Mina de potasa y sal de Ayljaq (Irán). Fuente: httpiranpotash.ir

La potasa es conocida por ser uno de los fertilizantes más empleados, junto al nitrógeno y el fósforo, en la agricultura. Pese a que su existencia geológica se remonta a hace millones de años su “descubrimiento” tiene lugar, a mediados de siglo XIX, en una mina de sal de Alemania. Desde entonces y, sobre todo, para globalización económica actual, la potasa se ha convertido en uno de los elementos estratégicos clave para el futuro de la agroindustria.

 

Un origen común

Esta historia compartida tiene su origen en la formación de la que podríamos aventurarnos en denominar, de forma poética, “roca originaria” o, desde el argot rigurosamente científico, silvinita.

Como ya sabemos, el aprovechamiento humano del agua de los mares y océanos para la obtención de sal (ya sea nativus o facticius), posee una larga tradición que, sin lugar a dudas, se puede remontar al origen mismo de nuestra especie. La dependencia hacia estas aguas fue (y es) muy intensa y, tras siglos de trabajo e investigación, el ser humano llegó a identificar en ellas, aunque en bajas concentraciones, casi todos los elementos conocidos.

De esta forma, y con el hándicap antes mencionado de su reducida presencia, el agua de mar posee elementos básicos y fundamentales para el desarrollo actual de la economía, tales como: cloruro de magnesio, cloruro de calcio, bromuro de sodio, floruro de sodio o cloruro de potasio.

En el caso que nos interesa, el del cloruro de potasio o potasa, ésta se encuentra disuelta en el agua en unas concentraciones (0,39-0,7g/l) que, a diferencia de las sal común (24-34 g/l), hace poco rentable su cosecha. No obstante, la naturaleza y el tiempo, nos ha dado la posibilidad de acceder a ella en concentraciones mucho más altas y aprovechables, eso sí, en forma de roca (silvina o silvita), y en combinación con la halita para formar la conocida silvinita.

Esta roca sedimentaria, de origen evaporítico, se forma tras un largo y prolongado proceso de desecación e inundación de lagos o mares que, debido a la intensa actividad geológica de la tierra, quedan encerrados en el interior continental y, posteriormente, sepultados bajo tierra por la aportación de sedimentos próximos.

El resultado de este proceso geológico es el de la constitución de una roca compuesta esencialmente por vetas de halita, de donde obtenemos la sal común, y silvina o silvita, conocida también como potasa. Posteriormente, y asociada a la silvina, se descubriría la carnalita, un mineral que también contiene cloruro potásico.

Muestra de Silvinita. Fuente: geologia.udg.edu

 

Descubrimiento, explotación y control

Pese a que, como hemos explicado, el origen es común y comparten centros de explotación, no en todas las partes del mundo donde hay halita podemos encontrar silvita. Para ello es fundamental tener en cuenta la escasa presencia del cloruro de potasio en el agua de mar, la antigüedad y tamaño del yacimiento en cuestión, así como el contenido y concentración de elementos en esos mares de antaño.

Todas estas variables hacen que el mapa mundial donde podamos encontrar potasa, en cantidades rentables para su explotación, se reduzca a territorios donde las propiedades del mismo y la actividad geológica han dado lugar a importantes yacimientos de silvinita (Alemania, Argentina, Catalunya, China, EUA, Francia, Irán, Israel o Rusia).

Fue en uno de estos territorios, concretamente en la mina de sal alemana de Stassfurt en 1851, cuando se produjo la identificación y posterior descubrimiento de las propiedades de la potasa. A partir de entonces la sal y la potasa comenzaron a extraerse de forma conjunta pasando a ser, esta última, uno de los elementos más atesorados por los Estados y compañías.

La potasa fue rápidamente monopolizada a través de la constitución de cártel alemán conocido como “Kalisyndicat”. Esta asociación era la que, como controladora a nivel mundial de la misma, fijaba anualmente la producción y precio. De esta forma, el Kalisyndicat, pronto se convirtió en una institución transcendental para la economía como lo es la OPEP en nuestros días.

