Óscar Hernández Campano (@oscarhercam), reconocido escritor de éxito en el mundo LGTB, sabe mucho de prejuicios y de cómo ganarles la partida. Su homosexualidad y discapacidad, la doble etiqueta que le ha puesto la sociedad, lejos de marcarle, le han servido para mostrar quién es y reivindicar que la autoestima y la diversidad son el mejor antídoto ante las ofuscaciones y las fobias de los demás. “Soy una persona, esa es la única etiqueta inamovible. Un recipiente que se llena de otros yoes como si de una muñeca rusa se tratara. Todo es complementario: la homosexualidad, la discapacidad, la creatividad, la empatía, la simpatía, la curiosidad, la reflexión, la furia, la crítica, la imaginación, el temor, los apetitos…, todo son partes del todo. Darle prioridad a algo es injusto”, explica.

Para conocer al hombre que se desprende de unas etiquetas y se pone las que le vienen en gana, “porque la vida nos convierte en las aguas del río que nunca son las mismas”, y recalcar el éxito de sus libros (El viaje de Marcos, Esclavos del destino o El guardián de los secretos, su último éxito), hablamos con él de tú a tú.


 

La sociedad se empeña en buscarnos una etiqueta para decir de dónde se viene y a dónde se puede ir con cada una de ellas. En tu caso en que se unen homosexualidad y discapacidad, ¿dónde te colocan esas etiquetas y dónde estás tú de verdad?

La verdad es que con el paso de los años voy convenciéndome cada vez más de que las etiquetas son una limitación que nos castra como personas. Puede que sea lo fácil o lo cómodo colocar a cada cual en un lugar, porque como humanos tememos lo que desconocemos. Sin embargo, justo en descubrir y explorar lo desconocido radica lo que nos hace humanos. Las etiquetas de homosexualidad y discapacidad referidas a mí suenan casi a oxímoron porque parece que los gays somos todos iguales, guapos y atléticos, pero la realidad es bien distinta. Ambas realidades forman parte de mi persona. Como otras muchas que acaban conformando quien soy. Mis libros acaban siendo un reflejo de esos cambios, donde las etiquetas van y vienen, no siempre por voluntad propia 

 

¿Sientes que la sociedad os invisibiliza doblemente? 

La sociedad que estamos construyendo entre todos asiste a una lucha que viene de lejos: los intereses individuales versus los intereses comunes. Y el sistema económico en el que vivimos está del lado de los intereses individuales. Por eso se fomenta la individualidad como valor y dogma. Eso implica el cuerpo perfecto, la mente más sagaz y el éxito sin escrúpulos. Todo se disfraza de placer y así tenemos el retrato robot de la persona ideal para la sociedad contemporánea. Una persona con discapacidad no encaja en ese molde. Pero como el molde es una falacia a mí no me afecta ya; antes sí. Y a mucha gente le sigue afectando. Porque la mayoría cree ese dogma a pies juntillas y desprecia a quien se aleja de ese canon de belleza. Entre los gays ese canon es religión. Pues un discapacitado es un hereje. Sin embargo, si algo nos caracteriza a las personas con discapacidad es que somos muy persistentes. Como nos caemos desde menos altura que los demás, nos cuesta menos tiempo y esfuerzo levantarnos y seguir luchando.

En cuanto a la homosexualidad, hoy en día está en boca de todos. Por fortuna se normaliza, se acepta cada vez más pese al rebrote de violencia y homofobia, que interpreto como una reacción agónica de la homofobia social, en vías de extinción.

 

¿Eres de hacer peinetas a los prejuicios?

Cada vez los ignoro más. No hay mejor desprecio que no hacer aprecio. Confieso que me cuesta porque siempre he sido un defensor de las causas minoritarias. Siempre me pongo de parte del débil. Odio profundamente la injusticia y eso me obliga a implicarme, sea mediante el asociacionismo, mediante la docencia o mediante la escritura. A las personas que tienen prejuicios les diría lo que dijo Joan Fuster: para ir por la vida, con dos o tres ideas preconcebidas basta. Todo lo demás es levantar muros de odio e incomprensión.

