La Camarera

 La brisa marina arrullaba su cuerpo. Pechos al aire, pelo mecido por el viento, agarrada a la barandilla de proa…

Click ????????…llegaba al colegio. 1960, ya va haciendo tiempo ????, sentado frente a una cruz y a ciertos retratos… ????????PLOF. De un manotazo apaga el despertador.

Las 05:30 de la mañana. Ivanna se levanta, se ducha, prepara el desayuno, el suyo, el de su marido y el de los niños. Deja encima de una silla del salón la ropa que han de llevar al colegio y sale pitando hacia el hotel donde trabaja de camarera. Aún estamos en mayo y el horario es infernal. Toca turno doble. De 07:00 a 10:30, de 12:30 a 16:30 y de 19:00 a 24:00. Debería salir a las once pero hoy hay noche temática y luego hay que recoger el atrezo. El puñetero despertador le ha cortado un placentero sueño en el que ella era Kate Winslet en una especie de Rose moderna y naturista. Soñar es lo único real en una vida de penurias, con un horario de mierda, un salario indecente (750 € es lo que le ingresan), un marido en el paro y unos hijos egoístas que exigen lo mismo que sus compañeros de clase: ropa de marca, teléfonos de última generación y dinero para gastar con sus amigos.

En el trabajo es aún peor. Su jefe siempre tiene cara de enfado, y no admite ninguna queja. Su lema, “ahí está la puerta. Hay veinte como tu, esperando que fracases”.

Mientras desayuna, suena la radio. La tiene encendida aunque la mayor parte de las veces no la escucha. Es una especie de abejorro que pone banda sonora a su vida. Justo cuando va a apagarla, una voz femenina dice que el paro a bajado de nuevo en Abril y que ya se nota la recuperación económica. Este año las agencias de viaje pronostican lleno en las costas.

Ivanna no conoce a nadie que pueda permitirse unas vacaciones y menos en otra costa.

 



La vida. Couché·vs·pueblo

 

La vida real, aquello que nos sucede y con lo que lidiamos diariamente, nos la están cambiando. Los periódicos, la TV, se hartan de convencernos de que la economía sólo es la Bolsa que cae, y lo cuentan como si fuera a acabarse el mundo, cuando el Reino Unido vota por el Brexit. En mi entorno, sin embargo, la vida es el cierre de la Línea 1 del Metro de Madrid, que provoca cientos de cabreos por tener que levantarse una hora antes, e ir como piojos en costura en un autobús que tarda el infinito.

La prensa insiste en que la vida es Vueling que ha causado retrasos y molestias a 76.000 pasajeros en siete días (casi los mismos [67.000] son los que usan diariamente la línea 1 del Metro de Madrid). La vida es la Eurocopa, Islandia que ha llegado a cuartos, Gales a la semifinal, Portugal que ha ganado el torneo o Messi al que, por jugar en el Barça, le han condenado a veintiún meses de cárcel. La vida es un atentando en Irak con 16 muertos de una peña madridista. En mi ambiente, la vida también lo es cuando el atentado sesga la vida de 250 personas aunque ninguno sea español, europeo o hincha de un club de fútbol hispano.

La vida, según la prensa, es Venezuela antes de las elecciones. La vida es el día sin bañador en las piscinas de Madrid, los trajes de los Reyes Magos o un twit desafortunado del Concejal de Cultura.

Para mis vecinos la vida es que a Juanito le han dado cita para una colonoscopia en 2021 aunque la ha solicitado hace unos días. La vida también es que, en las Tablas, un barrio de Madrid con más de 30.000 habitantes no haya ningún Instituto Público de Secundaria o que en Barajas donde vivimos 47.000 almas,  sólo haya uno que, con capacidad para 900 alumnos, alberga 1.350. La vida es que la Señora Cifuentes se niegue a sentarse a negociar la construcción (o reapertura) de uno nuevo. La vida son la treintena de alumnos de primaria que en Orcasitas se han quedado sin plaza en su colegio público porque Cifuentes prefiere que estudien en uno concertado o privado.

En uno de esos barrios residenciales donde viven los que nunca cogen el metro, los que hablan de los problemas de la gente sin tener relación con los que tienen una renta cinco veces inferior al salario medio, tal vez en esos,  no haya personas que, cada noche, al cierre del supermercado de mi barrio, se afanan en rebuscar en el cubo de la basura la comida del día siguiente. Tal vez, en ese barrio,  tienen la suerte de irse de vacaciones a un hotel de cuatro estrellas y encontrarse un montón de españoles como ellos. Desgraciadamente en mi entorno pocas personas pueden permitirse una semana en la playa. Y para mí, que de momento puedo, me resulta lamentable que en siete días, no haya oído hablar catalán o castellano en mi hotel salvo a los camareros y ni siquiera a todos.

