La crisis económica no sólo se ha llevado por delante las estructuras sobre las que se habían sostenido desde el fin de la II Guerra Mundial la política, la economía y las sociedades occidentales. También se ha llevado por delante la dignidad. Como ya he apuntado en más de una ocasión, la gestión que se ha hecho de dicha crisis ha generado más problemas que soluciones para la ciudadanía de a pie, para las clases trabajadoras tanto de rentas medias como de rentas bajas. Ante estos retos que se planteaban los partidos políticos tradicionales (conservadores y socialdemócratas), las instituciones supranacionales, los Estados y las clases dirigentes plantearon un camino erróneo que se basaba en cuadrar las cifras macroeconómicas con la esperanza de que se produjera un «efecto cascada» que trajera como consecuencia que la recuperación de los valores macroeconómicos se vería reflejada en la microeconomía. No obstante, y como todos ustedes saben, la realidad ha sido otra y lo que ha ocurrido es que la desigualdad se ha incrementado, los ricos son más ricos, el número de millonarios se ha acrecentado en unos niveles casi obscenos. El Estado del Bienestar ha sufrido una depauperización que lo dejó en mínimos para que los defensores de su eliminación pudieran justificar su existencia aunque fuera en precario. Las condiciones laborales y los derechos de los trabajadores se han visto afectadas con reformas que beneficiaban claramente a los empresarios con una respuesta casi nula por parte de las centrales sindicales quienes, salvo gloriosas excepciones como la de los sindicatos franceses, se limitaron a concentraciones, a dar discursos y a poca acción en la calle. El paro se incrementó, sobre todo en el sur de Europa, y los salarios se pusieron a niveles de los años ochenta del siglo XX.

Ante esta situación los partidos políticos tradicionales no han sabido, ni saben, dar soluciones a la ciudadanía o son una parte del problema por complicidad. Por un lado, los conservadores y los liberales han aprovechado para imponer su ideología económica basada en la destrucción de la protección del Estado hacia los ciudadanos y la depauperización de los servicios sociales que finalice en privatizaciones. Hay que tener en cuenta que estos partidos defienden que la ciudadanía no tiene que pagar apenas impuestos y que los servicios fundamentales debe costeárselos cada cual según sus posibilidades, lo que genera una sociedad clasista y desigual, tal y como se está quedando el mundo occidental tras la crisis. Los partidos conservadores y liberales han sido los que han apostado y han implementado las políticas de austeridad fanática para reducir el gasto público y, por tanto, recortando los fondos dedicados por los Estados a mantener sus políticas sociales.

Por otro lado, los partidos socialdemócratas han demostrado su ineficacia para dar soluciones a quienes deberían ser su preferencia, tanto en el gobierno como en la oposición. Ante el cambio del ciclo económico y político hacia las posiciones más conservadoras y liberales la socialdemocracia ha fracasado tanto desde un punto de vista político como de ser una opción para solucionar los problemas de los ciudadanos. El punto fuerte de la socialdemocracia ha sido la implementación de políticas efectivas para la redistribución de la riqueza que potenciaran el Estado del Bienestar. Sin embargo, desde el año 2007 han sido incapaces de generar soluciones para lo que desde los centros de poder económico se estaba pergeñando. Para generar más desapego por parte de la ciudadanía lo que se intentó fue visto por ésta como una traición hacia los de abajo, hacia los que deberían ser la prioridad. Ejemplos los hay en todos los países occidentales. Los años en el poder de los socialdemócratas es otra de las causas de ese desapego puesto que han dejado de pensar en el pueblo por tener lo que ellos llaman «visión de Estado». El estar en el poder provoca que los políticos estén día sí y día también junto a los representantes del establishment y siempre llega un momento en el que los intereses de esas élites son confundidas con los intereses del país.

Conservadores causantes de la depresión económica, y socialdemócratas incapaces han logrado que las víctimas de la crisis busquen una solución en otras opciones políticas. La desesperación hace que el entendimiento se desvirtúe en la búsqueda de lo que se necesita. Un ejemplo lo tuvimos en las elecciones de noviembre de 2011 en España: la presentación del programa falso del PP en el que prácticamente se aseguraba que cada papeleta encabezada por Rajoy era un contrato de trabajo hizo que muchos desesperados les votaran y les dieran una mayoría absoluta. Sin embargo, la tónica en Europa es otra. Las víctimas de la crisis están encontrando salida en poner sus esperanzas en partidos que ofrecen precisamente lo que la gente está esperando oír y que le ofrezcan, es decir, en los populismos.

El problema es que en la gran mayoría de los países esos populismos son de extrema derecha, herederos del fascismo/nazismo de la década de los treinta del siglo XX. Hagamos un viaje en la máquina de George Wells y situémonos en la Europa post crack del 29. Nos encontramos con un continente en el que la gran mayoría de los países está sufriendo las consecuencias de la depresión económica y de la posguerra de la I Guerra Mundial, donde existía un empobrecimiento de las clases trabajadoras y donde surgieron partidos políticos de corte populista con mensajes de nacionalismo exaltado que empiezan a calar entre las clases populares. En Italia nació el Partido Nacional Fascista de Benito Mussolini. En Alemania se creó el Partido Nacional Socialista de Adolf Hitler. En España nació Falange Española de José Antonio Primo de Rivera. Estos partidos envolvieron sus intenciones de crear regímenes autoritarios y personalistas con un telón de mensaje social y de apoyo a las necesidades de los más necesitados. Es decir, aprovecharon la desesperación de la gente por las consecuencias del crack del 29 y, en el caso de Alemania, de lo firmado en el Tratado de Versalles, para alcanzar el poder. Todo el mundo conoce lo que ocurrió y a lo que llevó su ideología.

