Durante estos últimos y densos días se han derramado muchas, posiblemente demasiadas, lagrimas.

De unos ojos salían lágrimas de ilusión que con el tiempo, algunas veces solamente durante unos pocos minutos, se iban tornando en lágrimas de desencanto.

Otros ojos también derramaban lagrimas, eran las mismas, pero por sentimientos antagónicos, dependiendo de los acontecimientos también fueron casi a la par decepcionantes e ilusionantes.

Lágrimas en ambos casos teñidas de amargura y rencor.

Lágrimas que inundan otras lágrimas, las lágrimas que día a día encharcan millones de ojos y que por ser ya inherentes a nuestra sociedad van perdiendo relevancia, lágrimas que salvo las lágrimas de la muerte única realidad inapelable, hoy no deberían existir.

Lágrimas de paciente al que han detectado un cáncer y le han dado cita para la consulta del oncólogo dentro de cinco meses, cuando él sabe que es posible que ese tiempo puede hacer que su enfermedad ya no tenga solución.

Lágrimas de incapacidad del parado sin prestaciones que ve como sus hijos pasan hambre y no encuentra ninguna manera legal para poder darlos de comer.

Lágrimas de sus hijos que pasan hambre.

Lágrimas de la hija que con ternura coge la mano de su madre enferma de Alzheimer sabiendo que ya no la reconoce, ni la reconocerá nunca mas.

Lágrimas de esa madre que no sabe de quién es la mano que tiene entre las suyas, pero que sí sabe que es una mano llena de cariño.

Lágrimas ocultas de la mujer maltratada que, recibiendo palizas diarias, tiene la seguridad de que si denuncia el maltratador la matará junto a sus dos hijos.

Lágrimas del emigrante, que intentó llegar al paraíso y está solo, en un centro de acogida, lejos de todos los suyos.

Lagrimas de la madre a la que un fanático mató a su hijo en un atentado terrorista.

Lágrimas de la trabajadora contratada por tres horas y que trabaja diez recolectando fruta en un invernadero.

Lágrimas del autónomo que lleva doce horas recorriendo viviendas sin conseguir que nadie le firme un contrato de cambio de compañía suministradora.

Lágrimas de la funcionaria interina acosada física y psicológicamente por sus jefes.

Lágrimas de la vejez en la residencia de ancianos donde sus hijos le han enterrado contra su voluntad.

Lágrimas de desamor y de soledad, aunque nunca estés solo.

Hoy vivimos en un país triste y rencoroso, y ya se sabe la tristeza atrae a las lágrimas y el rencor al odio, aunque es muy posible que nuestra tristeza se convierta en esperanza sólo con ver las lágrimas de una madre que, sentada en un banco del parque, llora de felicidad viendo cómo su hijo de tres años la sonríe al bajar por el tobogán. Lágrimas tan puras que deberían evaporarse en el aire y, como un hechizo, llegar a todos los que lloran desconsoladamente y contagiarlos aunque sea por un instante de su felicidad.

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