Tal vez, esos que viven apartados en sus guetos, esos que se ponen dignos sentenciando en tertulias de programas de TV basura, no sepan que existe gente como los de mi barrio, que vivimos en 60  m2 (algunos en 35), que muchos, sólo van a ver la playa, o una casa lujosa o van a vivir una vida maravillosamente feliz a través de su caja tonta, en uno de esos programas de españoles triunfadores por el mundo. Tal vez, en su gueto,  temen por la caída de la bolsa o por sus dineros en Suiza, Panamá o Gibraltar. En mi barrio, sin embargo, la única bolsa que preocupa es la que llevan cientos de personas los segundos jueves de cada mes a Cáritas a recoger la ropa que les dan, o la que llenan el miércoles en el banco de alimentos del Instituto para que sus hijos puedan comer una vez al día. Los españoles por el mundo son sus hijos que han tenido que largarse de España a buscarse la vida por Europa o Hispanoamérica (un abrazo Lu). Unos, con suerte, trabajan en lo suyo por un salario digno. Otros pelan patatas, lavan platos o sirven hamburguesas para evitar el fracaso también en la emigración.

Los salvapatrias catecismales insisten en que la vida son las 124.000 personas que según indican las estadísticas del INE, han encontrado trabajo durante el mes de Junio.

En mi entorno, la vida real es la de Dionisio, Antonio, Inés,… que no tienen trabajo y a los que el INE nunca les ha llamado para ninguno. Su vida real es carecer de ingresos porque han agotado todos los subsidios posibles. Su vida real es la vuelta a casa de sus padres para vivir de su pensión. La vida real es la de Borja, Esther o Candela que tienen una carrera (alguna dos) y un máster y trabajan de becarios supliendo el jornal que deberían tener trabajadores en activo. La vida real es la de Rebeca que con sus dos licenciaturas y sus dos másteres trabaja doce horas diarias y cobra 1.200 euros, un 66% menos que su compañero que llegó a la empresa hace treinta años y al que, por cierto, están intentando despedir para poder suplir su puesto con un becario.

En mi casa, la vida real es la de mi hijo que estudia en un instituto con 35 compañeros en su aula, aunque sólo esté preparada para 20. La vida real es tener que hacerse un seguro médico privado  porque la Seguridad Social tarda tres días en darte cita para el Médico de Atención Primaria y entre 6 y 18 meses para una prueba de especialista.

En mi barrio, la vida real es la de Iker que, después de dejar el Instituto sin graduarse,  ha podido trabajar gracias al grado de FP que estudió en un centro público. Su hermana, llegado el caso, no podrá hacer lo mismo porque el Consejero de Cifuentes está dejando morir los centros públicos de Formación Profesional mientras incrementa los fondos públicos (hasta 5.000 € por alumno y año) para ayudar a quién pueda acceder a esos estudios, en un centro privado.

En mi barrio, la vida también es votar al PP porque “El Coletas” y todos los demás, salvo Rajoy, son unos ladrones. O echarle la bronca a la Concejala por el estado ruinoso del barrio, aunque en 24 años sólo vimos dos veces al concejal del Partido Popular y ésta, la de Podemos, nos visita casi semanalmente y ya ha presentado un proyecto real para poder acabar con la situación.

La vida también es la de unos amigos de Valdorros, a los que sus hijos les regalaron en Diverxo un menú a 225 euros por probar, durante tres horas, los platos ideados por David Muñoz.

Pero para eso, hay que tener trabajo y un salario más que digno. Para eso hay que llamarse Luis o Florentino y no vivir en mi barrio. Y eso, en España,  a pesar de cierta prensa, sí que es un sueño.

 

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Pasé tarde por la universidad. De niño, soñaba con ser escritor o periodista. Ahora, tal y como está la profesión periodística prefiero ser un cuentahistorias freelance o mejor dicho un alma libre. En mi juventud jugué a ser comunista en un partido encorsetado que me hizo huir demasiado pronto. Militante comprometido durante veinticinco años en CC.OO, acabé aborreciendo el servilismo, la incoherencia y los caprichos de los fondos de formación. Siempre he sido un militante de lo social, sin formación. Ahora participo activamente en PODEMOS, más que por convicción, por la necesidad de regeneración. Tengo el defecto de no casarme con nadie y de decir las cosas tal y como las siento. Y como nunca he tenido la tentación de creerme infalible, nunca doy información. Sólo opinión. Subjetiva y probablemente equívoca, pero es mi opinión. Si me equivoco rectifico. Sólo el que rectifica aprende algo. Soy un autodidacta de la vida y un eterno aprendiz de casi todo.

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