Pero el monopolio alemán fue roto de tres formas bien distintas. La primera de ellas mediante el descubrimiento de nuevas vetas de silvita en otras minas de sal, como ocurrió en 1912 en Súria (Catalunya), dando lugar a la conocida “fiebre” de la potasa en la zona. La segunda sería a través de recuperación de los yacimientos de Alsacia (zona minera por excelencia), por parte de Francia al término de la primera guerra mundial.

En último lugar, a través de la colonización de territorios potencialmente explotables como el Mar Muerto en Palestina. En este caso, la incursión inicialmente empresarial de 1923, apoyada por el movimiento político sionista y Gran Bretaña, se instaló en forma de compañía y, posteriormente, para indignación de muchos y sufrimiento del pueblo palestino, se consolidó en forma de Estado. Un caso que bien merece un estudio a parte.

Minas de Suria años 20. Fuente: iberpotash.

 

Producción y aplicaciones

La producción mundial de potasa se mide en toneladas equivalentes de óxido de potasio, ascendiendo a una cantidad de 35 millones de T/año. El Estado que mayor cantidad produce es Canadá con 8,9 millones de T/año y, como no podía ser de otra forma, cuenta con la mayor reserva mundial de potasa. La PotashCorp, que opera en territorio canadiense y forma parte del grupo Canpotex (quién junto con BPC fijaban hasta hace poco la producción y precios del mercado), es la primera productora mundial.

El principal consumidor de potasa, con algo más del 90%, corresponde al sector agroindustrial. La aplicación como fertilizantes es fundamental para garantizar la regulación de la absorción de dióxido de carbono y el agua; la síntesis de proteínas y almidón; así como la activación de las enzimas que intervienen en el crecimiento. De esta forma el sector se garantiza, sin contemplar posibles agotamientos de suelos o impactos medioambientales en el territorio, una producción constante, estable y rentable.

La potasa también se emplea como complemento alimenticio para animales, en la fabricación de cerámicas, jabones y vidrios, el sector electroquímico, la obtención de potasa caústica (herbicidas, medicamentos y pilas), y carbonato de potasio (tubos de televisión, polvos para extinguidores de incendios, tintes y pigmentos).

Para concluir hay que aclarar que, si bien nuestro organismo necesita potasio para su buen funcionar (movimiento muscular, equilibrio osmótico entre las células o la participación en la transmisión de impulsos nerviosos), la ingesta del mismo no la hacemos de forma directa a través de la potasa como, sin embargo, si lo hacemos con la sal común. En este caso, obtenemos los 2g de potasio diario a través del consumo de alimentos (tubérculos, hortalizas, frutas y leche).

 

Esencial para el presente y el futuro de la economía mundial

Las expectativas del sector agroalimentario para el futuro siglo es el de incrementar la producción a través de la mejora de los rendimientos del suelo. En ese sentido, la potasa, juega un papel esencial en el mantenimiento de la fertilidad de las tierras de cultivo ya agotadas y sobreexplotadas pues, no solo se corrige el déficit, sino que también se incrementa la productividad.

Bajo la tendencia actual y, con unas perspectivas de progreso indefinido (el maldito mito del capitalismo), la extracción y comercialización de la potasa se verá necesariamente incrementada, convirtiendo así a este compuesto en uno de los más cotizados del mercado no solo por el incremento de su demanda, sino porque, como ya saben los expertos, sus reservas son limitadas.

En ese sentido, controlar los territorios con reservas e incrementar su explotación serán, por tanto, uno de los retos del futuro geopolítico y económico mundial que ya se está haciendo visible (BHP y el proyecto Jensen en Saskatchewan).

Y es que, a estas alturas de la globalización alimentaria, donde el discurso de la postmodernidad se ha consolidado como ideología dominante, el principal peligro para el sector ya no es que sigamos mostrando todas sus contradicciones y riesgos para la salud y el medio ambiente, sino que el ritmo productivo y las altas tasas de rentabilidad de la agroindustria se vean mermados.

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