Hace así como un año tuvimos el disgusto mayúsculo de descubrir que la casa Guzmán (1972), obra del gran arquitecto Alejando de la Sota, había sido derribada. La noticia saltó por el procedimiento de viajar hasta el solar y encontrarlo colonizado por una construcción nueva sin nada que ver con la anterior. Una vez asimilado el cabreo que pillé (que pillamos unos cuantos) y escritos los artículos esos de protesta que escribimos me paré a pensar en el tema(1). Primera conclusión obvia: no es lo mismo habitar que admirar. Lo primero es un acto transitivo. Cuando termina la vida de la familia, de un modo u otro, la casa muere. Admirarla es un acto discontinuo, tan discontinuo que la noticia no fue el derribo de la Casa Guzmán, sino encontrarnos con otra casa casi terminada en su lugar.

Cuando el Sr. Guzmán murió la casa quedó obsoleta y condenada. Sus hijos no la querían y terminaron derribándola. No podemos hacer sino especular sobre el por qué de este aborrecimiento, preguntas que deberíamos de hacernos en privado porque ahí está en juego la intimidad de una familia que debe de ser protegida por encima de la voluntad del padre de levantar una casa memorable para ésta. En resumen: no sabemos el por qué de este derribo(2). Sólo sus consecuencias.

Una casa, al menos una casa de las características de la casa Guzmán, es bastante más que una morada para una familia. Las casas tienen una derivada urbana, por menor que sea en este caso al estar ubicada en una parcela relativamente grande perteneciente a un tejido suburbano de las afueras de Madrid. Una casa tiene una derivada patrimonial, histórica, cultural… y sentimental. No sólo para la familia: también para todo ese público que la admiraba y la quería y la conocía incluso mejor que quien la habitó.

Museizar una casa no es opción. Hace unos años tuve oportunidad de visitar el Mas Bofarull, obra de Josep Maria Jujol, en la fase final su uso como vivienda por parte de la familia propietaria(3). Volví a visitarla al cabo de unos pocos años el día en que se inauguraba su museización. Era como estar en un hospital. Todo estaba allí, por supuesto, pero todo estaba muerto. En la primera visita la propietaria me dio permiso para trastear un bellísimo costurero que Jujol había diseñado. Abrí a placer todos los cajones y las puertecitas del mueble para encontrarme con eso: con un costurero lleno de alfileres, hilos de colorines y toda parafernalia necesaria para coser y remendar. En la siguiente visita un cordón escarlata me separaba del mueble, ya intocable. Los cajones estaban vacíos. Ahora se puede visitar las veces que se quiera, enquistado y preservado. Pero a mi me dolió lo mismo que un derribo. Y no he vuelto.

Ahora vayamos al maestro de Jujol: Antoni Gaudí, que construyó allá por principios de siglo XX la Casa Calvet en el número 48 de la calle Casp de Barcelona. Sólo podemos disfrutar de su fachada. La última vez que pregunté (no hace mucho) por la vivienda principal me informaron que ésta, diseñada por Gaudí, sigue habitada por la familia Calvet, que la tiene bien conservada y cerrada a cal y canto. Es su casa y ahí sólo entra la familia y sus amigos. Para los que como yo formamos el público principal sin relación con los propietarios nos queda el consuelo de que la casa es exactamente lo que Gaudí quiso que fuese: el hogar de la familia Calvet, que la quiere y la respeta. Lo que es hermoso, muy hermoso. Mucho más que la oportunidad de visitar este espacio congelado y museizado.

Podemos pensar que una casa está condenada si su familia desaparece, se cansa de ella o la abandona. Hay algo de poético en ello: las casas nacen y viven y mueren y se pueden sentir y llorar y disfrutar. Pero a veces hay segundas oportunidades. Recuerdo al arquitecto Richard Meier hablando de una de sus casas blancas en las praderas americanas, una de esas casas que parecen un museo, toda cristal y tubos de acero y muebles cromados y mucha luz y obras de arte en las paredes, una casa mucho más acogedora y cálida de lo que esta descripción parece sugerir por su relación con el entorno, por su capacidad para tejer relaciones internas, por su confort. Esta casa (me disculparéis, pero ni recuerdo el nombre ni tengo el libro donde estaba publicada) había sido diseñada a medida de todos los deseos y caprichos de su promotor. En los tiempos en que Meier escribía su descripción la casa era felizmente ocupada por la tercera familia propietaria, que se encontraba tan a gusto en ella que no juzgó necesario hacerle la más mínima reforma. Tampoco lo había hecho el segundo propietario. Es decir: una vivienda diseñada ad hoc como si de un estuche se tratase se convirtió en un organismo inesperadamente flexible capaz para alojar a alguien con una vida muy diferente de quien la había encargado.

Hay algo de azaroso en todo esto. Nuestra sociedad, demasiado pragmática e insensible, está faltada de sensibilidad para estos patrimonios no oficiales ni canónicos. No es objeto de este artículo hablar sobre ello, ni tampoco lo es hacer apología del derribo. Sólo me ha gustado recordar esta vida secreta de las casas que, igual que la de las personas, a veces sucede y se perpetúa y a veces se termina y se olvida o se mutila o se degrada o desaparece.

 

(1) Soy consciente del orden en que escribo esto y sí: primero escribí y luego pensé, lo que indica que, al menos en mi caso, no hay que tomarse tan en serio el negro sobre blanco.

(2) Bueno, la verdad es que sé bastante más de lo que escribo, pero insisto: la intimidad de una familia pasa por delante de la arquitectura.

(3) Estamos hablando otra vez de una historia difícil, complicada y dolorosa, una historia que también me ahorraré por respeto a la familia.

 

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Arquitecto. Construyó hasta que la crisis le forzó a diversificarse. Actualmente escribe, edita, enseña, conferencia, colabora en proyectos, comisario exposiciones y fotografío en diversos medios nacionales e internacionales. Publica artículos de investigación y difusión de arquitectura en www.jaumeprat.com. Diseñó el Pabellón de Cataluña de la Bienal de Arquitectura de Venecia en 2016 asociado con la arquitecta Jelena Prokopjevic y el director de cine Isaki Lacuesta. Le gusta ocuparse de los límites de la arquitectura y su relación con las otras artes, con sus usuarios y con la ciudad.

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