La muerte de mi padre apenas me afectó. Todo el dolor de su pérdida lo había ido sufriendo durante los meses en los que la enfermedad fue ensañándose con él hasta acabarlo. En los últimos momentos había quedado reducido a unos ojos ardientes pegados a un pingajo de cuerpo entubado.

–Ocúpate de nuestra tierra –me había pedido antes de perder también la lucidez.

Esa tierra, según me habían contado en casa desde niño, había estado ligada a mi familia durante generaciones. Por eso se le concedía tanta importancia. De hecho, a pesar de tener profesiones que no poseían ninguna relación con la agricultura, mis antepasados directos se habían preocupado por arrendarla para que siempre estuviera cultivada y cuidada. Algo así como regar un gran tiesto con la planta de nuestro apellido. Una planta que, de paso, proporcionaba cosecha tras cosecha mayor seguridad económica.

A pesar de la tentación de vender, pues ofertas no faltaban, yo no podía ser menos. Me ocuparía de la tierra. Se lo debía al viejo. Y a los que le precedieron.

Como buen economista, en las semanas que siguieron al fallecimiento, me asesoré sobre los cultivos más rentables. Hablé con los labradores de la zona para ver ofertas de arrendamiento. Estudié las subvenciones de la Unión Europea a la agricultura. De paso, recorrí la parcela varias veces. Hacía muchos años que no iba. Enseguida comprobé que el cambio había sido enorme. Lo que fue campo y solo campo había quedado casi encerrado entre un centro comercial, la playa idílica de mi infancia y la salida de la autopista.

Pensé y pensé porque la responsabilidad me pesaba. Como si los ojos de los muertos de varias generaciones me estuvieran examinado. Y al final me decidí. Creo que con acierto.

Ahora la tierra de mis antepasados me produce beneficios durante todo el año, con apenas esfuerzo y con un solo empleado al cargo de la explotación. El suelo no se degrada ni se echa a perder. Todo moderno y eficiente. A la altura de los tiempos.

He sembrado coches.

Sí. He convertido la parcela en un parking. Muy rentable, con un enorme rótulo a la entrada en el que aparece mi nombre completo. Cuando lo herede mi hijo, espero dentro de mucho tiempo, que plante lo que le venga en gana.

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