La filtración de la carta que el presidente del Gobierno, Mariano Rajoy, ha enviado al jefe de la Comisión Europea, Jean-Claude Juncker, disculpándose porque España no haya cumplido los objetivos de déficit y ofreciéndole a cambio un “esfuerzo adicional” de los españoles en la próxima legislatura, no anticipa nada bueno para nuestro país en el caso de que el PP vuelva a ganar las elecciones el 26-J.

En las últimas semanas de precampaña, Rajoy nos había vendido un programa electoral teñido de color de rosa, con una propuesta de creación de empleo de tres millones de puestos de trabajo hasta 2020 y una rebaja de los impuestos que, dado el actual nivel de déficit de las arcas públicas, se antoja tan imposible como quimérico. Sin embargo, tras airearse la misiva, el presidente ha quedado nuevamente en evidencia, por no decir en ridículo ante todo el mundo, como suele ser habitual en él, ya que nadie entiende que en España prometa un crecimiento económico sin límites y en Bruselas admita que el país no está para tirar cohetes.

No sacaremos aquí el listado interminable de promesas incumplidas, dislates, errores, esperpentos y disparates varios en los que el jefe del ejecutivo ha incurrido desde que llegó a la Moncloa en el año 2011. No tendríamos gigas suficientes en esta página web para enumerarlos todos. Pero es que este enésimo episodio bochornoso que consiste en prometer mejoras al pueblo con una mano mientras con la otra, y bajo mesa, le ofrece nuevos sacrificios y recortes a Juncker, no solo supone un engaño flagrante al ciudadano sino un grave fraude electoral que podría ser denunciado como estafa, con todos los argumentos legales a favor, en cualquier juzgado de guardia.

Esta vez el presidente no solo se ha pasado dos pueblos al diseñar futuros recortes en el Estado de Bienestar, como diría su ministro Margallo, sino que ha sido pillado con el carrito del helado justo cuando llevaba los congelados a Bruselas, y además ha atravesado todos los límites de la desfachatez que se le pueden tolerar a un político.

No sabemos si las maniobras orquestales en la oscuridad del señor presidente a espaldas del país le pasarán factura el 26-J (estamos tristemente acostumbrados a ver cómo hay una parte del electorado español que vota siempre PP pase lo que pase y haga lo que haga ese partido, y así lo seguirá haciendo aunque los agentes de la UCO sorprendan in fraganti al presidente con una pistola humeante en la mano y un cadáver a sus pies) pero alguien debería denunciar y llevar a los tribunales, de una vez por todas, estas falsas promesas de mercadillo, estas prácticas políticas y electorales no solo fraudulentas, sino también inmorales y deleznables que degradan la democracia.

Rajoy debería ser claro y sincero en sus mensajes a la población en estos momentos en que la economía sigue estancada y cuando no parece que el horizonte vaya a clarificarse en los próximos meses, sino más bien al contrario, ya que nos espera un nuevo paquete de ajustes económicos impulsados desde la UE.

RajoyEl ciudadano hace ya tiempo que está escamado de promesas electorales incumplidas, una forma de trilerismo político que ha sido practicada sin rubor por los dos grandes partidos españoles desde la llegada de la democracia en 1978, pero que hoy, cuando todo el mundo habla de transparencia y renovación de la política, pertenece al pasado. Estamos en un nuevo tiempo y se imponen otras formas de gobernar más allá del clásico “puedo prometer y prometo” que puso de moda Suárez y con el que tantas veces los políticos de este país nos la han dado con queso.

La transparencia, el rigor y rendir cuentas ante la ciudadanía, como se viene haciendo desde el final de la Segunda Guerra Mundial en las democracias avanzadas de nuestro entorno como Alemania, Francia o los países nórdicos, son principios que se imponen en un escenario de reformas. El tocomocho electoral, el timo al votante, la picaresca española al más puro estilo de El Lazarillo de Tormes que aún ejercita nuestro inefable presidente del Gobierno, sin pudor ni sonrojo alguno, resulta algo indecente, cutre y propio de otros tiempos mucho menos democráticos.

Si vienen años difíciles para España, con nuevos ajustes y recortes duros ordenados por Bruselas, sin que el Gobierno del PP pueda mover ficha ni oponerse a ellos, el ciudadano tiene derecho a saberlo antes de ir a votar el 26-J. Lo contrario es engañar al pueblo una vez más.