En la actualidad estamos viendo cómo los partidos de corte ultra, con ideologías que incluyen la xenofobia, la homofobia y el odio a las instituciones democráticas. Al igual que en los años treinta las organizaciones de ultraderecha basan su mensaje en una serie de ítems incoherentes y llenos de banalidades que provocan que cada cual interprete esos mensajes de un modo que se adapta perfectamente a sus necesidades, independientemente de la complejidad de las mismas o de que esa interpretación sea totalmente diferente a la que tenga otro ciudadano. Quiero recordar una frase pronunciada por el doctor Albert Speer durante los juicios de Núremberg que resume este pensamiento anterior: «El nazismo creció sobre la base de una serie de ideas banales y sin contenido que lo hacían atractivo porque a cada cual le solucionaban sus problemas. Un empresario tenía necesidades, un potentado tenía las suyas, un obrero de la construcción tenía las suyas, un lisiado de la guerra tenía las suyas y para todas ellas Hitler daba solución con su programa, es decir, contentaba y daba esperanzas a todos por igual, cosa que la lógica nos dice que es imposible». Eso es lo que están haciendo los partidos de la ultraderecha, grandes promesas pero que esconden un modo de entender la política y la sociedad basado en el autoritarismo y en el desprecio del escenario democrático.

Otro de los aspectos que caracteriza a estas organizaciones que tanto están creciendo sobre todo en el centro y en el norte de Europa es la búsqueda de un enemigo contra el que hay que combatir porque es el causante de todos los problemas que están sufriendo los ciudadanos. En cada país es uno distinto pero, en general, suelen ser ajenos al país, suelen venir de fuera, lo que incrementa su atractivo por su mensaje de nacionalismo exacerbado. En los años treinta el enemigo era el comunismo. Ahora son las instituciones europeas, el Islam (no el terrorismo islamista, sino todo el mundo islámico) o los refugiados. Utilizan el miedo a esos presuntos enemigos para que la gente los sienta como una amenaza real a su bienestar.

Estamos contemplando cómo los países de la antigua órbita soviética están gobernados por partidos y personajes ultras. Del mismo modo, en países de clara tradición democrática como Francia, Alemania o el Reino Unido las organizaciones de ultraderecha están en condiciones de hacerse con el gobierno o han logrado sus objetivos por mucho que esa consecución sea contraria a los intereses del país que dicen defender, tal y como hemos visto con el Brexit.

El verdadero peligro son esas organizaciones porque esta situación ya se vivió y todos sabemos lo que ocurrió. Los partidos tradicionales no están sabiendo lidiar y están buscando soluciones equivocadas. Por un lado, los partidos conservadores se van radicalizando para luchar en la misma arena que los ultras. Por otro lado, los socialdemócratas siguen en su limbo. Las décadas del poder hacen que las estrategias políticas tanto de los conservadores como de los socialdemócratas sean equivocadas porque parten de un diagnóstico erróneo de lo que están reclamando los ciudadanos, un diagnóstico que los populistas de ultraderecha sí que han encontrado. No es normal que en un país como Alemania, que vivió el nazismo y sus consecuencias, el pueblo esté derivando sus apoyos electorales hacia la extrema derecha.

No me puedo olvidarme de la figura de Donald Trump. El ascenso de este personaje es el mejor ejemplo de cómo los populismos de ultraderecha están ascendiendo por culpa de la ineficacia de las políticas de los partidos tradicionales o, en este caso, de la racionalidad del partido republicano. En Estados Unidos hay un sector de la población, sobre todo en los estados del sur, que son muy radicales pero, hasta ahora, esos sectores ultras quedaban solapados por la mínima coherencia pragmática. Sin embargo, Donald Trump ha presentado a los enemigos del país y que para acabar con ellos, sean los que sean y vengan de donde vengan, es necesaria la mano dura, ya sea con la inmigración ilegal procedente de Latinoamérica, ya sea con los refugiados, ya sea con las políticas sociales de Obama, ya sea con el Islam, ya sea con la política exterior. Ante estos presuntos enemigos del país Trump propone levantar muros o hacer una política exterior basada en meter miedo a todo el mundo utilizando, si fuera necesario, el armamento nuclear.

El ascenso del fascismo es el verdadero enemigo de la Humanidad porque si, de un modo u otro, logran hacerse con el poder las consecuencias pueden ser las mismas que en los años treinta del siglo XX. Los partidos tradicionales son los que lo pueden frenar, sobre todo los socialdemócratas. Para ello es necesario que se vuelvan a las esencias, por un lado, olvidarse del establishment y pensar más en los ciudadanos y, por otro, renovarse para poder ser efectivos frente a los nuevos escenarios que la revolución tecnológica ha creado. Sin embargo, estos partidos socialdemócratas están en manos de líderes de la vieja guardia o de jóvenes que asumen como válidos los errores cometidos en el pasado. Mientras la socialdemocracia no haga esto, el fascismo se seguirá nutriendo de los apoyos de quienes, en teoría, deberían ser fieles a los postulados socialdemócratas. Lo que está demostrando aquélla es que está tan descolocada que no podrá reaccionar. Por eso, por esa incapacidad de reacción, el fascismo sigue aumentando sus apoyos. Tendremos que apretar el culo y prepararnos para lo peor.

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