La verdadera historia de “El editor de libros”

Tríángulos y Bromance

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La película  Genius, traducida al español como El Editor de libros, se basa en la relación existente entre el editor Max Perkins y el escritor Thomas Wolfe. Perkins estuvo trabajando como editor literario en Scribner durante un tiempo, periodo en el que no solo trabajó con Wolfe, sino también con otros autores como Hemingway o Fitzgerald. Wolfe fue uno de los novelistas más exitosos de la América del siglo XX,  convertido en best seller tras publicar “Look Homeward, Angel ” a la edad de 29 años.

Un periodista que había visto esta película antes que yo me dijo que la película podría interesarme porque trataba de escritores. Cuando la vi, no pensé que tratara de escritores ni del mundo literario. Pensé que trataba de una relación de amor entre dos hombres. Salí del pase de la película y así se lo comenté a varios de los que habían asistido conmigo. Todos pusieron en el grito en el cielo: “!Qué mal pensada eres, ves gays en todas partes!” Todos excepto mi hija de 13 años, que había visto lo mismo que yo.

Pues bien, me puse a buscar el libro de Scott Berg en el que se basa esta historia  y encontré no solo el libro, sino también entrevistas con el autor del libro, que es guionista de la película. El autor es gay, y en alguna entrevista dice que su libro trata de un triángulo amoroso entre tres personas: Maxwell Perkins, Aline Bernstein y Thomas Wolfe.

Perkins (1884-1947), neoyorquino y graduado de Harvard, comenzó como reportero de The New York Times. En 1910 pasó a ser editor de la casa Charles Scribner’s Sons, una editorial que se dedicaba a publicar a los clásicos de la literatura en lengua inglesa, entre los que se encontraban John Galsworthy, Henry James y Edith Wharton. Pero Perkins era un hombre de olfato literario y sabía descubrir talento en bruto. Su trabajo consistió en buscar nuevos autores.

Genius

Perkins conoció a Francis Scott Fitzgerald en 1918. El autor tenía una novela que nadie quería publicar. La relación  de Perkins y Fitzgerald se concretó en dos libros: en 1920 This Side of Paradise y luego en 1925 The Great Gatsby.

A través de Scott Fitzgerald, Perkins conoció a Ernest Hemingway, y le publicó The Sun Also Rises y luego otras obras.

De Fitzgerald y Hemingway se ha dicho toda la vida que mantuvieron una relación homosexual. Por mucho que a ustedes les asombre leerlo, la relación entre ellos está más o menos documentada. Ambos, Fitzgerald y Hemingway eran alcohólicos y mantenían relaciones muy tormentosas con sus mujeres. Fitzgerald estaba casado con Zelda y Hemingway con su mujer de entonces (tuvo varias y no me sé todos los nombres). Pero que un hombre esté casado no le impide enamorarse de otra persona, sea otro hombre u otra mujer.

“A Hemingway le gustaba tanto hacer daño como a Scott Fitzgerald sufrir. Su amistad se basaba en una mutua necesidad de destrucción”, escribe Scott Donaldson en su extenso libro Hemingway vs. Fitzgerald, the rise and fall of a literary friendship, no publicado en España.

A Hemingway le encantaba exhibir su masculinidad ante Fitzgerald. Y a Fitzgerald, que se definía a sí mismo como “medio femenino” le fascinaba el rol de macho de Hemingway, sus aventuras bélicas su afición por la caza, su actitud canalla con las mujeres.

En una fiesta en París,  Ernest Hemingway narró  que Fitzgerald acudió a él cuando su mujer,  Zelda Sayre, le dijo que su pene era demasiado pequeño. La escena narrada por Hemingway  transcurría en un restaurante parisiense. Ernest acompañó entonces a su amigo al servicio y allí, tras comparar, le dijo que no se preocupara, que no era para tanto. Luego, los dos juntos habrían ido al Museo del Louvre, donde pasarían la tarde midiendo los tamaños del sexo de las estatuas griegas. Para Donaldson, esta historia es inventada, pero refleja muy bien la relación homoerótica entre los dos.