Lamentablemente, no hace falta que nuestro ínclito presidente confiese abiertamente que vienen tiempos difíciles para darse cuenta de que la troika, con la colaboración inestimable de la patronal española, planea apretarnos las clavijas un poco más. Hace solo unos días, el presidente de la Confederación Española de Organizaciones Empresariales (CEOE), Juan Rosell, afirmaba que el trabajo “fijo y seguro es un concepto del siglo XIX”, ya que en el futuro habrá que “ganárselo todos los días”. Además, vaticinó que tras la generalización del mundo digital en todo el mundo “va a haber muchas sorpresas en un futuro inmediato”, un augurio que, sin ánimo de alarmar, es como para echarse a temblar. Que el jefe de la patronal nos diga que lograr un trabajo digno y bien remunerado es algo pasado de moda no solo supone un sarcasmo, sino una estupidez y una imprudencia impropias de un hombre que se supone preparado e inteligente y que ostenta la más alta representación del estamento empresarial español.

Cualquier economista de primer curso de facultad sabe que una sociedad en la que predomine la desigualdad social, la brecha salarial entre ricos y pobres y la precariedad en el empleo es una sociedad condenada a no progresar y a quedar sumida en una conflictividad permanente. Un país avanza gracias a un contrato social entre dos partes, la clase empresarial y los trabajadores, a través de la negociación colectiva, única forma de resolver los conflictos de intereses. Una sociedad desincentivada y condenada a la pobreza y a la explotación laboral es una bomba de relojería que puede estallar en cualquier momento.

Hace seis años, el predecesor de Rosell, el entonces presidente de la patronal Gerardo Díaz Ferrán, llegó a afirmar, en otro alarde de cinismo sin precedentes, que la única manera de salir de la crisis era “trabajando más y desgraciadamente ganando menos”. Solo que ha quedado claro que aquellas palabras del señor Díaz Ferrán, hoy en prisión por el vaciamiento y el saqueo de fondos de Viajes Marsans, más que el discurso de un hombre autorizado, era la pose de un “avispadillo”, por llamarlo de alguna manera, de un tipo aprovechado maestro en el viejo dicho castellano de “una cosa es predicar y otra dar trigo”.

Hemos de concluir pues que nuestros grandes empresarios no están por la labor de mejorar las condiciones de vida de la mayoría de los españoles, elevando salarios y proporcionando contratos laborables dignos y estables. Al contrario, apuestan claramente por la explotación laboral y por devolvernos no ya a los años del feudalismo, cuando el señor del territorio ostentaba todos los derechos y a las clases bajas no les quedaba más que obedecer, sino a la época del esclavismo, cuando los obreros trabajaban de sol a sol a cambio de un mendrugo de pan.

Nuestra clase empresarial dirigente parece que no ha oído o no quiere oír hablar de algunas fechas que figuran como grandes hitos de la historia de la humanidad, fechas que convendría no perder de vista, como 1776, cuando se promulgó la Declaración Universal de Derechos de Virginia;  1792, cuando estalló la revolución de miles de franceses contra la opresión del Antiguo Régimen; o 1917, cuando los parias de la famélica legión se levantaron en armas contra los aristócratas rusos para instaurar la dictadura del proletariado.

De todas esas fechas, nuestra digna clase empresarial, que a fin de cuentas quizá no sea tan digna (a tenor de los oscuros personajes que han presidido la CEOE en los últimos años) debería sacar una conclusión: que las guerras, las rebeliones y los conflictos sociales se diluyen cuando el pueblo tiene un futuro esperanzador y goza de unas condiciones de vida dignas y justas. Y esto nos lleva de nuevo a nuestro querido presidente, el de las falsas promesas, los trabalenguas torpes y los circunloquios gallegos, el de los chuches y los puros, el hombre que nunca lee nada, más allá del Marca.

Al canciller español habría que recordarle que en un país donde uno de cada tres españoles se encuentra en riesgo de exclusión y de pobreza, en un país donde el paro roza el 30% y el salario mínimo interprofesional es el más bajo de Europa, en un país donde los contratos indefinidos no suman más del tercio del total y el resto son contratos basura, hablar de más ajustes, de más esfuerzos, de más austeridades y otras medidas intragables no solo es una vergüenza y una injusticia, sino una temeridad que no contribuye para nada a la paz social en España. Claro que, ahora que está de moda el miedo al comunista, quizá haya que concluir que el señor Rajoy tampoco ha oído hablar nunca de 1917. Ni del Acorazado Potemkim. A fin de cuentas, él solo es un señor de Pontevedra que hace lo que le dice fräulein Merkel. Y que lee mucho el Marca, eso sí.

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