A menudo me pregunto por qué decidí aterrizar en Atenas; más aún, por qué sigo estando aquí. Al principio me salía una cana por cada disgusto, ahora he dejado de contarlas. Nunca hubiera imaginado la cantidad de problemas que supone el estar aquí, pero tampoco la infinita gratificación que se puede llegar a alcanzar.

Empezaré por el principio. Mi nombre es Natalia Pelaz Belizon y soy médico de familia. Llegué a Atenas hace diez meses, con poco más que una mochila a la espalda, un billete de vuelta en tres semanas y una gran incertidumbre sobre lo que sería trabajar con personas refugiadas.

Pireos fue mi primer contacto con Atenas. Situado en el mismo puerto de la ciudad, Pireos no era un campo de refugiados oficialmente reconocido, sino más bien un asentamiento organizado casi en su totalidad por voluntarios independientes con la ayuda de Praksis, una organización no gubernamental que aportaba asistencia sanitaria por las mañanas. La Cruz Roja también colaboraba pero sólo traía paramédicos, mientras que Praksis traía una furgoneta con un médico, una enfermera y un traductor.

Este asentamiento surgió en noviembre de 2015, con nada más y nada menos que 11.000 personas. Imagina una explanada, a pleno sol. Miles de personas pegadas casi cuerpo con cuerpo, yaciendo bajo la lona de una tienda de campaña o sobre una triste manta a cielo raso. Hombres, mujeres y niños, todos huyendo de la guerra o de la miseria de su país. Eso es lo que yo me encontré nada más llegar.

Y al mismo tiempo decenas de turistas que no paraban de llegar al concurrido puerto de Atenas. Haciendo esfuerzos, pasaban sin apenas mirar la gran miseria que les rodeaba. Pero era imposible ignorarlo, se podía incluso oler. Una explanada de hormigón llena de tiendas de campaña, con una temperatura que podía alcanzar los 40 grados y sin apenas agua para beber.

En Mayo de 2016, ya sólo quedaban unas 1.500 personas.Muchos de ellas se habían ido a otros campos o a casas ocupadas distribuidas por Atenas. Las menos, conseguían ir a pisos que ofrecía el gobierno a través de la organización Praksis.

En poco tiempo pasé de mirar la vida de estas personas como mera espectadora a compartir su día a día, viviendo junto a ellas en una tienda de campaña, mientras daba asistencia sanitaria sin apenas descanso. Desde primera hora de la mañana ya escuchaba “¡Doctora, Doctora! ¿Un café, un té?”. Menos en Ramadán, que viví por primera vez en mi vida una noche con sol y un día con luna.

Durante el día, la mayor parte de las personas del puerto dormían. Se levantaban sobre las 6 de la tarde y empezaban a preparar la cena. Controlaban la hora con un gran reloj que había en el puerto. Para todas las familias, el anochecer era el principio de su día. A medida que los días de Ramadán iban pasando, todos empezaban a estar más cansados, más crispados. Se notaba la tensión. El calor insoportable, las condiciones lamentables, el hambre del Ramadán y la escasez de recursos básicos producían que las peleas aumentaran. Así, cada noche nos teníamos que ir a una parte diferente del campo para intentar evitar que alguna familia saliera herida. No era fácil asumir tales estallidos de violencia, pero viviendo allí, no hacía falta más que echar una ojeada alrededor para llegar a entender los porqués. Esa gente estaba dando un paso muy duro en su vida y carecían completamente de recursos para afrontarlo.

Yo iba tienda por tienda dando asistencia sanitaria y hablando con las familias como buenamente podía debido a la gran barrera idiomática. Así empecé a trabajar con Leila, una traductora jurada de árabe que se convirtió en mi mayor apoyo en Atenas.

