El miedo es libre, que dice el dicho popular, pero nunca nos paramos a pensar sobre si es o no verdaderamente libre el miedo. Puede que los que no seamos tan libres seamos los seres humanos y que, por esta razón, nazca de esta carencia ese sentimiento tan pernicioso.

Me pregunto, ¿realmente son libres las mujeres? Cuando van a pedir trabajo a una empresa y logran una entrevista tienen más dificultades que nosotros. Ellas, si están en edades jóvenes, tienen el problema de poder quedar embarazadas, lo cual sería una complicación para la empresa, pues requeriría un contrato que cubriese su baja y su gasto se vería incrementado. Incluso pueden convertirse en objeto de marketing; contratar a una chica agradable a la vista puede atraer a bastantes clientes, sobre todo en trabajos nocturnos como una discoteca, aunque no necesariamente, puede que esta situación sea real en bastantes puestos de trabajo, lo cual es verdaderamente triste, ya que muestra a la mujer como un objeto de exposición, como si se tratase de mercancía.

Las mujeres, el trato real que mucha gente les sigue dando y el miedo. Estos tres elementos dan lugar a la falta de libertad de madres, hermanas, primas, novias y amigas. Hablamos mucho de la falta de igualdad, de que pueden cobrar menos que un hombre a la hora de realizar un trabajo similar, de que no están en las mismas condiciones sociales que el hombre en muchos aspectos. ¿Y su libertad? ¿Son verdaderamente libres las mujeres?

Todos tenemos alguna amiga que trabaja en eso a lo que llamamos “la noche”, no se asusten, no son putas – con esa manera despectiva con la que se emplea la palabra –, son camareras, peluqueras de discotecas, muchas estudiadas, otras en proceso de formación, o simplemente porque han encontrado un trabajo que necesitaban, hasta bailando, todo merece respeto. Ellas, cuando acaba su horario laboral, que suele ser a altas horas de la madrugada y sin cobrar nocturnidad, con una cotización paupérrima – en caso de que tengan – vuelven a casa con miedo, sí con miedo. Vuelven a casa con miedo porque son mujeres, porque hay hombres que se creen en el derecho de manosear a una chica, energúmenos con la suficiente poca coherencia que piensan que tienen una superioridad moral y que esas chicas están obligadas a quitarles el calentón de macho ibérico que les entra en bajas partes de su diminuto cerebro. O simplemente, mujeres que han salido de fiesta una noche y tienen que volver solas. ¿Por qué tienen que tener miedo?

Tienen miedo porque no son libres, son esclavas de una sociedad que le cuesta progresar, que se estanca, que tiene un presidente que prefiere no hablar de igualdad para las mujeres, que se piensa que todo está logrado. Un señor que corrige al día siguiente porque algún asesor o compañero le habrá dado un toque de atención. En esta sociedad, en la que hay personas que piensan que el problema de las violaciones radica en la manera de vestir o en que no van acompañadas a altas horas de la madrugada, hay que tomar partido e impulsar una revolución ética. Mujeres de España, ante esta realidad hay dos soluciones, educación ciudadana desde la infancia y cambio de pensamientos, cuyo impulso nace en las pacíficas protestas.

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