Los gustos musicales son un tema espinoso. La primera división importante que se produce es esa distinción artificiosa entre música clásica, sea lo que sea eso, y música pop (entendida aquí en su significado literal de música popular. En este contexto incluye también rock y derivados). Para referirnos a lo más refinado de este género tenemos ese canon acumulativo elaborado por críticos y público con más consenso del que parece, canon que parece culminar con esos discos capaces de orbitar la calidad del Sgt. Pepper’s (pongamos de Highway 61 Revisited a OK Computer pasando por Unknown Pleasures o The Queen Is Dead, entre otros) independientemente de si estos resultaron éxitos de ventas en su día o si se trata de discos malditos rescatados a posteriori.

Los discos de esta lista tienen un denominador común: estar más o menos divorciados de las preferencias del gran público e incluir pocos cantantes de los que suelen poblar las listas de éxitos. Este divorcio se ha traducido en una especie de voluntad redentora a veces dotada de unas dosis de suficiencia enervantes por parte de los amantes de estas músicas más elaboradas y complejas, tendientes a situarse por encima de los consumidores de músicas más accesibles, rápidas e inteligibles.

La colección de libros 33 1/3 ahonda en este panorama. La mecánica es simple: Un crítico renombrado escribe un libro sobre un disco. Hasta el día de hoy se han publicado 125: leer estos libros y escuchar los discos asociados es una de las mejores maneras de tomar el pulso a lo mejor de la música popular de los últimos cincuenta años. La colección arrancó en 2003 y todavía está en curso.

Un año después de su arranque David Barker, su director, contacta con el crítico canadiense Carl Wilson para proponerle un libro, y éste, en lugar de celebrar el buen gusto colectivo de toda la colección escribiendo sobre otro buen disco, decide explorar el odio que los seres humanos sentimos ante los gustos de los demás. Wilson dedicará el libro al disco que más odia entre todos los que conoce: el gran éxito de Céline Dion Let’s Talk About Love (1993). Sí: el disco que contiene My Heart Will Go On, ese himno cutre al amor berreado en los créditos finales de Titanic. Se vendieron treintaiún millones de copias.

La aproximación de Wilson al disco es cualquier cosa menos pedante. Evitará también cualquier sombra de relativismo artístico (el gran peligro de escribir un libro como este): el disco no le gusta al iniciar su trabajo y tampoco le gustará al terminarlo. Pero resulta imprescindible recorrer su camino. Wilson contextualiza. Obsequia al disco con una crítica convencional tan bien hecha como la que se pueda realizar a cualquier disco musicalmente relevante. Se pregunta por la mecánica del gusto, por su fisiología, por las raíces culturales de la música pop, por sus objetivos. Habla con los fans de Céline Dion, los escucha y los entiende. Viaja a las Vegas para ver el show de la cantante y escucha obsesivamente a todo volumen el disco durante todo el proceso, aprendiéndoselo de memoria nota a nota. Finalmente el libro fue publicado fuera de la colección bajo el título Let’s Talk About Love: Why other people have such bad taste (Traducido LTAL: Por qué los otros siempre tienen tan mal gusto). En España está editado por Blackie Books bajo el desafortunado título Música de mierda, que lo connota con ese tonillo de superioridad del que el libro carece.

El descenso a los infiernos del gusto de Wilson se puede extrapolar de manera inmediata a la arquitectura. Con la diferencia de que no conozco ningún tratado sobre arquitectura popular realizado con este grado de respeto. Mientras leía el libro no podía dejar de pensar en todas aquellas arquitecturas que mi educación y mi sentido del gusto me hacen odiar. Pienso en esas promociones de vivienda anónimas que pueblan cualquier periferia española: kilómetros y kilómetros de bloques de viviendas, uni o plurifamiliares, de ladrillo cara vista – zona día zona noche – dormitorio suite – ventana grande para el estar – más pequeña para los dormitorios – ridículas para el baño cuando está en fachada (lo que cada vez sucede menos porque es caro). Lamas de PVC para los lavaderos. Zona comunitaria con piscinita. El look Joaquín Torres y esas fachadas blancas con curvitas. Calatrava. Sí: el grueso de los arquitectos que conozco odia todo esto con toda su alma incluso cuando ha contribuido a construirlo, lo que esconden celosamente de sus currículos excepto cuando se puede reducir a unos metros cuadrados sin planos ni foto. Sí: confieso las horas y horas pasadas charlando sobre el mal gusto de los demás, y sí: confieso la lección de modos que ha supuesto para mí la lectura de este libro.

Comprender no siempre es querer. Pero sí puede ser respetar, y eso resulta importantísimo en una profesión basada en el servicio público.

¿Quieres recibir las novedades de Diario16?
Compartir
Artículo anteriorLa JUR no tiene quien justifique la intervención del Popular y su venta por un euro al Santander
Artículo siguienteLo del motor Honda es para ponerse a mear y…
Arquitecto. Construyó hasta que la crisis le forzó a diversificarse. Actualmente escribe, edita, enseña, conferencia, colabora en proyectos, comisario exposiciones y fotografío en diversos medios nacionales e internacionales. Publica artículos de investigación y difusión de arquitectura en www.jaumeprat.com. Diseñó el Pabellón de Cataluña de la Bienal de Arquitectura de Venecia en 2016 asociado con la arquitecta Jelena Prokopjevic y el director de cine Isaki Lacuesta. Le gusta ocuparse de los límites de la arquitectura y su relación con las otras artes, con sus usuarios y con la ciudad.

Dejar respuesta

Please enter your comment!
Please enter your name here

3 × 4 =