En poco tiempo nos conocían todas las familias. Además de las noches de interminables urgencias, también nos dedicábamos a repartir la comida y la cena. Repartidos en filas, los refugiados esperaban a recibir la comida en su caja de cartón. Como en épocas de racionamiento, cada familia tenía una cartilla con el número de personas que la constituía. La comida diaria la traía el ejército y consistía en un tupper con pasta o arroz con una brisa de tomate, una pieza de fruta pequeña y pan. Y así cada día. 

Pero los problemas con la comida eran una constante. Un día llegaron a Pireos unos tupper con pollo (no se sabe de dónde salieron). La gente estaba entusiasmada, ya que casi no había carne. Dos horas después de la comida, empezaron los vómitos y la diarrea. El pollo estaba en mal estado. Cientos de personas, sobre todo niños, acabaron ingresados en el hospital.

Un tiempo después, en un intento de desalojo, se paralizó el reparto de comida durante tres días. Eso motivó que un grupo de voluntarios independientes empezaran a repartir un falafel relleno de atún y algo de verdura por las noches.Cada día cocinaban unas 1.500 raciones junto con la ayuda de un restaurante cercano. Esto se perpetuó hasta que se cerró el campo.

Leila y yo pasábamos la mayor parte del tiempo en el campo. Solo salíamos un par de tardes por semana a un edificio ocupado (squat) en el barrio de Exarquia, donde vivían unas 400 personas. La ‘Jasmine’, así lo llamaban,era un antiguo colegio abandonado con un patio grande común y tres edificios rodeándolo. Dentro iniciamos una clínica bien organizada, y ahí pasábamos consulta. Tres horas más tarde solíamos estar de vuelta en el campo. Eso si no nos llamaban antes por alguna urgencia.

Cada noche, al acabar la “última urgencia” volvía a la tienda de campaña que compartía con Leila, tomábamos té con alguna familia o compartíamos comida con algunos de los amigos refugiados que habíamos hecho. Sobre las cuatro de la mañana, nos solían invitar a sandia unos amigos sirios, entre ellos Bashar y Mohammed, de 15 y 17 años respectivamente. Ahí, en el silencio de la noche, nos contaban sus historias. La mayoría de estos chicos emprendieron su viaje solos desde Siria, dejando a sus familias atrás, y coincidieron en su camino hacia Atenas.Unos se encontraron en Turquía, otros en Tesalonica. Al llegar al puerto, juntaron sus tiendas de campaña y en el centro crearon un espacio común, tapado con una manta que hacía de techo. Entre ellos se protegían, se cuidaban y lloraban sus penas y alegrías.

Si todo iba bien y nadie se autolesionaba cortándose en los brazos en señal de desesperación (una de las pocas cosas que ya consideraba una urgencia), Leila y yo nos íbamos a dormir hasta la mañana siguiente, que a penas era unas horas más tarde.

El campo del puerto de Pireos se cerró el 27 de julio. La mayoría de los refugiados se desplazaron a otro campo a unas seis horas de camino, el resto se metieron en casas ocupadas en diferentes puntos de Atenas. De esa época siempre guardaré la sensación de que cada minuto es una vida. No sé si seria capaz de volver a vivir nunca la intensidad de esos días.

Pero la crisis de los refugiados no se acaba en el puerto de Pireos, ni mucho menos las historias de desesperación. Jesse, una amiga que conocimos en Pireos, vivió una pelea en el campo de refugiados de Skaramangas, en la parte oeste de Atenas. Ella fue a visitar a un niño que conocía desde hacía tiempo. Estaban hablando de la violencia, en pleno anochecer, en Ramadán. El niño le decía que eso era para animales, que no entendía que los otros refugiados fueran tan violentos entre ellos, sobre todo porque la violencia había sido el principal problema en su país y lo que les había llevado a esa situación. Entonces vieron a un grupo correr entre tiendas y oyeron un grito. El niño le dijo que no pasaba nada, que era un juego. Al minuto, se empezaron a oír más gritos y golpes. Unas 100 personas estaban peleándose. Un refugiado metió a Jesse y al niño en una tienda para protegerles, les dijo que era peligroso que estuvieran allí pero que no se preocuparan.

