Vivimos tiempos mediocres caracterizados por una abolición sumaria de lo trascendente. La libertad se sustancia en la trivialidad fáustica de poder desear aquello que nos es permitido elegir. Los objetos que consumimos desaparecen: los destruimos o los olvidamos aceleradamente, porque es una exigencia del consumo que el deseo de un nuevo producto sea más importante que el interés por el producto mismo, haciendo de la posesión del objeto un hecho insustancial, puro tránsito de una mercancía a otra. Un exceso indescriptible es la causa objetiva del deseo. En nuestras sociedades posmodernas estamos obligados a desear. El deseo se transforma en una especie de obligación pervertida. No es simplemente el deseo por algo, sino desear, seguir deseando…Quizá el máximo temor que procura el deseo es ser completamente satisfecho, ya no desear más. La máxima experiencia melancólica es la experiencia de la pérdida del deseo en sí.

No es lo que se compra si no la acción de comprar lo que importa. Por el camino dejamos la racionalidad y queda sólo el impulso. ¿Es posible el raciocinio en una sociedad impulsiva? Es decir, se nos incita a una forma patológica de desear, y de pronto se descubre con sorpresa que se vota a Trump o que la derecha en España mantiene su hegemonía social y cultural porque hemos entrado en la posverdad. Si de posverdad se puede hablar como novedad es por el siempre presente impulso del deseo impuesto donde la irracionalidad ha convertido la mentira en estructural y los mecanismos para desmontarla son ineficientes. Entre otras cosas, porque quien tiene el control de las palabras y la narración no busca la verdad sino la descalificación de lo que se ha determinado como improcedente.

Hoy percibimos como lejano ese antídoto para la posverdad del que nos hablaba Albert Camus: “Ser capaces, como Proust, de ver la realidad con otros ojos”. Y de reconocer el sentido trágico de la vida, cuya negación es el germen de la barbarie. El espacio de lo posible se ha reducido hasta el extremo que sólo la hegemonía de las minorías influyentes se torna en intereses generales. Noam Chomsky considera que entre las propiedades más características de los estados fallidos figura el que no protegen a sus ciudadanos de la violencia que supone que quienes toman las decisiones otorguen a las inquietudes ciudadanas una prioridad inferior a la del poder y la riqueza a corto plazo de los sectores dominantes del Estado. Por ello, la política, bajo esa premisa, sólo puede configurarse en esa posverdad donde todo se convierte en una mentira verdadera, en una acción que se justifica no porque su realidad configure espacios de justicia, libertad o igualdad sino simplemente porque resulta inevitable.

Es cuando cualquier argumento se reduce a la retórica excusadora. Ortega afirmaba que todo autoritarismo adquiere su fuerza de algo que no es suyo: la debilidad de los demás. El caso de la izquierda en España tiene algo de todo esto. La resignación ante una realidad que percibe inconcusa y cuyo modelo ideológico no solamente la priva de sujeto histórico sino de su propia posición y función en la sociedad, termina produciendo aquello de lo que nos advierte Blaise Pascual cuando afirma: “Si no actúas como piensas, acabarás pensando como actúas.”

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