El diablo lleva un mono blanco y se llama Lewis Hamilton. Ese es el pensamiento de los pilotos de Ferrari, de los ingenieros de Ferrari, de los mecánicos y empleados de todo tipo de Ferrari. Ese tío es el diablo, maldita sea, ¡maldito diablo!

Los caballos -rojos como el fuego- son el símbolo de la Ferrari, la machina, el cavallino rampante, pero ese fuego quedó convertido en una cerilla casi insignificante antes las llamas del diablo negro vestido de blanco, Lewis Hamilton. ¡Qué huevos le echó el tío cuando adelanto a Vettel en la primera vuelta!

Pero no nos precipitemos. Aún no ha empezado la carrera y la tensión afecta hasta a las nubes del cielo, que sueltan alguna gota y luego se reprimen, asustadas: no vaya a ser que la lluvia estropee la carrera en el suelo sobre el que viven, el suelo del circuito de Monza.

Está a punto de comenzar el Gran Premio de Italia 2018. La Scuderia no gana en su circuito desde 2010, cuando las manos de Alonso -¡Viva Fernando Alonso!- llevaron a la máquina roja hasta lo más alto del podium. Pero esta vez la suerte está de cara, el viento sopla a favor. Las Ferrari (ellos lo dicen así) coparon la primera línea de salida en una clasificación alucinante en la que se batió, tres veces y en el último minuto, el record del circuito que Pablo Montoya ostentaba desde 2004.

Hamilton y Vettel derrotados por Raikkonen

Los comentaristas están nerviosos, casi histéricos, contagiados como los espectadores, los árboles y los pájaros por la tensión. ¡El semáforo se pone en verde!

Hamilton lo intenta, adelantar, ponerse primero o al menos segundo; no puede. Vettel ataca a su compañero de equipo pero Raikkonnen no le deja pasar. Y en ese baile de compañeros y enemigos Hamilton ve un hueco, el diablo ve un hueco y se lanza con el tridente entre los dientes. Si le sale mal y le tocan puede quedarse fuera de carrera y probablemente también sin su quinto titulo mundial. Pero no se arredra. El diablo no se arredra.

El pálido Vettel va a por él y le golpea en un costado. Y entonces se oye la risa de todos los diablos que llevan atrapados siglos y milenios en el infierno. ¿Quieres ser malo, Sebastian? ¡Este es tu premio!

Y el premio de Sebastian es un trompo que daña su monoplaza, su bólido, su cavallino rojo y le obliga a entrar en boxes en la primerísima vuelta de carrera. Remontará, por supuesto; que haga lo que quiera, ya está fuera de juego.

Safety car. Coche de seguridad. Pero en cuanto se relanza la carrera el diablo negro del mono blanco ataca de nuevo, y ¡adelanta a Raikkonen echando fuego por el motor y los ojos!

Los tifosi no se lo pueden creer. Toto Wold en el muro de Mercedes no se lo puede creer. Nadie se lo puede creer. Y es lo lógico, hacen bien en no creerselo, porque Kimi Raikkonen quizá ya no es que era, pero quien tuvo retuvo, y en la misma vuelta que Hamilton le ha pasado el Hombre de Hielo le devuelve la jugada.

¡Ferrari sigue siendo primero! Sebastian Vettel es un primavera pero Ferrari sigue comandando la carrera: eso es lo que piensan todos los seguidores fanáticos e incondicionales de la Scuderia.

Y entonces el diablo se relaja y deja que hagan su trabajo los diablos menores, los que alimentan el fuego y dan vueltas con palas de hierro a los líquidos indescriptibles que se cuecen en las calderas de Pedro Botero.

Hamilton se ha mantenido a un segundo de Hamilton en todo momento, pero no ha intentando volver a pasarlo. Eso significa, piensan los espectadores, piensan los estrategas de la Scuderia, que va a intentar hacerle un overcat, parar en boxes primero y adelantarlo de ese modo. Por eso cuando los mecánicos de Mercedes salen a la pista de baile del box con los neumáticos en los brazos como si fueran novias amadas nadie duda en Ferrari. Mal hecho.