Jesse oía ruidos de golpes, de huesos rotos y palos. Vio cómo rompían palés para usar los trozos de madera, cómo corrían con cuchillos entre la muchedumbre. Apareció un hombre yazidí, etnia religiosa minoritaria muy perseguida, pidiendo ayuda, la pelea se había vuelto incontrolable. Quería ir a pedir ayuda a la policía. Jesse cogió de la mano al niño y salieron corriendo junto al yazidí. Rogaron a tres policías que observaban la pelea desde dentro de un coche que por favor pararan aquello. Ya eran más de 200 las personas involucradas en la pelea; las mujeres y los niños no dejaban de gritar. El policía se rió y encendió un cigarro. Dió las luces del coche, apuntó a la pelea y riendo dijo: no te preocupes, cuando mueran pararan. Subió la ventanilla del coche y siguió fumando.

Jesse no podía entenderlo, ¿cómo no iban a ayudarles?. Llamó al 112 seis veces. En la última llamada dijeron que no iban a mandar a nadie, que si no le gustaba lo que pasaba que se fuera. Misteriosamente el 112 dejó de dar señal. Mientras tanto, al hombre yazidí le dio un ataque de nervios y empezó a gritar en círculos. Se intentó tirar por la bahía. No paraba de gritar que los querían muertos, que intentaban matarlos, que en su tierra cuando explotaba una bomba se ayudaban todos, que aquí lo que hacían era tirarles más bombas.

Empezaron a salir heridos. Las ambulancias no entraron en ningún momento, pero La Cruz Roja, que estaba dentro del campo, sacó a dos personas ensangrentadas y a otro hombre con una puñalada, sin conocimiento pero con su mujer e hijos al lado. Al ver a su padre moribundo uno de los niños empezó a arrancarse el pelo y a gritar pidiendo ayuda. Un grupo de personas se acercó de nuevo a la policía para pedir ayuda, pero en ningún momento se bajaron del coche. Es más, se reían, les pitaban y amagaban atropellos porque no podían ver la pelea. También apareció un grupo de militares, haciendo trompos con su todoterreno pero sin hacer nada. Finalmente el niño agarró a Jesse de la mano, y la llevó de vuelta por otra parte del campo donde su familia les esperaba. Al ver a Jesse le prepararon té y la cena para tranquilizarla. A la mañana siguiente el niño no había dormido y le dijo a Jesse que había estado despierto por si volvía a pasar algo poder ir corriendo a ayudarla y que no tuviera miedo.

La violencia no tiene justificación alguna, pero es cierto que llega un punto en la vida de estas personas en el que no ven manera de salir. Un punto en el que la desesperación y la presión a la que están sometidos acaban con la esperanza, con la humanidad, con la calma. Muchos de ellos siguen aquí atrapados, en campos. La espera constante, la falta de recursos y de información hacen que a cada minuto que pasa se sientan más cansados, con menos ganas de luchar para que sus hijos sean algo más que “huidos” de su país. Ahora están aquí pero preferirían que no fuera así. Una amiga refugiada siria me dijo una vez: “Nosotros amamos nuestro país, huimos porque las bombas destrozaron nuestros trabajos, nuestras tierras,nuestros colegios… Nos sentimos completamente enterrados pero aun así la esperanza nos motiva a seguir.”

Y supongo que esa misma esperanza es la que ha hecho que mis canas ya no me preocupen y que siga encontrando cada día la motivación para seguir viviendo en Atenas: ayudar a los refugiados a ser más que eso, a volver a ser personas.

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2 Comentarios

  1. Un trabajo enorme y una fuerza de luz inmensa la que atesora esta compañera en su corazon. Darte todas mis fuerza y mi apoyo en esta situacion.

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