Siempre hay novedades editoriales que sorprenden no por descubrir un nuevo valor literario en potencia sino más bien por rastrear en los orígenes de genios consagrados universalmente y desempolvar tesoros ocultos. Si a esto le sumamos un prologo en estado de gracia por otro escritor inigualable que ya vive en el Olimpo de los “No Nobel”, el regalo es completo. Ambos genios son el estadounidense de Oak Park Ernest Hemingway, don Ernesto para los muy fieles, y el argentino Ricardo Piglia, que se consagró con 40 años al publicar su primera novela (Respiración artificial, 1980).

‘Don Ernesto’ deja fuera toda superficialidad y, capa a capa, ahonda con sencillez hasta alcanzar la esencia de la narración

El tesoro oculto en cuestión, En nuestro tiempo (Lumen), es el primer libro de cuentos que publicó el autor de Adiós a las armas, Por quién doblan las campanas o El viejo y el mar, en 1925, con sólo 26 añitos. Por primera vez se publica, ¡en 2018!, la primera edición en español, una deuda incomprensible con su legión de admiradores. Al respetarse también el orden original de la obra, En nuestro tiempo puede incluso leerse como una novela fragmentada.

El universo sobre el que gravitó toda la literatura de Hemingway está ya en esta obra de iniciación. La soledad, el paso del tiempo, el alcohol, las fiestas populares más arraigadas… También el prologuista de esta necesaria edición de Lumen era un chaval de 18 años cuando cayó en sus manos un volumen de segunda mano de In Our Time en una librería de Mar de Plata. Tras devorarlo en apenas una tarde, su impacto fue inmediato y duradero en el tiempo, y marcó para su escritura un antes y un después. Reconoce en el prólogo que “la calidad de su prosa y la originalidad de su estructura lo convierten en uno de los mejores libros de cuentos que se han escrito”, asevera Piglia, que escribió esta clase magistral de literatura apenas unos meses antes de su fallecimiento en enero de 2017.

El autor de Plata quemada o Blanco nocturno se asombra de que “es una paradoja, pero también un acontecimiento que esta sea la primera edición en castellano de este libro extraordinario”. La repetición y la elipsis como armas de percepción de la realidad, abordando el uso del lenguaje de una forma mucho más directa y sincopada a como se venía haciendo hasta entonces. Generaciones posteriores de escritores estadounidenses de referencia del pasado siglo veinte sabían muy bien la impronta que imprimió Hemingway. De Salinger a Carver y otros coetáneos. “Buscaba una prosa conceptual que insinuara sin explicar”, apunta Piglia.

De ahí que don Ernesto actúa con el hecho literario como el cocinero con la cebolla. Deja fuera toda superficialidad y, capa a capa, ahonda con sencillez hasta alcanzar la esencia de la narración. Ni un adjetivo o adverbio de más, apenas frases subordinadas. Ahí queda esta pequeña gran joya literaria de juventud para quien la quiera pescar, una de sus grandes aficiones.

Siete años después de recibir el Nobel de Literatura, un domingo 2 de julio de 1961 el escritor cogió una escopeta de su amplia colección de armas, se dirigió al salón de su casa en Ketchum (Idaho) vestido con su “bata del emperador”, encañonó su boca y apretó el gatillo. Ahí puso punto y final el hombre atormentado que intentó infructuosamente el suicidio en otras tres ocasiones anteriores. También ahí nació el mito. Aún hoy sigue vivo, muy vivo. En nuestro tiempo es buena muestra de ello.

 

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