Escribía Jorge Luis Borges sobre la existencia de una tribu cuyos miembros sólo sabían contar hasta cuatro con los dedos y para los cuales, por ello, el dedo pulgar era el infinito. Todo puede ser muy pequeño y mediocre si carecemos de horizonte, ya que como nos advertía Ortega, sólo es posible avanzar cuando se mira lejos,  así como sólo cabe progresar cuando se piensa en grande. La vida pública española  corre el peligro de enfrentar a problemas graves una ignara frivolidad que favorece ese plebeyismo orteguiano como consecuencia de la democracia morbosa. Plebeyismo en cuanto a la carencia de altura de miras, de principios, de la política concebida como un impulso ético encaminado al bienestar colectivo.

Los regímenes políticos en España han sido tradicionalmente y en exceso paréntesis que se extendían formando una discontinuidad histórica propensa a que desde el diagnóstico de Napoleón sobre una España gobernada por curas y caciques, los equilibrios de poder se hayan perpetuado entre la rigidez autoritaria y el orden impuesto por los intereses de las minorías organizadas. Volviendo a Ortega, el metafísico madrileño decía que la legitimidad es la fuerza consagrada por un principio, de lo cual también se colige que cuando los principios son sustituidos por la estrategia de la ambigüedad y la confusión que supone el fraude político de ocultar los propósitos y atrincherarse en la impostura al objeto de imponer lo que Alain Touraine denomina el silencio de las víctimas, el poder pretende legitimizarse a sí mismo por el simple hecho de serlo.

Por todo ello, así como el pensamiento occidental está marcado por un equívoco  del lenguaje, según el filósofo Jacques Derrida, la política, como relato y como praxis, no puede ser por más tiempo en España el espectáculo de lo reticente. El agotamiento del sistema, del Estado postfranquista de la transición, le hace incapaz de trascender a sus propias contradicciones, donde más allá de la exigencia  de univocidad ideológica y conceptual en los actores políticos, sólo existe la anatematización descalificadora cuando no injuriosa por parte de una derecha que pretende la hegemonía totalitaria del relato político contra quien apela a una mirada distinta. La corrupción estructural y sistémica, la ruptura del pacto social por unas élites extractivas que bogan por un ecosistema político ad hoc a sus intereses minoritarios, la depauperación de las clases populares, la degradación del trabajo con salarios por debajo del nivel de subsistencia, la grosera manipulación y utilización política de la justicia, los intentos por parte del Partido Popular de creación de una policía político-social para acosar a los adversarios políticos, la unilateralidad ante el problema catalán componen un daguerrotipo de descomposición institucional y ética cuyo nivel de miseria pública hace imposible cualquier tipo de tímida regeneración.

Es por tanto, la oportunidad histórica para que la izquierda plantee una auténtica alternativa de profundización democrática, reforma del Estado y la Constitución al objeto de que, desde una política constituyente, se sobresanen los desequilibrios institucionales, se contemple una nueva redistribución democrática y social del poder estatal para que junto a la expresión normativa de la realidad identitaria y constitutiva nacional, se disipen los desarreglos de un régimen político que ahorma al país para imponerle un tiempo destinado a pasar.

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