Por fin, esta vez sí, cuando parecía que ya no se lo iban a dar, le han concedido el Cervantes a Eduardo Mendoza. Ya era hora. Los premios siempre llegan tarde pero en este caso nos temíamos que no iba a llegar nunca. A menudo, cuando se habla de la cacareada renovación de la novela española, se suele olvidar a este escritor catalán de una delgadez vegana y una sonrisa filosófica y afable que escribe en un primoroso castellano, para que luego digan que los catalanes no saben juntar cuatro letras en la lengua de Cervantes sin darle una patada al diccionario. Pero siendo justos, si ha habido un renovador de la narrativa patria contemporánea, un punto de inflexión entre lo viejo y lo nuevo, ese ha sido Eduardo Mendoza.

El mismo año que moría Franco, se publicaba su primera novela, La verdad sobre el caso Savolta, una historia sobre el pistolerismo en la Barcelona de principios de siglo que supone, de alguna manera, una ruptura entre la novela del posfranquismo y la Transición predemocrática. Fue revolucionaria hasta en su título inicial (Los soldados de Cataluña) que no pasó la censura, como tenía que ser, aunque al final el tijeretazo de los moralistas fue para bien, ya que la segunda opción mejoró bastante el original. Escrito con una prosa clara y directa, La verdad sobre el caso Savolta nos devuelve a la Barcelona de 1918, donde matones contratados por la alta burguesía catalana tratan de aplastar las primeras revueltas obreras. Bien mirado, un tema de plena actualidad el de la lucha de clases, ya que pese a que hoy no hay tiros por las calles, la reforma laboral de Rajoy mata a más proletarios, parados y parias que aquellas balas a sueldo del patrón. Todo lo literario que un novelista contemporáneo debe saber está implícito en ese libro extenso, infinito, no solo el diagnóstico sobre las raíces mismas del mal que anida secularmente en la cainita sociedad española, sino los secretos del arte mágico de escribir buenas novelas: la estructura en forma de puzle que se alterna con la estructura lineal, los saltos en el tiempo, la picaresca, la mezcla de géneros (noir, novela histórica, pastiche, propaganda) todo ello acuñado con el sello mendociano marca de la casa: un sentido del humor inteligente, británico y burgués hasta aquel momento escasamente ejercitado por los escritores que salían de la oscura cueva del franquismo. Cualquier novato que quiera escribir una novela debería empezar por La verdad sobre el caso Savolta y dejarse de talleres literarios inútiles y de manuales de autoayuda retórica para improvisados novelistas a tiempo parcial. La novela se escribe, no se aprende ni se enseña.

La consumación de su arte narrativo iba a llegar con La ciudad de los prodigios, pero antes Mendoza nos deja dos pequeñas joyas, dos novelas ligeras, no por humorísticas menos importantes. En El misterio de la cripta embrujada y El laberinto de las aceitunas, ambas historias detectivescas pero en tono paródico, el escritor catalán nos descubre que en la novela también debe haber un hueco para el humor. Es el momento en que Mendoza abandona la España triste, amarga y violenta de 1978 –demasiado convulsa por los ruidos de sable del golpismo pertinaz, el terror de ETA y la depresión económica–, para emigrar a la vertiginosamente apacible Nueva York en busca de inspiración artística. “Escribí divirtiéndome como nunca lo había hecho”, diría después el escritor a propósito de esas dos novelas, que son auténticos manifiestos del universo mendociano. Con ellas, Eduardo Mendoza abre el portón de nuestra novela contemporánea a la comedia y demuestra a los narradores del momento, siempre empeñados en la tragedia plúmbea de la guerra civil, salvo honrosas excepciones como Vázquez Montalbán o Andreu Martín, que también se puede hacer narrativa desde la parodia, la chanza, la caricatura y la carcajada. Y es aquí donde Mendoza se hace más acreedor si cabe al título cervantino que le acaban de otorgar, ya que si por algo se caracteriza el Quijote es por su autóctono y ácido sentido del humor, que traspasa lo manchego para entrar en lo universal.

Aquí, en España, hubo un momento en que decidimos abandonar la senda paródica y divertida que nos mostró Miguel de Cervantes, quizá porque consideramos que lo serio, lo grave y lo trágico español era mucho más profundo y sesudo que lo hilarante y entretenido. Sin embargo, el anglosajón, que por su carácter flemático, pomposo y protestante debería ser mucho más muermo que el alegre, luminoso y jaranero hispánico, continuó con la tradición de las comedias chocantes de Shakespeare, y su literatura logró alumbrar grandes obras cumbres, no solo del humor, sino de la literatura en general, desde los pasajes más irreverentes y jocosos del Ulises de Joyce hasta La conjura de los necios de Toole, pasando por una larga lista de prosistas satíricos encabezada por Lewis Carroll, Dickens o el más reciente Tom Sharpe. Así fue como los anglos nos arrebataron el reinado de la diversión por dejación de funciones del novelista español, entregado a sus dramas e inquisiciones, a sus miserias nacionales decimonónicas, a sus frustraciones noventayochescas. Hasta que llegó Mendoza y nos devolvió la llama sagrada del humor.

Podríamos estar horas enteras hablando de la obra de Mendoza –Una comedia ligera, La aventura del tocador de señoras, El último trayecto de Horacio Dos, Mauricio o las elecciones primarias, El asombroso viaje de Pomponio Flato, El enredo de la bolsa y la vida o El secreto de la modelo extraviada– e incluso disertar sobre Riña de gatos, reciente premio Planeta, una de sus novelas de la serie seria, donde Mendoza vuelve a hacer gala de su extraordinario conocimiento de la Historia de España. Todo eso lo dejaremos para los eruditos de las cátedras de Literatura española, que seguramente lo harán mucho mejor que nosotros. Solo nos detendremos aquí en una fábula entre galáctica y costumbrista, entre castiza y orwelliana, por la que no podemos pasar de puntillas: Sin noticias de Gurb, la historia del marciano verde y trompetero que se mete en el cuerpo de la cantante Marta Sánchez para asistir con ojos atónitos al desfile de toda la fauna patria de nuestros días, o lo que es lo mismo: el heroico extraterrestre que da nombre a nuestra querida revista.

Hoy, abducidos como estamos por las redes sociales y las nuevas tecnologías que se quedan viejas enseguida y que nos comen el coco, todos somos un poco marcianos, y mucho más nuestros queridos políticos, que cada día hablan más raro e ininteligible −casi como aquel Carlos Jesús del planeta Raticulín en cierto programa nocturno de Javier Sardá de infausto recuerdo−, y ya no hay un dios que los entienda. A nuestros políticos se les ha metido sin duda un hombrecillo alienígena en el cuerpo y un día es Rafa Hernando el que comparece ante la prensa entre convulsiones selenitas, al siguiente es la venusina Loli Cospedal con sus explicaciones encriptadas sobre finiquitos diferidos o el mismísimo Rajoy, que cada día pone caras más lunáticas y emplea lenguas más siderales. No debemos tenerles miedo a estos etés del espacio ibérico porque el comandante Mendoza, cual capitán Kirk de Star Trek, ya nos ha enseñado el camino para hacer frente a la invasión de seres tan extraños: una pluma clásica, cervantina, y el humor ácido e inteligente de Gurb.

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