 

¿Tu silla de ruedas se convierte en dos alas perfectas que vuelan hacía la libertad cuando escribes?

Escribir me permite vivir otras vidas. Escribir me permite levantarme de la silla aunque también ser lo que quiera. Me permite visitar otros mundos y ponerme en la piel de otras personas. Escribir es plasmar en papel los sueños. Miguel, el protagonista de mi última novela, El guardián de los secretos, le confiesa precisamente eso a Enara, la enfermera que lo cuida: escribir le permitió vivir otras vidas.

La discapacidad es una actitud mental. Y mientras sea una condición física tiene derecho a existir y a que se hable de ella. No pretendo hacerla invisible. Al contrario, tengo intención de escribir una novela en la que una persona con discapacidad la protagonice. La literatura tiene que ser el ágora, el foro público en el que discutir y reflexionar sobre las preocupaciones que nos ocupan. Un libro debería dejar siempre huella en el lector. Si no lo hace, si se limita a distraer, no ha cumplido uno de sus objetivos. Con mis novelas y relatos aspiro a transmitir emociones y a que algo cambie en quien lee. Hasta ahora estoy contento porque me van llegando mensajes de lectores que me dicen precisamente eso, que tanto con “El viaje de Marcos” como con “El guardián de los secretos” y con mi libro de relatos “Cuando duermen los grillos” les pasa.

 

¿Qué falta para que la diversidad deje de ser una quimera?

La diversidad es una realidad. Lo que falta es no darle importancia. El mundo en el que vivimos es diverso y plural. Hay personas muy diferentes entre sí y sociedades variopintas. Sin embargo, el querer imponer una manera de ser, de sentir, de comportarse, provoca prejuicios y problemas de convivencia. La quimera es que se deje de reivindicar el derecho a existir. Manifestarse para poder ser es una paradoja y resulta triste que todavía sea así. La clave, desde mi punto de vista, es la educación. Y cuando digo educación me refiero a la de casa, a la que se aprende en la familia, en el vecindario. La escuela complementa, enseña otras cosas. Educado o maleducado se viene de casa. A respetar a los demás se enseña en casa; a ayudar a los demás se enseña en el hogar; a valorar a los demás por lo que son y no por su físico se aprende en el núcleo íntimo. Muy difícilmente la escuela revierte esos cimientos educativos que se traen de casa. Porque no enseñar a respetar es también educar: se llama maleducar.

 

¿Cuándo los sentimientos te desbordan nada mejor que escribir?

Escribir es reflexionar, racionalizar pero también sentir, amar, odiar, desear, temer y añorar. Escribir es atrapar los sentimientos, los pensamientos, los deseos y la imaginación e intentar hacer a los lectores partícipes de ese diálogo. Es un acto de exhibicionismo, es una confidencia, es un compartir ilimitado. Recibo mensajes, emails, desde lugares tan lejanos como Argentina, Siberia, Bélgica o Tailandia. Buceo en las redes y encuentro comentarios de personas a las que probablemente nunca conozca pero que hablan de mis novelas, que las han hecho suyas, que las imaginan como nunca lo había hecho yo. Es hermoso y vertiginoso al mismo tiempo.

 

Tus libros son referente a lo largo de 15 años en la cultura LGTB ¿Qué tienes de duende para llegar a tantos y tantas y seguir sorprendiendo?

