Foto: la Giralda de Nueva York en el Madison Square Garden. McKim, Mead & White, arquitectos.

Se pongan como se pongan los teóricos la arquitectura jamás producirá diseños óptimos, objetivos, perfectos: demasiado compleja para ello. Su reino es el de los diseños optimizados con un grado bastante alto de subjetividad. La memoria importa, memoria que, contraintuitivamente, jamás va a ser ancestral. La memoria que forma las tradiciones se basa en aquello que amaron nuestros abuelos. Si aquello que amaron se parece a aquello que amaron los suyos, y así sucesivamente, tampoco tendremos exactamente una memoria ancestral, sino algo parecido al Juego de los Disparates: por aquí me han preguntado y por aquí me han contestado. Aquello que consideramos tradición, aquello que consideramos nuestra memoria colectiva, muta de generación en generación de modo errático y a menudo imprevisible.

La arquitectura funciona impulsada por determinadas piezas, construcciones, edificios, que actúan de motor o de ejemplo para todas las otras de manera más o menos evidente, desde el Partenón hasta las masías, una cabaña de madera o el Coliseo. Esto es acumulativo y sigue funcionando así. A la memoria romana se le superpuso la medieval, la barroca, etcétera, hasta llegar a nuestro momento contemporáneo, del que me atrevería a destacar dos ejemplos indiscutibles: el Empire State, al que no se han atrevido a cambiar el nombre, y la ópera de Sydney. Puede haber algunos más.

La cultura andaluza es, sin duda, una de las más potentes de toda Europa, una cultura de intercambio a la vez cruda y refinada tan fijada tan fijada la tierra que la ha creado como exportable al ritmo de su cultura y de su gente que, repartida por todo el mundo, ha tendido a organizarse y relacionarse con sus países de acogida como colectivo.

Por aquel atavismo de marcar un lugar poniendo algún elemento erguido como desafío a la gravedad, fácil de dibujar y recordar, el elemento identitario más poderoso de los andaluces ha sido la Giralda de Sevilla, antiguo minarete de la mezquita reconvertido en campanario de una catedral católica en un gesto que tiene mucho más de respeto que de imposición: no olvidemos que venimos de creernos uno de los mitos más insidiosos de toda la historia de España, llamado La Reconquista, mentira que esconde uno de los periodos de convivencia pacífica más ricos que se han dado, modélico desde todos los puntos de vista si lo comparamos con nuestras circunstancias actuales: pueblos y ciudades, decenas y decenas de ellos, con iglesia, sinagoga y mezquita(1) a menudo funcionando como verdaderos centros ecuménicos. La mal llamada Reconquista tiene, incluso, su estilo arquitectónico propio, el Mudéjar: arte islámico cristianizado.

La Giralda simboliza todo esto. De entrada su propia concepción resume esta idea de intercambio cultural al adaptar el modelo del minarete de Kutubia, en Marrakech, construido diez o veinte años antes: la cultura del Magrib y la cultura árabe condensadas en otro continente en una pieza orgullosa de altura casi imposible para su época, casi cien metros)2), pintada originariamente de rojo chillón para convertirla en símbolo de Sevilla. La Giralda, pues, no es tanto una pieza religiosa como un edificio que, apoyado sobre sus múltiples valores, cae bien: es un edificio literalmente universal(3).

