Por alguna razón, una palabra se presta de repente para nuestro propio entendimiento; todo el mundo la usa y nadie la explica. Su incertidumbre es una razón más para usarla, porque así su uso puede ser extendido sin más y uno puede pretender decir algo aunque no diga nada o peor aún que decir nada, divagar en confusiones.

Esto es lo que está ocurriendo con la palabra identidad. Las elecciones se van sucediendo en toda Europa y en todas el auge de la extrema derecha es notorio. Su reclamo es la identidad.

Hace veinte años que Amin Maalouf (Beirut, 1949) publicó en Francia su ensayo Identités meurtrières, en el que de forma simple y didáctica abogaba por una ampliación humanista del concepto de identidad.

Según Maalouf, la pertenencia más importante, aparte de la lengua identitaria, es sin duda la pertenencia a la humanidad. Reflexiona sobre la noción de “identidad”, con los conflictos que puede ocasionar y los caminos por los que puede conducir. Se pregunta si nuestras sociedades están condenadas a la violencia so pretexto de que todas las personas no tienen la misma lengua, la misma fe o el mismo color.

Años antes, el 1974, Jürgen Habermas presentó, con ocasión de la concesión del premio Hegel, una conferencia en Stuttgart bajo el título « ¿Es posible que sociedades complejas desarrollen una identidad racional?». En ella sostuvo que en la modernidad los hombres, por entenderse ya como puros individuos, sólo pueden llegar a una identidad racional si la colectividad con que se relacionan es universal, la totalidad de los hombres, y no si se identifican con una colectividad particular, con su nación. La identificación con la nación, el nacionalismo, sería una regresión, un descarrío.

En contraste con esta tesis, podríamos contemplar que una identidad personal lograda tiene que ser al mismo tiempo universal y nacional y que se pueden distinguir dos formas de identificación nacional: una que se identifica al mismo tiempo positivamente con el resto de la humanidad (que es por la que aboga Maalouf) y la otra que se cierra y se hace agresiva hacia fuera.

En la obra de Freud, el término de identidad aparece sólo una vez y esto en un lugar más bien circunstancial, donde Freud habla de su propia identidad con el pueblo judío. Identidad, en este uso, tiene un sentido perfectamente inteligible que se puede localizar aún más fácilmente en la expresión «identificarse con». Freud quería decir que se identificaba con el pueblo judío, y uno puede expresar lo mismo sin tener que acudir a una entidad tan dudosa como la de pueblo diciendo simplemente que se identificaba con ser judío. De la misma manera, un catalán podría decir que se identifica con el pueblo catalán, que se identifica con ser catalán, que se entiende a sí mismo como catalán.

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