Artur Mas es un personaje extraño, que necesita el apoyo de las masas, verse en loor de multitudes, pero indudablemente no es un buen estratega, sólo hace falta repasar su historial como dirigente para comprobarlo.

En las elecciones catalanas de 2006 ganadas por Artur Mas al frente de CiU, sus 48 escaños no fueron suficientes para gobernar al ser superados por los 70 diputados del tripartito de izquierdas (PSC, ERC, ECV-EUiA), que formó gobierno con el socialista José Montilla a la cabeza. La mala gestión unida a la problemática del Estatut, tuvo como consecuencia que en las siguientes elecciones, las de 2010, CiU con Mas a la cabeza, obtuviera un gran resultado: sus 62 diputados le dieron la posibilidad de formar gobierno al superar los 48 obtenidos por el tripartito.

Es fácil deducir que a Mas se le subiera el triunfo a la cabeza, pensó que volvían los tiempos de Pujol y que Cataluña se había rendido a sus pies y que si se convertía y se montaba en el carro de la independencia podría mejorar aún más sus resultados. Su endiosamiento, unido a una altísima participación popular en la Diada de 2011, le llevó a convocar elecciones anticipadas para 2012 con la seguridad de que las ganaría por goleada.

Pero su gozo en un pozo, porque de 62 diputados bajó a 50, mientras que ERC, su competidor directo en el liderazgo en la batalla por la independencia subió de 10 a 21 escaños, amenazando su posición casi hegemónica. El gobierno que formó en solitario, debido a su debilidad, hizo que tuviera que disolver de nuevo las cortes y convocar las elecciones de 2015, aunque esta vez encabezando la candidatura de JxSí, en la que participaba, también, además de ERC, asociaciones ciudadanas. Lo malo es que ni con este formato pudo obtener la mayoría absoluta en estas elecciones consideradas por él como plebiscitarias.

Y aquí comenzaron sus males, para mantener su lucha por la independencia tuvo que pactar con los autodenominados antisistema de la CUP, que lo llevaron a la presidencia, para luego hacerle dimitir y dejar el gobierno en manos de otro de los suyos, Carles Puigdemont.

En estos momentos, debido a la tozudez de JxSí y a la actitud antidialogante del PP de Rajoy, Cataluña camina hacia un choque entre los primeros, que quieren convocar un referéndum unilateral que sea el paso previo para la desconexión de Cataluña de España, y los segundos que defienden la legalidad vigente.

En este contexto, lo que resulta chocante es que ERC, que tendría que ser la máxima impulsora del proceso, con Oriol Junqueras a la cabeza, está ocupando una discreta segunda posición, mientras que los partidarios de Mas-Puigdemont son los que están al frente y los que están acudiendo a los tribunales de justicia con el riesgo de quedar inhabilitados.

Todo lo anterior me lleva a pensar que no habrá referéndum pero sí nuevas elecciones en las que los dos partidos que componen JxSí irán esta vez por separado, y dado que las encuestas vaticinan un desplome de PDEcat (la antigua CiU y luego CDC), mientras que ERC está al alza, es más que probable que el nuevo presidente sea Junqueras. El que Puigdemont haya anunciado que no piensa repetir como candidato y que Mas está deseando volver, son indicios de que la burbuja catalana reventaría en ese momento.

Y mientras tanto, Cataluña sigue ahí, sus gentes también con sus problemas en segundo plano ante el proceso secesionista. Y me pregunto, ¿merece la pena este esfuerzo en una España deprimida, una Europa a la que se le caen día a día los valores de solidaridad, justicia, libertad, igualdad, etc., y con un Donald Trump dispuesto a destrozar los frágiles equilibrios mundiales? Creo que no.

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