El origen de sus réplicas es el orgullo de ser. La reivindicación. El recuerdo de una identidad que enriquecerá su emplazamiento. La Giralda empieza a replicarse muy cerca de la propia Sevilla, en Écija o en Carmona. Sus réplicas identificarán muchos lugares, a menudo de manera insospechada. Uno de los símbolos de identidad del Penedès, la comarca que vio nacer el Cava, es la Giralda del Arboç, ahora catalogada, restaurada y convertida en edificio público. La tierra que vio triunfar a las Giraldas de manera decisiva, sin embargo, son los Estados Unidos de América, la cultura de intercambio por excelencia, la Roma moderna que se enriquece y hace fuerte incorporando sensibilidades diversas. Hay Giraldas por todos los Estados Unidos, muchas de ellas de interés arquitectónico remarcable. Hay Giraldas en los estados de colonización española como Florida o California (existe la Giralda de Miami, existen un mínimo de cinco o seis Giraldas en Los Ángeles, donde llega a haber una iglesia con dos Giraldas gemelas que le enmarcan la fachada, todo el conjunto de un bellísimo color blanco. También existe la Giralda de San Francisco) y en lugares menos obvios como Cleveland, Toledo (Ohio) o Kansas City. También hay dos Giraldas monumentales en Chicago, extrañamente ligadas en este caso a la arquitectura hotelera.

La Giralda más famosa de todos los Estados Unidos fue la de Nueva York. Terminada en 1890 fue, con sus 148 metros, el edificio más alto de la ciudad hasta que el arquitecto Cass Gilbert empezó a construir el edificio Woolworth en 1910, edificio que, por cierto, tiene también bastante de minarete.

Por 20 años Nueva York fue presidido por su Giralda, concebida como un elemento vertical del que tenía que ser el espacio más popular de la ciudad. Su nombre quizá os suena: Madison Square Garden(4). Último apunte por si queréis atar cabos: cuando Federico García Lorca viaja a la ciudad en 1929 invitado por la universidad e Columbia el edificio hace cuatro años que ha sido derribado: el solar era demasiado valioso para un edificio tan bajito.

Nuestra actitud entendiendo y proyectando los edificios no ha cambiado desde los promotores de la Giralda de Nueva York. Solo así se conciben edificios españoles con ventanas corridas concebidas para países con la mitad de horas de sol, o homenajes al verde o al reciclaje o a cualquiera de los elementos que puedan estar actualmente de moda(5). No nos podemos librar de esto por la misma razón que mencionaba al inicio del artículo: la arquitectura es y será siempre un diseño optimizado. Saberlo nos ayudará a entender el diálogo entre arquitectura y aquello que en cualquier momento consideramos identitario.

 

(1) Mezquitas que no miraban a la Meca: Miraban a Córdoba, la sede del califato más progresista de toda la historia del Islam, al que le debemos, entre otras cosas, ser uno de los focos de conservación del clasicismo mucho antes de que las órdenes monásticas se pusiesen manos a la obra.

(2) La altura actual de 104 metros se consiguió montando la Giraldilla sobre la Giralda, una pieza cristiana que aloja el campanario propiamente dicho muy respetuosa con la construcción original.

(3) En este sentido su adaptación a un edificio católico no podía ser más fácil desde el momento en que católico significa, precisamente, universal.

(4) No ubicado exactamente donde está el actual. Pero sí es la misma empresa. La Giralda fue proyectada por el mejor estudio de toda la ciudad de Nueva York, los increíbles McKim, Mead & white. Su historia es flipante, llegando a comprender el asesinato a sangre fría de Stanford White, el más talentoso de los tres arquitectos, en lo que se llamó el Crimen del Siglo en la ciudad.

(5) No es mi intención cargarme ni el verde ni el reciclaje. Antes lo contrario: son temas demasiado importantes como para ser frivolizados convirtiéndolos en eso.

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Arquitecto. Construyó hasta que la crisis le forzó a diversificarse. Actualmente escribe, edita, enseña, conferencia, colabora en proyectos, comisario exposiciones y fotografío en diversos medios nacionales e internacionales. Publica artículos de investigación y difusión de arquitectura en www.jaumeprat.com. Diseñó el Pabellón de Cataluña de la Bienal de Arquitectura de Venecia en 2016 asociado con la arquitecta Jelena Prokopjevic y el director de cine Isaki Lacuesta. Le gusta ocuparse de los límites de la arquitectura y su relación con las otras artes, con sus usuarios y con la ciudad.

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