Mucho se habló durante el gobierno de Cristina Fernández sobre la década ganada y no hay dudas en que ha habido temáticas en las cuales se ganó, y mucho, como también ha habido otras en las que se perdió, también mucho lamentablemente.

Una en las que más se ganó fue, sin dudas, el antagonismo existente entre dos sectores claramente diferenciados y enfrentados entre sí, lo que se dio en llamar la grieta. Quizás como nunca antes en los últimos 60 años de la historia del país se estableció una dicotomía schmittiana amigo | enemigo en la cual para muchos el no acompañar las ideas propias lo ubicaba automáticamente en bando enemigo.

Lo curioso es que se siga ahondando en esta díada incluso cuando el devenir histórico y político ha pasado página y ha dejado en la historia esta relación.

Pero hay quienes se siguen aferrando, quizás por temor al cambio, a seguir pensando en esos términos y así entonces realizan una defensa cerrada de su pensamiento y las acciones que se derivan de él y, a partir de entonces, un combate cerrado contra las ideas con las que no comulgan. Así pues, cualquier medida de gobierno que no se entronque en su ideario, es mala por el sólo hecho de no ser propia.

Resulta paradójico que los que con mayor ahínco siguen esta conducta, a su vez, pretendan reconocerse como progresistas, puesto que lo que caracteriza al progresismo es la práctica filosófica descripta por Hegel, su tríada dialéctica de tesis, antítesis y síntesis. Este proceso circular, que se nutre de diferentes formas de pensar, aporta un enriquecimiento a las ideas originarias y permite la interacción entre pensamientos diferentes.

Se plantean entonces dos formas de entender la política, una inclusiva y otra exclusiva, y he ahí la verdadera grieta. No es, como pretendieron hacernos creer, el apoyo o no a una medida de gobierno o el enrolamiento en tal o cual teoría económica. La verdadera grieta es si entendemos a quien piensa diferente como una alternativa que puede nutrir nuestro pensamiento o como una amenaza a nuestra forma de pensar.

Ya de por sí es preocupante el pensar la política como un campo de batalla en donde tengo que imponerme por sobre quien no piensa como yo, pero peor aún es que quienes ocupan escaños en cuerpos legislativos la adopten como propia, puesto que si hay algo que caracteriza, o debiera caracterizar, un cuerpo legislativo es la tríada dialéctica hegeliana en la que del concurso de variadas visiones políticas se pueda construir un proyecto común.

De más está decir que el acuerdo completo, salvo algunas excepciones, no va a ser lo normal, pero lo que no debe ocurrir es la imposición de mayorías circunstanciales que rompan el concepto de Hegel e impongan la idea de Schmitt. No lograremos construir una democracia plural en esos términos.

Y esta realidad trasciende los dos sectores del falso espectro político que se plantea, puesto que esta lógica tan afianzada durante el gobierno de Cristina Fernández se mantiene durante el Gobierno Macri aunque, claro está, alterando las posiciones que ocupa cada uno.

El gobierno nacional, que ha hecho del llamado al diálogo un culto y, dada su debilidad parlamentaria, del acuerdo político una vía de acción, reflota una lógica de pensamiento que pese a los cálculos electorales que se hagan en el corto plazo, en el mediano plazo termina por ser contraproducente para su proyecto. Así entonces, las críticas de gobierno o las medidas gremiales impulsadas se catalogan como destituyentes cuando, pese a su radicalidad y su dureza, no son tales, dado que salvo algunas excepciones de ciertos personajes, nadie plantea ciertamente la caída del gobierno actual. Pese a las críticas que puedan formulársele, el sólo recuerdo de las consecuencias de la caída de Fernando de la Rúa 16 años atrás, alejan tal posibilidad.

Por su parte el sector más duro de la oposición enraizado en el núcleo del kirchnerismo, profundiza su visión schmittiana de la política y entronca su discurso detrás del ‘ellos o nosotros’, ubicando al gobierno como su antagonista.

Esta es la verdadera grieta existente hoy en Argentina. Más allá de las diferencias en los proyectos y en los accionares, la auténtica grieta es la de la forma de entender la política, más aún cuando una de las posiciones es la negación misma de la política.

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