Vivimos tiempos de zozobra moral, tiempos de inseguridad espiritual, tiempos de relativismo intelectual en los que el asidero de valores y principios que ha regido la vida de todas las sociedades pre y post industriales ha quedado desmembrado por la particular acción humana, tendente a descabezar cualquier movimiento de fe con el único propósito de crear dioses en la tierra, divinidades con ínfulas de poder que travisten con enseñanzas perniciosas las necesidades vitales de la ciudadanía.

En esta suerte de nihilismo milenial, donde se confunde la rebelión con la osadía y la participación con el activismo, los partidos políticos sirven de espejo a una sociedad desacostumbrada a ser protagonista de un momento que excede la crítica pasiva de salón y televisión. Esta se llena de obviedades sin fundamento y reacción sin razón, para alimentar el share ególatra de unos cuantos.

Así, hemos cambiado la fe en referentes salvíficos que hacían llevaderos ciertos pesares vitales, a adorar a dioses civiles travestidos de mesías circundados y ungidos por la irracional e irreflexiva masa. Europa es, actualmente, el sumidero por el que descarrilan los valores tradicionales que dieron forma al continente durante siglos. Y España es su recipiente de desafectos. Nuestro país es, ahora, paradigma de sociedad desnortada, desnaturalizada y descafeinada de referentes espirituales. La juventud vive aprisionada por la apabullante retórica anticristiana y anticatólica que sacude los cimientos de una civilización acostumbrada a la siembra y cultivo de esos valores hoy proscritos. Y los “príncipes apóstoles” responsables de institucionalizar la falacia laica anticristiana en nuestro país se cobijan en las faldas de ese pastor que les guió en su momento, cuando en 2004, instauró una subversión educativa que falsificaba las conciencias con cincel y esmalte progresista. Ese pastor, que fue presidente, encarna como nadie la antítesis de valores y doctrinas que transmite la Iglesia Católica. Eso explica su política, que hoy otros quieren continuar, como adalides de la redención del dios civil, hoy encarnado en mesías contrarrevolucionario.

Y es que la secularización de las mentes y el relativismo moral que impera como principio rector de las sociedades europeas es la principal preocupación de nuestro tiempo, como ya expresara hace años Benedicto XVI, en su intento por atenazar los núcleos de ateismo militante del viejo continente, con un 60% de sus ciudadanos ajenos a cualquier profesión de fe (República Checa y Estonia a la cabeza de desafectos). Pero en España, el análisis se torna preocupante, pues la deriva sociopolítica de los últimos años, el acoso y derribo de la cuestión cristiano-católica (capillas asaltadas mediante) debe ser contrarrestado con una eficaz acción cultural, educativa y comunicativa. Sólo así los argumentos utilizados por quienes intentan socavar el paradigma occidental de tolerancia, convivencia y profesión de caridad con el prójimo, quedarán solapados por el triunfo de la verdad y la razón, abrazadas a una historia común, una base cultural y educativa común y un ejercicio de libre elección común: la cristiana-católica.

En el terreno cultural, frente a quienes invocan el anacronismo de una fe y una religión, es preciso presentarles la adhesión mayoritaria de la ciudadanía española (un 70% se declara católica), el referente al que acude el individuo en momentos difíciles (los últimos estudios apuntan a la familia y al soporte espiritual como los principales asideros físicos y mentales de quienes atraviesan un bache personal) y la ingente acción social de una institución movida por los valores universales de ayuda y amor al prójimo. En el educativo, es preciso dar la batalla ideológica frente a quienes suben al altar laico de las aulas los patrones relativistas que tanto daño han hecho a las sociedades contemporáneas. Es preciso recuperar principios inquebrantables en nuestra educación como compromiso, esfuerzo, superación, razón y verdad, conceptos en los que la fe actuaba como argamasa entre sociedad civil e Iglesia Católica. Por último, el terreno comunicativo, quizá, el más importante y decisivo en la actual coyuntura mediática española y europea. Porque no hay nada más moderno, revolucionario, pasional y fraterno que el mensaje cristiano de amor y respeto.

La retórica anticristiana en general, anticatólica en particular, inunda periódicamente los hogares patrios, acostumbrados ya a un mensaje definido: los dioses, al igual que las banderas, atan las conciencias. Una máxima falaz, difundida desde altavoces afectos al becerro de oro, que han convertido la radicalidad, el enfrentamiento entre semejantes y la imposición y la demagogia, en su modus operandi político. Es necesario explicar, detallar y comunicar a la sociedad las vidas salvadas por la acción espiritual y misionera de la Iglesia, la labor de paz y concordia que difunde en cada lugar del mundo donde está –o le dejan estar- instalada. Para que, de esta forma, la ignorancia, principal sedimento sobre el que asientan los políticos su consigna cotidiana, deje paso al conocimiento compartido y la realización cultural y espiritual. Y para que la juventud, sobre todo la juventud, atrevida e ignorante, deje de entregar su permeable conciencia al que gobierna, exigiendo como única moneda de cambio la felicidad virtual. Porque con ello se estará adorando a falsos dioses terrenales, paradigma de sociedades sin alma.

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