Hace un tiempo me despertaba viendo un vídeo sobre violencia que me hacía reflexionar sobre la permisividad de las personas en algunas situaciones; sobre cómo podíamos llegar a reírnos de una situación violenta y no hacer nada para evitarla; sobre cómo nos afectan los estereotipos de género a la hora de evaluar las situaciones.

Diariamente, por desgracia, los informativos nos bombardean con informaciones sobre violencia de todo tipo: guerras, asesinatos, maltrato,… Casi siempre nos quedamos en la superficie, en la violencia física. No es noticia, casi nunca, que dos personas cualesquiera se insulten, se acosen o se hagan la vida imposible, a no ser que llegue a un extremo en el que las consecuencias hayan sido llamativas.

Y hay que decir – y tenemos que asumir – que el ser humano es violento por naturaleza. La violencia contra otras personas o cosas es inherente al ser humano y se relaciona con el instinto de supervivencia.

Quizás, la violencia que más atención se ha llevado durante este siglo ha sido lo que ahora denominamos violencia de género.

El concepto de violencia de género aparecía por primera vez para referirse, específicamente, a la violencia ejercida hacia las mujeres, por el simple hecho de ser mujeres. Así, la Asamblea General de la ONU en 1993, entendía como tal todo acto contra la mujer que implicara sufrimiento físico, psicológico o sexual para ésta, “así como las amenazas de tales actos, la coacción o la privación arbitraria de la libertad” ya fuera en el ámbito público o privado.

Esta conceptualización se daba en un momento en el que la mujer sufría una fuerte discriminación en muchos ámbitos de la vida. Encontraba dificultades para desarrollarse profesionalmente, acceder a estudios universitarios u ocupar puestos de responsabilidad en empresas, organizaciones o asociaciones.

Ante este panorama, se hizo necesario que se llevaran a cabo políticas de igualdad que aseguraran que no se diera un trato discriminatorio a la mujer por el simple hecho de serlo. Así, se crearon leyes que impulsaban la contratación de la mujer a través de incentivos y condenaban la violencia ejercida hacia éstas.

Todo este desarrollo de políticas tuvo su máximo avance con la llegada del siglo XXI, durante el cual se han ido creando leyes que permitieran la conciliación de la vida laboral y familiar, la contratación de más mujeres, los incentivos a la contratación de víctimas de violencia de género, etc… Con ello, se colocó a la mujer en un puesto privilegiado para el acceso al mercado laboral y la formación para el empleo, dentro del marco de unas políticas que hablaban de discriminación positiva.

La discriminación positiva hace referencia a un conjunto de medidas que se desarrollan de forma específica para dar ciertos privilegios a un colectivo al que se supone que no se le dan las mismas oportunidades sólo por pertenecer a ese colectivo.

El principal problema que surge con este tipo de políticas es que una discriminación positiva hacia un grupo, implica que otros grupos sufran la discriminación negativa. Así, por ejemplo, se crearon cursos de formación profesional para el empleo a los que sólo podían acceder mujeres (discriminación positiva), impidiendo que los hombres se formaran dentro esos ámbitos específicos (discriminación negativa) y sin que fueran dirigidos al aprendizaje o desarrollo de empleos en los que estuvieran menos representadas.

Toda esta situación hizo que se tuvieran que reformular algunos conceptos, de manera que desapareciera cualquier tipo de discriminación (positiva o negativa) de las leyes y se permitiera la igualdad de condiciones para hombres y mujeres.

Todavía estamos lejos de conseguir esa igualdad entre hombres y mujeres; pero, si algo deberíamos aprender de lo que se ha hecho hasta ahora, es que esta igualdad no debe ser forzada (cosa que ocurría con las políticas de discriminación positiva), pero sí debe ser impulsada.

La violencia de género, a día de hoy, se entiende como cualquier acto que implique sufrimiento físico, psicológico o sexual en una persona por razón de género. Dentro de esta definición se enmarcaría la violencia contra las mujeres – o violencia machista -, que tantas noticias nos sigue dando.

Pero debemos plantearnos hasta qué punto esa igualdad que pretenden las leyes es real o no. En esto juegan un papel fundamental los medios de comunicación, las enseñanzas culturales y el aprendizaje de los roles de género, es decir, la idea generalizada del papel del hombre y de la mujer en la sociedad.

Estas ideas, aprendizajes, políticas y leyes nos han llevado, quizás, a ver sólo una parte de la realidad que nos rodea o a que se silencie o no se dé importancia a todo lo que está por debajo del 50%. El vídeo que os comparto, a continuación, puede que os ayude a entender a qué me refiero.

“Violencia es violencia”, es lo que nos quieren decir en este vídeo. Sin embargo, el papel que se le ha dado a la mujer cultural, social y legalmente hace que veamos ambas situaciones de forma distinta e, incluso, que nos riamos de que una mujer pueda ejercer violencia física o verbal contra un hombre. Pero esto también es violencia.

En la actualidad, cuando hablamos de conciliación familiar, por ejemplo, parece que sólo nos referimos a que las mujeres puedan actuar como madres y ser trabajadoras, sin que uno de los dos roles perjudique al otro. De nuevo, dejamos de lado la posibilidad de los hombres de acogerse a períodos de paternidad más amplios y poder ser padres, sin detrimento de su actividad profesional.

O también hablamos de cómo los chicos jóvenes controlan los teléfonos de sus novias o sus relaciones interpersonales, sin hacer mención a que ellas también pueden hacer – y hacen – lo mismo con sus parejas masculinas.

Y, para ser más inclusivos, comenzar a hablar de la violencia dentro de una pareja formada por personas del mismo sexo.

Quizás deberíamos volver a cambiar los conceptos para que estos fueran más inclusivos. Dejar de hablar de “violencia de género” y hablar de “violencia en la pareja”, “violencia en la familia”, “violencia en el ámbito doméstico”,… Dejar de hablar de un 50% y comenzar a hablar de personas o, lo que es lo mismo, de la totalidad.

Quizás debiéramos plantearnos qué otras leyes ejercen una violencia silenciosa contra los hombres y, por tanto, perpetúan estereotipos que tampoco contribuyen al desarrollo de la mujer. Así, siguiendo con ejemplos anteriores, un permiso de paternidad más amplio ayudaría a que las mujeres pudieran ser madres y trabajadoras con menos problemas y abriría las puertas hacia una mayor igualdad laboral.

Quizás haya cometido el error de centrarme en la violencia de género, pero hay muchos tipos de violencia y se da en muchas formas: el acoso escolar, maltrato infantil, racismo, discriminación por la condición sexual,… Y todos cometemos el error de menospreciar ciertos tipos de violencia.

Por desgracia, nos seguimos dejando llevar por los estereotipos para condenar la violencia o para reírnos de ella.

 

#VIOLENCEisVIOLENCE

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