El principal objetivo de cualquier premio de arquitectura (de cualquier premio en general) es conseguir que el prestigio de los premiados se trasvase al prestigio de la institución que los otorga en una especie de diálogo tanto más fructífero cuando más capacidad tenga de salir de su círculo de influencia obvio. Las medallas del CSCAE (Acrónimo impronunciable con el que se conoce el Consejo Superior de Colegios de Arquitectos de España, comúnmente conocido como “el Consejo”) tienen prestigio porque siempre han premiado a esos profesionales que han marcado la historia reciente de la arquitectura de nuestro país. Todos podemos sentirnos representados con ello.

Las últimas medallas concedidas esta semana por el Consejo han premiado profesionales (más equipos que individuos) que trabajan para dignificar la profesión y no tanto para extender sus límites como para recuperar parcelas profesionales que los arquitectos se habían dejado perder. Para entendernos: la visión que la profesión sigue teniendo de puertas a dentro es insoportablemente romántica: la del pequeño profesional que sin apenas estructura empresarial lucha por realizar pequeños proyectos de una manera artesanal. Lo que lleva a apreciar proyectos también pequeños y ensimismados de tamaño insuficiente para hacer ciudad(1). Lo que ha llevado también a abandonar aspectos de la profesión como su capacidad de ordenar desde la gestión o su capacidad de proponer actuaciones globales y ambiciosas donde el arquitecto es el director de orquesta de un equipo amplio, multidisciplinar, un coordinador de especialistas que decide, jerarquiza y busca soluciones integradoras.

Me centraré en uno de los estudios premiados, Batlle i Roig, cuya actitud profesional expresa las intenciones del Consejo a la perfección.

Batlle i Roig(2) es un estudio atípico dentro del panorama catalán. Me vería con serios problemas para nombrar “su” obra emblemática del mismo modo que me vería con serios problemas para nombrar una que no tuviese algún sentido. Batlle i Roig usan los recursos de un estudio grande y profesionalizado, organizado empresarialmente, para conseguir fundir todos los aspectos de la construcción en soluciones muy sintéticas y complejas tan aparentemente sencillas que a veces no parecen ni diseñadas, como si hubiesen encontrado el camino más corto entre las demandas del cliente, la ciudad y el medio ambiente. Recuerdo el impacto que me produjo en su día su edificio de oficinas para el RACC ubicado a poca distancia de la Escuela de Arquitectura: construido con paneles prefabricados metálicos(3) casi por primera vez en Barcelona, un edificio aparentemente convencional donde todo funcionaba y sigue funcionando y está como el primer día, un edificio que parece contrastar con el que quizá sea el aspecto más conocido de toda su obra: los jardines(4). Batlle i Roig han construido un gran número de ellos exactamente con el mismo espíritu que este edificio: como si fuesen inevitables. Costaría encontrar un parque proyectado por ellos que no esté bien conectado con su público potencial, modificando a veces el planeamiento para desviar calles o equilibrar las masas edificadas para que éstas tengan un buen espacio libre a su vera (lo que requiere un considerable esfuerzo de gestión que les ha llevado a abrir un departamento de planificación en su estudio). Sus parques funcionan como verdaderos corredores verdes que permiten conectar la naturaleza aledaña a las ciudades con su centro y que incluso permiten atravesarlas, constituyéndose en puertas peatonales. Ahora los peatones no salen de la ciudad por las aceras de las carreteras: lo hacen por una pista urbana que se transformará en pista rural de un modo tan sutil que ni nos llegaremos a dar cuenta de ello. Sus jardines han ido creciendo de tamaño desde unos pocos miles de metros cuadrados a decenas de kilómetros, y lo han hecho a demanda popular: un parque que regenera un trozo del río Llobregat va empalmado trozos hasta que el plan alcanza más que su cauce entero, englobando incluso los afluentes hasta que al final ya no se puede hablar de parque, sino de una especie de híbrido entre camino peatonal de conexión de varias comarcas y ecosistema capaz de regenerar la flora y la fauna autóctonas del lugar, todo ello diseñado fuera de las convenciones de los parques convencionales: ves un paisaje que casi llega a aparecer virgen hasta que te das cuenta de que todo es arquitectura.

Álvaro Siza contó un día que lo que le más le maravilló de su descubrimiento de Gaudí a los 14 años fue el hecho de darse cuenta que todos esos edificios maravillosos estaban hechos con los mismos elementos que cualquier otro edificio común: los mismos ladrillos, las mismas puertas, las mismas ventanas, etcétera. Esta es la manera en la que siempre pienso en la arquitectura de Batlle i Roig (y por eso es tan difícil contarla, y por eso tiene tanto mérito que les hayan premiado): tiene los mismos elementos que cualquier otra arquitectura, pero va más allá, unificando la demanda del cliente que la origina(5) con los deseos de una ciudad y con lo que pide el medio ambiente hasta conseguir hacer mejor lo que le rodea.

Isaki Lacuesta, enamorado del proyecto del Llobregat de Batlle i Roig, tomó la fotografía que ilustra este artículo. Las ovejas que se ven demuestran que el sistema del Río Llobregat ya va más allá de un jardín o un parque: se ha convertido en un ecosistema productivo. Parece que no haya arquitectura cuando en realidad las mismas ovejas son arquitectura.

(1) Y la ciudad es el campo de actuación propio de los arquitectos.

(2) Batlle i Roig es un estudio profesional fundado en 1981 por los arquitectos Enric Batlle y Joan Roig. Ahora el estudio cuenta con cuatro socios (Batlle, Roig, Albert Gil Margalef y Iván Sánchez Fabra) y un equipo de más de 90 personas.

(3) Lo normal en Barcelona era construir un edificio que pareciese prefabricado más que lo fuese: construcción convencional de ladrillo disfrazada para que pareciese moderna con todos los problemas que presenta cualquier simulación.

(4) Les viene de casta. El padre de Enric Batlle, Josep “Pitu” Batlle, fue un importante jardinero. Barcelona tendrá que reconocer algún día la deuda que tiene con su expertez eligiendo las plantas adecuadas para las calles de la ciudad.

(5) Eso cuando ellos mismos no se inventan el cliente, lo que puede ser más habitual de lo que parece.

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Arquitecto. Construyó hasta que la crisis le forzó a diversificarse. Actualmente escribe, edita, enseña, conferencia, colabora en proyectos, comisario exposiciones y fotografío en diversos medios nacionales e internacionales. Publica artículos de investigación y difusión de arquitectura en www.jaumeprat.com. Diseñó el Pabellón de Cataluña de la Bienal de Arquitectura de Venecia en 2016 asociado con la arquitecta Jelena Prokopjevic y el director de cine Isaki Lacuesta. Le gusta ocuparse de los límites de la arquitectura y su relación con las otras artes, con sus usuarios y con la ciudad.

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