Las lámparas de sal o del Himalaya, nombre este último con el que comúnmente se conocen y comercializan, han pasado a lo largo de las últimas décadas por varias fases que van, desde el boom inicial entorno a debates sobre sus verdaderas o falsas aplicaciones terapéuticas, hasta la presente situación de desmitificación y normalización como un complemento más de decoración en el hogar.

Sobre cuándo y cómo llegaron las lámparas del Himalaya a los expositores de las grandes cadenas comerciales, así como de las pequeñas tiendas, existe cierta unanimidad en hacer responsable de ello al biofísico austriaco, y director del “Instituto de Investigación Biofísica”, Peter Ferreria. El punto de partida estaría en el impacto mediático que en 1999 tuvo en Centroeuropa y el mundo anglosajón el libro “Agua y sal. La esencia de la vida: el poder curativo de la naturaleza”, un libro que publicó junto con la doctora alemana Bárbara Hendel.

En dicho texto se destacaba lo saludable que sería para el organismo el poder consumir sal artesanal pero, sobre todo, la procedente del Himalaya, puesto que se trata de una sal libre de contaminantes y empleada por los pueblos del entorno desde hace miles de años. Este supuesto aval histórico-cultural, junto con investigaciones fisicoquímicas efectuadas sobre la sal (por el propio Instituto de Investigación Biofísica), vendrían a demostrar el poder de curación de la misma a través de su uso extensivo en métodos terapéuticos alternativos.

Nota: Portada del libro “Agua y sal. La esencia de la vida: el poder curativo de la naturaleza” de Peter Ferreira y Bárbara Hendel. Fuente: himalayanlivingsalt.com, 2018.

Con este discurso Peter comenzó a frecuentar programas de televisión y organizar conferencias a nivel internacional con notable éxito de público y, sobre todo, ventas que afectó no solo a su libro, sino que se hizo extensible a aquellos productos derivados de la sal del Himalaya como, por ejemplo, las lámparas de sal.

Por tanto, bajo este contexto de “furor” por la sal del Himalaya es en el que se encuadra la fiebre por las lámparas de sal, un producto que se comercializaba principalmente por su capacidad de neutralizar el exceso de ondas electromagnéticas emitidas por todo tipo de electrodoméstico. En ese sentido, sus vendedores decían que estas lámparas tenían la capacidad de contrarrestar el exceso de iones positivos (responsables del deterioro de nuestro estado físico y emocional), por iones negativos que contribuyen a la mejora de múltiples trastornos (jaquecas, insomnio, depresión, reuma, asma).

Nota: Lámpara de sal clásica. Fuente: himalayansaltfactory.com, 2018.

Estos postulados curativos, llevados por algunos hasta el extremo del esoterismo, promovieron un intenso debate en los que se hablaba y razonaba, acertadamente, sobre la incapacidad de una lámpara de sal para limpiar el aire de un hogar y convertirse así en el medio ideal para todas esas enfermedades. Dicho de otra forma, el verdadero y único poder de la misma estaría en el placer estético de tener, para aquellos que les guste, una luz de tonalidad rosada relajante en un rincón de la casa.

Además, en el “pack discursivo” sobre el poder sanador de la lámpara está el vínculo con la “milenaria” sal de las lejanas cumbres del Himalaya, concretamente con la cordillera del Karakorum. Pero, para ser más exactos, la halita rosada transformada en lámpara, procede en su mayoría de la mítica mina de Khewra (la segunda mina de sal más grande del mundo con más de 40km de túneles), ubicada en la “Cordillera de la Sal” en Pakistán y no del “místico” Karakorum.

Nota: Acceso al interior de la mina de Khewra construido a finales de siglo XIX bajo administración británica. En la imagen de abajo se puede contemplar a dos operarios trabajando. Fuente: dailymail.co.uk, 2013.

En ese sentido podemos apuntar, porque en este caso sí es cierto, que el inicio de la actividad minera en Khewra se encuentra documentada desde el siglo XIII bajo el pueblo Janjua-Raja sin que, desde entonces, haya cesado el interés por su explotación. Tanto es así que, durante el siglo XIX y hasta la consecución de la independencia, el control de su explotación respondió a los intereses británicos, quienes introdujeron técnicas y métodos para la modernización y obtener así mayor producción. Y, dado que la sal era y sigue siendo un recurso estratégico de vital importancia para la economía de pueblos y Estados, cuando se produjo la independencia de Pakistán, el control de todas las explotaciones salinas pasó al gobierno pakistaní, quién las administra actualmente a través de la sociedad “Pakistan Mining Developoment Corporation”.

Además, la mina ha diversificado su negocio a través de un uso turístico que ofrece visitas a las instalaciones para conocer el funcionamiento de las mismas; así como las diferentes reproducciones a escala de edificios (Gran Muralla de China o el Minar-e-Pakistan en Lahore), con ladrillos de sal convenientemente iluminados para potenciar las diferentes tonalidades rosadas que le ha valido su fama.

Nota: Diferentes estructuras elaboradas con ladrillos de sal con uso turístico. Fuente: dailymail.co.uk, 2013.

Conviene apuntar que este “místico” color rosado, una evidente diferenciación que se ha sabido explotar de múltiples maneras, responde a la ionización del cloruro potásico con el hierro y el cobre que hace 250 millones de años se encontraban disueltas en los antiguos océanos prehistóricos. Y ha sido el tiempo quién, mediante la desecación, precipitación y sedimentación, unido a la posterior colisión de la placa Indostánica, hizo que los materiales se fuesen plegando, fracturando y elevando, hasta dar lugar a la Cordillera de la Sal portadora de la sal rosada.

En resumidas cuentas, es indiscutible que una sal artesanal libre de procesados y añadiduras artificiales, es mucho más saludable para nuestro organismo que cualquiera de las sales industriales existentes en el mercado. Igualmente sabemos que, dependiendo del lugar de procedencia de la misma hace que el sabor, la textura y el color, convierta a cada sal en excepcionales, distintas e incluso muy sabrosas para según qué plato. Además conocemos que a lo largo de la historia el ser humano ha sabido aprovechar sus potencialidades y capacidades curativas para, bien aplicadas y combinadas con otros elementos, solventar algunas dolencias y otras tantas enfermedades.

No obstante, la sal del Himalaya, por muy diferente que sea en su composición a las demás, no posee ninguno de los beneficios curativos que, bien a través de otros productos o de la propia lámpara de sal, le son atribuidos tal y como algunos “gurús” exponen.

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