Genius

Hemingway solía referirse  despectivamente  a su mejor amigo con adjetivos homófobos: “Mariquita”, “bonito”, “cobarde”, “mariposón”. Pero cualquier psicoanalista sabe que la homofobia suele esconder una homosexualidad reprimida. Sobre Hemingway -al que su madre vistió como niña durante años- rondaron los rumores durante años. Ava Gardner incluso lo insinúa delicadamente en sus memorias.

Si usted busca en google “Ernest Hemingway gay” le aparecerán millones de entradas. Parece que con el tiempo el tabú hacia la homosexualidad desaparece y lo que no se pudo contar en su día se cuenta ya. Hemingway no era gay, era claramente bisexual. Y tuvo relaciones con muchísimas personas. Relaciones visibles con mujeres. Relaciones no tan visibles con hombres.

En fin, los rumores son rumores, y ahí se quedan. Lo que sí es evidente es que entre Hemingway y Fitzgerald existió una amistad intensísima, Dejémoslo ahí.

Perkins era un señor casado con cinco hijas.  El matrimonio era muy estable de cara a la galería, no tan satisfactorio en realidad. Ella vivía en el campo, en Conneticut, aislada, él pasaba la mayor parte de su tiempo en Nueva York. Convivían, pero él no le prestaba particular atención. Perkins establecía unas relaciones intensísimas con sus autores. En la película resumen lo intenso de esta relación en un fotograma: Cuando Scott Fitzgerald está arruinado, Perkins casi llora y le deja dinero de su bolsillo.

No voy a decir aquí que Perkins se acostara con sus autores. Probablemente no lo hacía. Pero establecía con ellos relaciones muy particulares, que iban mucho más allá de la relación profesional entre autor y editor. Mucho más profundas desde luego que la que tenía con su mujer.

Genius, el filme basado en la biografía de Perkins, Max Perkins: Editor of Genius, de A. Scott Berg, se fundamenta en la relación entre Perkins y Thomas Wolfe y pasa de puntillas por la relación con Fitzgerald y Hemingway.

Al despacho de Perkins llega el manuscrito de Look Homeward, Angel, un mamotreto de cinco mil páginas impublicable y al cual Wolfe intención de seguirle añadiendo párrafos. Perkins asegura a Wolfe que estaba dispuesto a publicar el libro siempre y cuando Wolfe aceptara cortar mucho más de la mitad de la novela. Wolfe, rechazado por todas las editoriales, por supuesto aceptó y a partir de ahí entabló una relación con Perkins que duró hasta poco antes de la muerte del escritor.

Genius

La relación termina cuando Wolfe rompe su dependencia de Perkins y a la editorial Charles Scribner’s Sons.

En la película se explica esa dependencia desde el contexto de que Wolfe era un hombre necesitado de una figura paterna y Perkins tuvo cinco hijas pero nunca el varón que siempre quiso. Pero la relación entre ambos también puede leerse claramente  con un subtexto edípico homosexual

El propio Scott Berg ha declarado “Si uno ve la película la puede entender como una historia de amor gay, Es la más intensa historia de amor sin sexo que haya usted visto en la vida. Es todo pasión.” Berg deja claro en la entrevista que Genius no trata de editores y de libros, sino de un triángulo entre Max, Tom y Aline.

Aline Bernstein, la amante de Tom, había dejado a su marido y a sus cinco hijos por un chico veinte años más joven que ella, el jovencísimo entonces Tom Wolfe.  Ella le mantuvo mientras escribió su primer libro e incluso pago a la mecanógrafa que lo transcribió.

