por ciento en el resto de delitos sexuales, aunque esta clasificación habría que matizarla por el modo en que luego se definan jurisprudencia mediante, como hemos visto. Una estadística que no es nueva, aunque lo nuevo sea que se hable de ella. Porque hasta hace poco, por más que los cálculos se hicieran periódicamente, poca gente se hacía eco de ello. Y eso sí es importante. Algo está cambiando.

Siempre que leo estadísticas sobre aumento de denuncias me planteo lo mismo. ¿Es una buena o una mala noticia? ¿Significa un aumento de delitos o un aumento de la conciencia de visiblizarlos? Es la pregunta del millón. Y si es importante en otros temas, como ocurre con la violencia de género, en este caso es crucial. Porque a día de hoy los delitos contra la libertad sexual solo se persiguen previa denuncia de la víctima –salvo los cometidos contra personas especialmente vilnerables, como menores o personas con discapacidad, en cuyo caso puede denunciar el Ministerio Fiscal-. Quiere esto decir que sin denuncia, técnicamente, el delito no existe por falta de requisito de procedibilidad –la denuncia- por más que exista la conducta delictiva.

Por eso me sigo preguntando si ha existido un cambio más importante de lo que se piensa. Si ese aumento de denuncias responde a un aumento de la conciencia social y de la decisión de las propias víctimas de sacar a la luz lo que antes se ocultaba. Precisamente hubo una iniciativa en ese sentido en las redes sociales, #cuentalo, bajo cuyo hastag miles de mujeres se animaron a contar su experiencias como víctimas de acoso, abuso o agresión sexual de cualquier tipo. Y tal vez, solo tal vez, este aumento de las denuncias responda a un cambio de mentalidad, a un puñetazo encima de la mesa diciendo “basta ya”. O, al menos, eso es lo que me gustaría creer.

La cuestión es que, hayan aumentado los delitos o solo lo hayan hecho las denuncias, éstos existen. Y siguen existiendo y repitiéndose en todos los ámbitos, en todos los entornos, en todas las clases sociales y en todas las franjas de edad. Y esto es lo verdaderamente importante y de lo que deberíamos tomar nota, y no solo para regular su castigo, sino, sobre todo, para evitarlos.

No dejo de leer manifestaciones referentes a cambiar la ley, particularmente el Código Penal. Y no me cansaré de advertir lo mismo. No nos dejemos engañar. Cambiar un precepto en el BOE es una solución barata y vistosa, pero ni es lo primordial ni, mucho menos, lo único. Y me huelo que si no espabilamos nos la van a dar con queso con una comisión de reforma del Código y nada más. Y yo, señores, prefiero que mis hijas no sufran agresiones que las sufran pero sean castigadas con una pena ejemplar. Cuestión de prioridades.

Por eso, insisto. Que mejoren el Código todo lo que quieran , pero no nos conformemos con eso. Lo que hay que cambiar es, en primer término las mentalidades, y no me refiero –o no solo- a las de quienes juzgan o puden juzgar estos hechos. Me refiero a una sociedad que sigue siendo machista, y a unos poderes públicos que consienten que lo sea, no poniendo medidas educativas que hagan que las nuevas generaciones no repitan los roles y estereotipos de las que las precedieron. Me refiero también a la falta de voluntad para poner coto a a comportamientos teñidos de machismo, a informaciones con sesgos sexistas, a una publicidad que perpetúa ese modelo a pesar de que la ley hace tiempo que lo proscribe. Me refiero a mucho más que una comisión que cambie las palabras de un Código cuya única misión es castigar pero que no sirve para prevenir nada.

Si no ampliamos el enfoque, poco habremos ganado. Y sería una lástima no aprovechar el empujón y limitarnos a esperar que la próxima vez la sentencia sea más dura o más satisfactoria para quienes así lo reclaman. Lo que debemos buscar es que no haya próxima vez.

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