Elvira Atero en la tienda de viajes más grande del mundo.

A veces sucede que doblas una esquina y te encuentras con un pequeño milagro. En ciudades como New York City es algo que sucede con relajada frecuencia: de repente sólo hay chinos a tu alrededor y la única lengua que se oye y habla es la de Fumanchú, o está Gary Oldman sentado en el café al que te diriges a tomar un macchiato con cara de pocos amigos para que no le de nadie la paliza; hasta puede suceder que levantes la mirada y haya un funambulista sobre una cuerda tendida a sesenta pisos de altura. En Mad Madrid los pequeños milagros quizá no sean tan habituales, pero a veces… al doblar una esquina.

Estoy bajando por la calle Goya; y doblo la esquina. Voy maravillosamente acompañado por mi amiga Elvira Atero, Blue Eyes. Estamos ya en Príncipe de Vergara, una de mis calles predilectas porque un poco más arriba se cruza con la plaza que lleva el nombre de mi personaje y amigo: Salamanca, el Marqués de Salamanca, a cuya estatua siempre que paso cerca saludo, con el claxon del coche o incluso a los gritos.

Me detengo de golpe, a los pocos metros de entrar en Príncipe de Vergara, con una sensación de extrañeza: el lugar donde estamos me resulta familiar, aunque es evidente que es nuevo.

-Aquí había un cine. El Cid Campeador -me asombro en voz alta.

Y a pesar de la buena compañía, de la conversación agradable y lenitiva, durante un momento me muerde una suerte de tristeza. El Cid Campeador. Estuve en lo que fue su inauguración, proyectaban La Naranja Mecánica, y después… infinitas veces, solo o en compañía, a ver todo tipo de películas. ¡Qué pena que ya no exista!

-¿No conoces esta tienda?

-¿Esto es una tienda? ¿El Cid Campeador es una tienda?

-La tienda de viajes más grande del mundo.

No tenía ni idea. Pero siempre me gusta cuando escucho que alguien o algo es el primero, o el más grande o el más pequeño, o el más raro del universo. ¡La tienda de viajes más grande del mundo! Suena genial.

-¿Quieres que entremos?

-Claro.

¿Cómo resistirme a explorar un espacio que habitó el alma de uno de mis cines favoritos?

Es enorme, es magnífica, es un viaje en sí misma; la tienda. Hablo con todo el mundo que hay por allí. Elvira se ríe y sonríe. Hago un par de fotos y cuando salgo me siento encantado, feliz. Entre los viajes que proponen hay uno al Mercado de la Paz (en Mad Madrid, no en Bolivia) para tomar champán, por sólo 21 euros. Y también está África, Asia, Bolivia y por supuesto el Nueva York de los chinos, Gary Oldman y los funámbulos o funambulistas… pero sobre todo hay tanto aire, tanto espacio, tanta alma, que da la sensación de que nunca se han ido de la amplia cueva de ladrillo, hormigón, madera y cemento, los personajes que las visitaban desde las películas.

Nada me habría extrañado que hubiese habido una cámara filmando detrás de nosotros; probablemente la había; hoy las hay en todos sitios. “La tienda de viajes más grande del mundo”, podría ser el título de una buena y vieja y gloriosa película.

El Cid Campeador, don Rodrigo, fue capaz de seguir ganando batallas después de muerto; y el Cid Campeador, la sala de cine, parece también pretende estar a la altura del de Vivar.

No voy a escribir el nombre de la tienda, cualquiera puede resolver el enigma con la ayuda de Google. O dejándose llevar por las calles y avenidas del barrio de Salamanca, hasta que antes o después doble la buena esquina.

 

(Mecanografía: Dolores Frutos)

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