Si hay un mandamiento que Lula Gómez cumple a raja tabla es el de no pasar nunca de puntillas por cada reportaje que escribe. Y es que esta feminista y “contadora de historias”, tal y como a ella misma le gusta definirse, sabe que el periodismo es ante todo la voz de la conciencia de los olvidados y los ojos con los que la sociedad debe mirar todas y cada una de miserias y éxitos que es capaz de construir. “Veo guerras en muchos frentes. No hace falta recurrir a la épica o saltar a otros continentes; están en nuestros barrios, en la desigualdad, en el terrorismo machista, en la valla de Melilla”, explica.

Esas mismas ganas de ser un gran altavoz, le han hecho parir el documental y el libro Mujeres al frente (Libros.com), en ambos refleja que sin mujeres el mundo se rompe y lo decisivo que fue para la firma de paz de Colombia la mediación de ellas en el proceso. “A través de siete mujeres se narra la guerra de aquel país. En todos sus testimonios se repite el horror, se insiste en las muchas miles de veces que los cuerpos de las mujeres se han usado como botín de guerra por unos y por otros. Narran, como si de un coro se tratase, cómo superaron el miedo de las amenazas, el dolor de enterrar sin tiempo ni duelo, ni siquiera palas a los seres queridos. Señalan con temor las causas que han llevado a que los ríos se tiñan de sangre. Pero eso es la guerra. Ante todo ese horror queda agarrarse a ellas, que se sitúan por encima de la guerra”, explica.

Lula, que años atrás fue confundida en Perú con una narcotraficante y estuvo encerrada quince días en la cárcel de El Chorrillo de Lima, sabe lo que es la desigualdad y el estigma de la pobreza que lleva a cuestas la mujer. “Aquello fue un master en Humanidad, un encontronazo a los bestia con 70 mujeres condenadas al silencio por ser pobres, sí, quizás algunas con delitos, la mayoría sin juzgar, pero todas con la pena de haber nacido estrelladas, sin recursos, sin educación, sin nada, ni la palabra. Mis quince días, no necesarios, con ellas fueron una de humildad y de cariño, ya que ellas me protegieron. Pasar por la cárcel me sirvió para recordar que las prisiones están para reinsertar a las personas, no para encerrarlas y quitarnos así un problema. Sabiendo el final, aquí, fuera y libre, si tuviese que repetir la historia, no me quitaría ese capítulo”.

 

¿La paz tiene rostro de mujer?

La paz debería tener rostro de mujer, pero hasta ahora no ha sido así, ya que las mujeres sufrían las guerras, pero no estaban consideradas para construir la paz. Por eso el proceso de Colombia y la involucración de las mujeres en la firma del acuerdo ha sido tan importante. Aportaban perspectiva de género y dejaban claro cómo la guerra había pasado por sus cuerpos. Y si decimos que sin mujeres no hay democracia, sin mujeres, sin sus propuestas y su memoria tampoco puede redibujarse un país sin violencia.

 

El proceso de paz colombiano fue en un principio el del silencio de las mujeres hasta que después se convirtieron en una voz decisiva ¿qué fuerza tuvieron las colombianas para decir basta y ponerse al frente?

Efectivamente, en este proceso, que ha sido histórico por incluir nuestras voces, al principio los mandatarios volvieron a olvidarse de nosotras. Solo dos años después de haberse iniciado el proceso, el movimiento feminista pudo pararse ante el Gobierno de Santos y exigir su presencia. Fue así como se creó la Subcomisión de Género. En la foto inicial, una vez más, solo había hombres. Afortunadamente se corrigió, y eso fue gracias a la persistencia y el trabajo de muchos años del movimiento de mujeres en Colombia.

 

La guerra provoca náuseas y hace, como dices en el libro, que la violencia sea ordinaria. Cada una de las 7 mujeres que aparecen en el libro así lo muestran. Ellas iluminaron el proceso y lo sacaron de las sombras.

Sí, yo siempre repito que ellas deberían ser presidentas o ministras. Porque tienen dos grandes cualidades: la valentía y la generosidad. La primera les permite mirar y pensar un mundo distinto, cuestionar unas estructuras que no funcionan y denunciar un patriarcado en el que manda la ley del más fuerte. La generosidad es su capacidad de empatía, de comprender y de dar un paso adelante para salir de la espiral de la violencia, a pesar de haberla sufrido en sus propias carnes.

 

Hombres empeñados en mantener la guerra y mujeres trabajando por lograr la paz ¿así describes la guerra en cualquier lugar del mundo?

Me sentiría más cómoda si hablo de la violencia que genera el patriarcado, que sin duda, ha beneficiado a los hombres con poder, que son también quienes han iniciado las guerras. Las mujeres han sufrido las guerras, han sido botín del enemigo que consideraba sus cuerpos como territorio propio. Las mujeres colombianas, en el caso que narro, han sido las resistentes a un conflicto desolador.

 

Tu libro es un homenaje a ellas. Dices que en la historia han estado los vencedores, los hombres, y no ellas ¿te decidiste a recuperar su historia?

Creo que las siete mujeres protagonistas del libro merecen ser conocidas y considero también que deberíamos estudiar cómo lo han  hecho, cómo han vencido al miedo, por una parte, y al humano sentimiento de la venganza, por otra, para generar un discurso alternativo y de paz. Como periodista creo que es una obligación darles voz, porque la tienen, aunque muchas veces no se la damos.

 

La guerra es otra de las muestras de cómo la vida es más cruel con las mujeres por el patriarcado.

Sin duda. Contra las mujeres y contra los pobres, los indígenas, las minorías afros, los gays y las lesbianas.

 

¿La sabiduría de las mujeres nace de pensarse, de sentirse sujetos y no objetos?

Esa pregunta se la hice a varias de las protagonistas. Y su respuesta pasaba siempre por la sororidad, por escucharse unas a otras, por apoyarse, por crecer y quitarse la culpa de encima.

 

¿La guerra les enseñó a no desfallecer?

Sí, la guerra les ha enseñado, a golpes, a resistir.

 

El libro se lo dedicas a tu madre ¿por qué?

Porque mi madre es una mujer al frente, una mujer valiente y generosa, esas dos cualidades que admiro tanto en alguien. Y todo eso desde la discreción, desde esa cultura que les enseñaron de estar por detrás. Con ella me río mucho y descubrimos juntas el feminismo.

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