El camino del vivir está trufado de espejos infinitos, y en ellos vamos recolectando unas señas de identidad que en la adolescencia creemos propias, únicas e incomprendidas. Pero si tenemos la suerte de fatigar los años, tarde o temprano vislumbraremos que los remiendos que nos forman, son usados. Pues no podemos ser y usar aquello de lo que nunca supimos. Igual distancia cabe entre el griego clásico respecto a Internet, que la nuestra para encarnar sus vivencias. Porque por más que nos documentemos de los reflejos distorsionados, interpretados y a veces antagónicos, que nos dejó la historia; pariremos una farsa, porque evidentemente, no vivimos su presente.

Somos loros que imitan a sus semejantes. Cierto que la variedad de los elementos del juego, amalgamados por el destino y nuestras elecciones, nos puede hacer únicos. Pero la marea que nos forma, es igual para todos.

De los padres, la familia, los maestros y los semejantes, pasamos a fijar nuestro proceder en modelos más altos. Los Medios de Comunicación e Internet, se encargan en el mundo actual, de proporcionarnos su miríada de reflejos. Y con su cansina insistencia, nos convencen de que hay que aspirar a ser: guapos, ricos, famosos, triunfadores, comprar un coche, una casa, un vestido, una sandalia, una conciencia, apadrinando un niño en el tercer mundo; y si se amerita, una propiedad en la playa. En ese conglomerado de vacuas opciones, se ha enclaustrado la capacidad de nuestros sueños. ¿Qué inconsciente sueña con algo desconocido?

El hombre se ha olvidado de lo que significa vivir. Uno no viene a la vida para ver y morir, entretenido sólo por esas minucias. Y si creen que es así, lo siento mucho. Se han equivocado de artículo.

El hombre antiguo tenía otras prioridades. Lo inmaterial tenía un valor que hemos despreciado, y peor aún, negado su existencia. Sus Dioses y su destino atado a ellos, nos causan un desprecio pueril, como si nuestra individualidad consumista y depredadora, fuera más lógica y sabia; al menos para el planeta, parece no ser así. Pero se nos olvida que los espejos en los que buscaban reflejarse eran: Platón, Aristóteles, Pitágoras, Tales de Mileto, Thot, Buda o Salomón. Hombres que siguen siendo considerados sabios y que hablaban de ética, de justicia, del equilibrio del universo, del alma, del espíritu, y de que finalmente había una razón para nuestro paso por esta existencia. El hombre, para ellos, no estaba sólo circunscrito a la esfera de la carne. Los nuestros, apoyados en la ciencia, afirman que sólo la materia importa. Han eliminado la dualidad que todo el misticismo pagano, con sus diferentes creencias y simbolismos, compartía.

La espiritualidad puede tener muchas creencias y connotaciones adheridas, pero no me malinterpreten, no hablo de religión, que casi siempre parió fanatismo, sino de filosofía. Lo que expresaban los pueblos antiguos, era la búsqueda de las grandes preguntas: ¿Qué somos, qué es la vida, qué sentido tiene el Universo? Y sin embargo, nuestra cultura que se siente tan superior, no quiere que sus hormiguitas, nos distraigamos en ellas.

El gran Salón de los Espejos que es la sociedad, dicta desde la tribuna de los medios lo que es real, y nosotros acatamos y aceptamos esa realidad, porque aquella que no aparece en la televisión, si no somos testigos presenciales, no existe. Los modelos de hoy son considerados estrellas, hombres de estado, millonarios, políticos, pero su ejemplo no es más que una zanahoria, bien maquillada de oropel, que nos grita: “Si quieres aprovechar la vida y ser alguien, ¡sé cómo yo! A más no puedes aspirar.”

El lujo y la importancia personal, es al parecer el único reflejo deseable y fin último de la existencia. Y si esos son los únicos espejos, ¿cómo podemos nosotros ser algo diferente?

Cuando era niño y leía con fervor cómics de superhéroes, adopté una consigna moral que Stan Lee aplicaba a su mundo de fantasía: Un gran poder conlleva una gran responsabilidad. Pensé que a falta de héroes fantásticos en el mundo real, los famosos y poderosos serían su equivalencia, y que si tenían ética, estaban obligados a cumplir dicha máxima. Me equivocaba, y lo peor es que ni tan siquiera encuentro una excepción significativa y alentadora. No al menos de esas grandes estrellas que movilizan a millones de personas por todo el globo.

Su responsabilidad está ligada a su provecho. Ese que les otorga privilegios y una posición bien ganada, a tenor de los millones de reflejos que los retroalimentan y que les confirman su grandeza. Ellos que, con una frase, mueven multitudes, prefieren mirar a otro lado cuando de implicarse, para resolver los problemas del mundo, se trata. Si acaso, una gala benéfica, un discursito, o una visita a África. No esperen más, porque su ajetreada agenda los reclama. No van a perder sus prerrogativas por una salida de tono incorrecta. Sí, inconscientemente, conocen las condiciones.

¿Qué ocurriría si un Bill Gates ocupara todo su empeño, dinero y poder en intentar crear una sociedad más justa? No, no lo sabremos, porque los espejos de los que se nutren, nunca lo han intentado. Porque para ellos lo primero, obviamente, es mantener el sistema que tanto les ha dado.

Yo, sin embargo, prefiero enarbolar las creencias de los hombres antiguos, aunque por época no me pertenezcan. La vida, me gusto en creer, no es simple materia, y su sentido nada tiene que ver con el que nuestra Sociedad, avanzada y moderna, nos enseña. Sé que recuperar algo que no he vivido me tiñe de farsa. Pero prefiero aquella, desentrañada en libros, filosofía y escuelas mistéricas, con Dioses como Ishtar, Mercurio, Isis, Baal Hammón o Mitra, a los falsos dioses materiales de hoy en día. Quizá no me haga rico, pero en ellos podré buscar y encontrar pistas sobre el sentido de la vida. No espero llegar a la verdad. Pero ya que disfrutamos de la maravilla del ser, y sabemos que dicha condición caduca, nuestro deber como seres humanos debería ser al menos, intentarlo.

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Martius Coronado (Vva del Arzobispo, Jaén 1969). Licenciado en Periodismo, Escritor e Ilustrador. Reflejo de la diáspora vital de vivir en Marruecos, USA, UK, México y diferentes ciudades españolas, ha ejercido de profesor de idiomas, jornalero, camarero, cooperante internacional, educador social y cómo no, de periodista en periódicos mexicanos como La Jornada, articulista de revistas como Picnic, Expansión, EGF and the City, Chorrada Mensual, RCM Fanzine, El Silencio es Miedo, también como ilustrador o creador de cómics en diferentes publicaciones y en su propio blog. La escritura es, para él, una necesidad vital y sus influencias se mezclan entre la literatura clásica de Shakespeare o Dickens al existencialismo de Camus, la no ficción de Truman Capote, el misticismo de Borges y la magia de Carlos Castaneda. Libros: El Nacimiento del amor y la Quemazón de su espejo: http://buff.ly/24e4tQJ (Luhu ED) EL CHAMÁN Y LOS MONSTRUOS PERFECTOS http://buff.ly/1BoMHtz (Amazon)

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