Entra Raikkonen, pero Hamilton sigue en pista. Los comentaristas se ponen aún más histéricos que al principio de la carrera, confunden los nombres, hablan a las caras que salen en los monitores de televisión y no entienden nada. ¿Por qué no hacen entrar ya a Hamilton?

La respuesta es retorcida y está llena de maldad, cocida también en el infierno, en las calderas de las que Hamilton es señor y dueño. El mismo Hamilton que tira como el diablo que es, vuelta tras vuelta, y así obliga al Hombre de Hielo a hacer lo mismo, a ir tan rápido como es capaz, haciéndole olvidar que sus neumáticos son más duros, que es necesario calentarlos antes de pedirles el máximo rendimiento; y en sólo cinco vueltas la trampa se cierra y el daño está hecho.

Los neumáticos de Kimi Raikkonen están llenos de líneas negras y ampollas, su cavallino rojo empieza a ponerse enfermo, cada vez más y más enfermo. Pero aún queda en el infierno un as que jugar, la cooperación del fiel escudero que nunca será campeón del mundo, pero que gracias a la generosidad de Mercedes ya lleva ganados bastantes grandes premios: es la hora, otra vez, de pagar el precio.

Ordenan a Valteri Bottas que no entre a cambiar ruedas, que aguante mientras le quede resuello y que pare a Kimi Raikkonen para que Hamilton pueda alcanzarlo. Así sucede, así lo hace el prudente compatriota de El Hombre de Hielo. Y cuando Valteri Bottas entra en boxes a Kimi Raikkonen sólo le falta un bastón y unas gafas de ciego para evidenciar su desvalecimiento.

Pero no se apresura el diablo negro vestido de blanco. La cocina necesita su tiempo, sólo en el momento oportuno sentirá Raikkonen en sus ruedas asustadas el aliento inconfundible del infierno.

Lewis Hamilton sólo necesita un intento para adelantar a la Ferrari. Imponente y sin excesivo esfuerzo: ya se ha puesto primero. El cielo apenas logra contener sus lágrimas, y algunas gotas de agua caen sobre la piel de asfalto del circuito. Apenas quedan vueltas. La carrera es de Lewis Hamilton. En territorio enemigo, en la tierra de los diablillos rojos el gran diablo del mono blanco ha demostrado su poderío y el de su flecha de plata, su valor y temperamento. Primero, primero, primero en el mundial y primero en la carrera. Lewis Hamilton, diablo diablo, es el primero.

Y ya en el podio su mayor premio es el silencio de la afición italiana, de los tifosi. Un silencio mucho más poderoso y embriagador que ningún aplauso de los que suele escuchar cuando gana carreras en otros circuitos.

Detrás de las flechas y los cavalinos había otros coches y otros pilotos, muchas cosas podrían decirse también acerca de ellos, pero no es el sitio ni el momento. Aquí y ahora, acaba de finalizar el Gran Premio de Monza 2018, sólo debe haber ojos para el diablo negro del mono blanco, el hombre, el piloto, capaz de quemar al mismísimo fuego. Sobrecogedor y espléndido.

Tigre tigre.

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5 Comentarios

  1. A los alonsistas solo les queda ver la derrota de vettel, así que ha debido de ser un gran día para ellos.

  2. A los seguidores de Alonso, quienes han sido felices y sufrido con él, indudablemente les causó, nos causó, satisfacción ver a Vettel cometer otro error. Es cierto que eso no nos devuelve ningún mundial perdido, pero en Monza 2018 fue muy bonito comprobar que Hamilton es mejor que Sebastian: un diablo corriendo y convencido de que era tan grande como el mismísimo Dios. Tigre tigre.

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