Las alegres esclavas de Gor

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No sé qué cariz tomarán las cosas en el futuro, pero es un hecho que durante los últimos dos milenios la cultura occidental se ha dedicado a reprimir sistemáticamente la imaginación sexual, en base a presupuestos dictados por la moral y la religión. Por eso, la literatura de ficción ha supuesto desde tiempos inmemoriales una vía de evasión capaz de generar escenarios utópicos, ajenos al entorno cargado de tabúes y de vergüenza que nos es familiar: mundos alternativos donde, al menos sobre el papel, son posibles las fantasías eróticas más osadas. Tradicionalmente, se ha recurrido para ello al exotismo. De Nerval a Delacroix, los artistas románticos construyeron la imagen de un Oriente donde se daban cita toda la lascivia y crueldad que echaban de menos en el anodino Occidente. Eso era cuando Oriente aún dormía en las brumas del misterio; luego, a lo largo del globalizante siglo XX, los fantaseadores poco a poco se dieron cuenta (¡oh decepción!) de que Oriente era igual de tedioso que Occidente. Por eso, para buscar un marco vacío, tabula rasa donde escenificar sus quimeras de desinhibición y perversión, la imaginación tuvo que irse aún más lejos: a otros planetas.

Tras un salto en el hiperespacio, henos en pleno corazón de la literatura kleenex: una insalubre región del imaginario colectivo, con aspecto de campo de asteroides o vertedero galáctico. Es precisamente aquí donde encontramos la saga de Gor, de John Norman: herencia del pulp de la peor catadura, a horcajadas entre la ciencia-ficción y el género de espada y brujería. Cuenta de momento con treinta y cuatro números, publicados a lo largo de cincuenta años, entre 1966 y la actualidad. En el mundo goreano, localizado en un planeta oculto del sistema solar, se respiran las influencias del Conan de Robert E. Howard y de la serie marciana de Edgar Rice Burroughs (el padre de Tarzán), sin faltar frecuentes guiños a la cultura grecolatina: no en vano Norman es profesor universitario y gran conocedor de los clásicos. No obstante, lo cierto es que su estilo tiene menos que ver con Marcial que con Marcial Lafuente Estefanía.

La saga de Gor es un episodio totalmente prescindible de la historia de la subliteratura, pero tiene una particularidad digna de mención: su autor la concibió como vehículo para representar sus propias fantasías de esclavitud sexual. La de Gor es una sociedad esclavista y rigurosamente ordenada en castas, en la que poderosos e hipermusculados miembros de clanes guerreros mantienen un nutrido establo de esclavas jóvenes y bellas, kajiras en el idioma local, entrenadas para la complacencia, la sumisión y el placer. Libros como Slave Girl of Gor (1977) o Kajira of Gor (1983) no son otra cosa que versiones extendidas (y softcore) de Historia de O ambientadas en un mundo de fantasía épica. Algunos pasajes de Norman calcan con descaro la famosa novela libertina firmada por Pauline Réage, como la descripción del ritual en el que la esclava es marcada como una res con un hierro al rojo, o el aprendizaje de ciertas posturas y normas que debe adoptar en presencia del amo.

No pocas convenciones y encuentros de ciencia-ficción, bajo la presión de las feministas, han vetado a John Norman, considerándole persona non grata. No es para menos: sus novelas representan de forma insistente unos roles de género estereotipados, establecidos en base a una elaborada filosofía del machismo a medio camino entre Nietzsche y Torrente. La mujer tan solo se realiza plenamente al sentirse esclava de un hombre fuerte que la protege. Pero leyendo entre líneas, me divierte detectar una curiosa actitud del autor en el subtexto de la saga goreana: resulta obvio que con quien el narrador se identifica no es con el supermacho dominador, sino con la mujer esclavizada. Esta fantasía transgenérica es similar a la retratada por Polanski en la escena culminante de La Venus de las pieles (2013), adaptación de la obra teatral de David Ives: al ahondar en las pulsiones reprimidas del protagonista, aflora su deseo de travestirse, feminizarse y ser sometido.

GorEl caso es que la publicación de las novelas de Gor desencadenó un fecundo efecto dominó en el género de espada y brujería. Para empezar, la tetralogía de Janet E. Morris High Couch of Silistra (1977), sobre las desventuras de una prostituta postapocalíptica caída en desgracia; la autora sabe abordar el tema erótico con más gracia y calidad literaria que Norman (aunque eso no es precisamente un gran reto). También hubo en los ochenta una hornada de películas de la serie B más infame que especiaban la estética conanesca de moda con toques de sadomaso light. Roger Corman, ubicuo y oportunista, produjo al menos media docena de filmes en esta línea, ofreciendo como reclamo todo un recital de tetas al aire, sangre de titanlux y mujeres enjauladas. Y que no se me quede en el tintero: Harry A. Towers, productor de algunas de las cintas más legendarias de Jesús Franco y presunto proxeneta de altos vuelos, puso el parné para acometer una empresa tan peregrina como la adaptación al cine de las novelas de John Norman. El resultado fue un par de películas que, por virtud de la providencia, han quedado totalmente olvidadas.

Una escena de Deathstalker, engendro producido por Roger Corman y dirigido por John Watson en 1983
Una escena de Deathstalker, engendro producido por Roger Corman y dirigido por John Watson en 1983

Sin embargo, el mundo de Gor está hoy más vivo que nunca, transfigurado en escenario para juegos de rol online. Miles de friquis, que desde la soledad sonora de sus teclados suspiran por un mundo ficticio de clanes guerreros y esclavitud sexual, mantienen en el ciberespacio un entramado de vidas virtuales en las que interactúan y se comportan de acuerdo con los códigos goreanos. Los fanáticos de Gor han colonizado una buena franja de terreno en Second Life, punto de encuentro en la red donde sus avatares participan en los rituales goreanos de dominación tal como fueron descritos por Norman. Seguramente, como él mismo haría, detrás de muchas de las kajiras virtuales se esconden usuarios masculinos que, a golpe de imaginación, hacen realidad sus sueños de feminización y sumisión: humilladas a los pies de sus machos de fantasía, arrastradas con cuerdas y cadenas por las estepas, bajo la luz fantasmal de las tres lunas de Gor.

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