Desde 1925 a 1930, Bernstein estuvo con Wolfe, al que introdujo en un amplio círculo de artistas y editores establecidos en Nueva York. Wolfe se basó  en ella para  crear el personaje Esther Jack en sus novelas Of Time and the River (1935), The Web and the Rock (1939) y You Can´t Go Home Again (1940).  Ella, por su parte, contó la relación con Wolfe en uno de sus libros, Three Blue Suits, publicado en 1933.  Uno de los personajes, Eugene Lyons, está basado en Thomas Wolfe. Las cartas entre anbos se han publicado. Son cursis hasta la exageración, pero es evidente que antes de que apareciera Pêrkins, Wolfe estaba fascinado con Aline. Y muy agradecido

También queda desastroso que la diferencia de edad entre Tom y Aline no se vea en la película. En la película parecen dos amantes que viven juntos, de la misma edad. En la vida real se trataba de otra historia. Señora cuarentona rica y casada se enamora de niñato veinte años más joven pobre como las ratas, le mantiene y le encumbra.

Cuando Max se hace editor y mentor de Tom, Aline pasó a segundo plano y finalmente Tom la dejó y se fue a Paris. Ella le enviaba cada día cartas desesperadas, algunas firmadas con sangre. Tom, entretanto, le enviaba cartas y telegramas muy encendidos a…Max.

¿Tuvieron sexo Max y Tom? No se sabe. En el filme todo se trata de forma muy sutil, en una escena en que ambos hombres se abrazan mientras contemplan el atardecer en Nueva York. Es lo que los americanos llaman “bromance” En el libro tampoco se dice, dado que los herederos de Perkins podrían demandar. Pero entre las cartas publicadas en el libro el amor se deduce claramente. Ambos hombres vivían obsesionados el uno con el otro. Y se querían mucho.

Pero probablemente Perkins estaba más interesado en Wolfe que viceversa. Wolfe, amén de su relación con Aline, mantenía una también muy intensa con su agente, Elizabeth Nowell (que no aparece en la película). Parece más bien que a Wolfe le gustaba seducir y vampirizar a gente que estuviera en la situación adecuada para ayudarle a trepar.

En cuanto a la película…. Lo más fuerte es ver al muy británico Jude Law hablando con acento del sur de los Estados Unidos. Al no menos británico Firth interpretando a un neoyokino (menos mal que el acento neoyorquino pijo es muy neutro, no muy diferente del británico). A Hemingway interpretado por otro británico, a Aline y a Scott Fitzgerald interpretados por unos australianos.   La elección de los actores suena, cuando menos, un poco particular.

La película tiene una iluminación maravillosa, natural, sin estridencias. Unos actores muy conocidos. Firth fantástico, sobrio, contenido;  Law sobreactuado, la pobre Kidman luchando por expresar algo cuando el botox no le deja ni fruncir el entrecejo. Una ambientación exquisita. Un vestuario de diez. Y una historia que se cuenta a pesar de que no se puede contar, y que deja a la interpretación del espectador que descifre lo que no se dice.

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1 Comentario

  1. Entiendo que busquen relanzar la web con firmas de prestigio —si es que Lucía Etxebarria conserva algún prestigio a estas alturas—, pero como lectora pediría un mínimo de respeto por el idioma. No juzgo ya el delirante contenido del artículo, sino su redacción: oraciones que nunca finalizan porque no se cierran con un punto, comas omitidas, mayúsculas después de coma o de dos puntos, fallos tipográficos como espacios dobles, guiones para precisar o aclarar en lugar de rayas, cuatro puntos suspensivos, tildes que se omiten («bótox»), confusiones en apenas siete palabras —primero, «neoyokino»; después, «neoyorquino»— o faltas que se evitan con un mínimo conocimiento de las reglas ortográficas (¡¡¡«anbos»!!!). Por no mencionar, además, el esnobismo de citar en inglés los títulos de obras que cuentan con traducciones al castellano. Muchos de estos errores se habrían solucionado con una mínima atención por parte de la autora durante la escritura o la corrección, o con una edición por parte de quien haya publicado el texto.

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