Soy el primer sorprendido por la respuesta de los lectores. Mi novela El viaje de Marcos lleva ya tres ediciones en la editorial Egales en menos de un año, sumadas a las ocho

ediciones que se hicieron en la editorial que la sacó a la luz. Y sigue emocionando, sigue conquistando corazones. Se trabaja en los institutos. Me dijo un profesor de secundaria que lleva diez años trabajándola con sus alumnos que muchos le han dicho que después de leerla se han dado cuenta de que tenían actitudes homófobas y que querían cambiar, mejorar, respetar. Para mí es de lo mejor que me han dicho. El guardián de los secretos, que me costó mucho terminar de escribir y publicar, y que finalmente sacó a la luz Egales hace un año, está despertando emociones y reacciones que yo no podía imaginar. Lleva cuatro ediciones y sigue en forma. Además me satisface mucho que mis libros, con etiqueta de libros LGTB incluso, están llegando y conquistando a personas de todo tipo: hombres y mujeres -muchas además-, heterosexuales y homosexuales, más jóvenes y más mayores, y todo el mundo me dice que no sólo disfruta de la historia narrada, sino que se identifica con alguno de los personajes, con alguna de las situaciones y que la hace suya. En un club de lectura muchos de los asistentes que habían leído El guardián de los secretos me contaron que les había retrotraído a anécdotas e historias escuchadas a sus padres, ya fallecidos, de tiempos de la Guerra Civil. Es una novela que cuenta muchas historias y que confío en que seguirá conquistando corazones.

 

¿Te imaginas una sociedad sin letras? ¿A dónde llegaríamos?

Ya fuimos una sociedad sin letras. La escritura tiene unos cinco mil años. Se inventó por necesidad. Ese tiempo representa apenas el 4% de nuestra historia como especie. Antes también se contaban historias; se aprendían de memoria; pasaban de generación en generación, iban modificándose y actualizándose. Y antes aún se contaban a la tribu usando dibujos en la roca para ilustrarlas. La escritura fue una solución para solucionar los problemas de contabilidad de las sociedades del creciente fértil en Oriente Próximo. Y no creo que desaparezca, aunque la sociedad evoluciona y hoy asistimos al inicio de una civilización digital e interconectada que cada vez es menos letrada y más audiovisual. Quienes amamos los libros, la literatura y la escritura observamos con cierta preocupación esta evolución. Se seguirán contando historias, el cine lleva un siglo haciéndolo y el teatro miles de años, pero no sé si se podrá filosofar, hacer un análisis de algún tema o reflexionar sobre esa misma evolución histórica sin la escritura. Puede que leer y escribir acaben siendo artes minoritarias, saberes para una élite o reliquias en un museo virtual.

 

¿Eres quien siempre quisiste ser? 

Nunca tuve una imagen propia de mi yo futuro. La verdad es que siempre he ido por la vida con actitud de explorador. He avanzado, eso sí. Esa es mi constante: avanzar, seguir adelante. Goethe dijo: la vida está por delante para seguir adelante. Pararse, rendirse, darse por vencido no es mi forma de afrontar la vida. Siempre he seguido adelante y los obstáculos me han motivado. Y siempre con curiosidad. Me gusta ver las cosas por mí mismo y quedarme hasta el final. Soy el resultado de esa actitud, de seguir, de luchar, de empeñarme en lograr metas. Aunque es un resultado provisional porque continuo adelante, aprendiendo y cambiando mientras haya vida para ser vivida.

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Es periodista, editora en @lideditorial y responsable de Comunicación y RR.PP de @juanmerodio. Además es Máster en Producción Radiofónica (RNE), Biblioteconomía y Documentación (Universidad Complutense) así como Mujer y Liderazgo (Aliter). Fue becaria Erasmus y Leonardo en Roma. Ha desarrollado su carrera durante 25 años a caballo entre el periodismo, la comunicación, la organización y presentación de eventos. Colabora con El Español, 20 minutos y Diario 16. Es madre de dos hijos y cree que el liderazgo y la defensa de los derechos y los valores sociales, en especial los de las mujeres, han de partir de uno mismo.

3 Comentarios

  1. Pues yo soy homosexual oyente y voluntario en una Asociación de personas sordas de Jaén. Y es lo mejor que me ha pasado en la vida

  2. Pues yo soy homosexual oyente y voluntario en una Asociación de personas sordas de Jaén. Y es lo mejor que me ha pasado en la vida

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