La Política, que durante décadas dejó de interesar al público mayoritario, se ha puesto de moda en los canales televisivos, copando las mañanas de los magazines y el Prime Time de programas diseñados expresamente para saciar su demanda. Curiosamente en franjas horarias que, en muchos de los casos, pertenecían a programas sobre famoseo y prensa rosa.

¡Milagro, a la opinión pública ya le interesan más las noticias que el chisme!, ¿en qué hemos cambiado…?

El repentino interés, no se equivoquen, no implica necesariamente que la instrucción política y que los conocimientos de la opinión pública sobre los asuntos políticos hayan aumentado en concordancia al incremento de su consumo. Más bien certifica su desconocimiento y la necesidad perentoria de que alguien los oriente tras décadas de desinterés y olvido, en los que lo político se redujo a votar a una de dos opciones, una vez cada cuatro años.

La lejana vehemencia, implicación social y cultura política que la juventud nacida en los años de la dictadura había exhibido durante la transición, murió poco a poco. Las generaciones que sucedieron al baby boom español, tras los años 70´s y la consolidación de la democracia, demostraron que, evidentemente, no es lo mismo luchar por tus derechos que darlos por sentado; menos aún si de interés, aprecio y conocimiento sobre el tema, hablamos.

La desmemoria fue ayudada sin duda, por ese afán de olvido y reconciliación que guio a La Transición española. Tendencia que obvió, en muchas familias, la necesaria transmisión a los hijos del fatigoso recuerdo por las décadas sufridas bajo la dictadura, y, en las instituciones educativas, el laxo estudio de la Guerra Civil por parte de las nuevas generaciones. Haciendo del drama pasado un temario opcional, casi del que era mejor pasar de puntillas, en lugar de un área primordial; para tal y como dice el dicho, no olvidar el pasado para no volver a repetirlo y así poder cimentar un mejor futuro.

La falta de conocimiento se convierte entonces en la oportunidad que los poderes y sus voceros instrumentalizan para guiar opiniones, aumentar su influencia y simplificar la realidad para, igual que un publicista, orientar la opinión pública hacia sus postulados, haciendo que cuanto más simples y cargados de emocionalidad sean, más éxito tengan.

La polarización social, versificada cada día con el llamado “desafío soberanista” catalán, muestra a las claras la estrechez de miras y actitudes, no sólo de la clase política sino de los medios de comunicación. La vieja y amarillista técnica del debate televisivo que para dirimir una cuestión focaliza los extremos, para así eliminar de un plumazo los innumerables puntos de vista, parece haber desertizado cualquier posibilidad de profundizar en el análisis, las causas y las verdaderas intenciones que se ocultan tras el poder y las consignas políticas. Edificando el único y simplista mensaje de: “o estás conmigo o contra mí…”

La casualidad no existe en estos procesos, quizá la complejidad haga que ésta sea la hipótesis más plausible que se pudiera aducir, escudada en el subterfugio de que el público lo demanda; pero no es accidental e inocuo que en los programas de actualidad política aparezcan siempre los mismos. Cuasi como un remedo de los portavoces de los diferentes partidos políticos, con capacidades de análisis y posturas adscritas y delimitadas por la línea editorial de los medios que representan, los periodistas terminan convirtiéndose en un representante más de alguno de esos dos polos; a pesar, en muchos casos, de ellos mismos.

La reiterada presencia de los mismos les alimenta el ego, los convierte en famosos por sí solos y los convierte en opciones cerradas con las que el público debe identificarse. Un patrón que lleva años desarrollándose en los programas que abordan la actualidad del mundo rosa y del famoseo, y que tanto éxito ha tenido en la trasposición de la fórmula a las tertulias y debates del mundo del fútbol, donde el sentimiento avasalla a la razón. Igual que en las contiendas políticas de los magazines de debate y actualidad, sólo que al tratar el tema de “lo político”, parece que no nos damos cuenta.

Hubo un tiempo, en una España que sólo tenía dos canales públicos de televisión, en el que se podían escuchar más variados y divergentes puntos de vista que ahora. La Clave, fue un programa paradigmático de la ingenua disparidad de entonces, frente a la estudiada fórmula del ahora. El visionado de una película era el pretexto para abordar un tema, y en la diversidad de unos invitados que rara vez repetían (políticos, escritores, actores, diplomáticos, profesores, economistas, científicos, periodistas, sindicalistas, pintores..) se escuchaban opiniones doctas y únicas, vehementes y acaloradas, pero que en su cortesía, generalmente exquisita, eran difíciles de encuadrar en simples consignas de partido o líneas editoriales que parecieran hablar de únicamente dos posibilidades; como ahora desgraciadamente ocurre. Sin duda la libertad y el diálogo que reinaban en aquellos programas, se echan en falta ahora.

Se dice, que la televisión le da al público, nada más que lo que la audiencia le demanda. Aunque también es cierto, que sólo la televisión decide el contenido y el qué, de aquello que se ofrece. Pero, sin temor a errar, como cualquier otro elemento del conjunto que forma una sociedad, refleja aquello en lo que nos hemos convertido.

Hubo un tiempo, en una España que acababa de salir de una dictadura, en que el hacer política implicaba dialogar y pactar con los otros contendientes. Había un camino y un sistema nuevo que edificar y para hacerlo realidad se entendió que había que implicar a todos los agentes. Hoy, la ausencia de diálogo y la incapacidad de vislumbrarlo a corto plazo, expone la dimensión institucional y social de la crisis. Los bloques, una vez que el sistema parecía asentado, se han vuelto a crear; recordando demasiado a las proclamaciones de la República Catalana de 1931 y 1934 por parte de Macià y Companys, pero y sobre todo, escenifica una fractura social, que en su incapacidad para el diálogo, tanto recuerda al clima que antecedió a la guerra civil.

La banalidad y la apelación al sentimiento que tanto utiliza la prensa rosa, no debería ser la lente con la que afrontar los temas políticos, porque en su deriva de extremos se nos olvida que la democracia es inalcanzable si no se practica, se instruye y se ejercita todos los días para llegar a la consecución de acuerdos, con el único ingrediente secreto que la hace tangible, el diálogo; ese que tanto falta hoy en la sociedad española.

¿Quieres recibir las novedades de Diario16?
Compartir
Artículo anteriorMentiras piadosas: nunca más
Artículo siguienteUn 4 de diciembre muere un malagueño
Martius Coronado (Vva del Arzobispo, Jaén 1969). Licenciado en Periodismo, Escritor e Ilustrador. Reflejo de la diáspora vital de vivir en Marruecos, USA, UK, México y diferentes ciudades españolas, ha ejercido de profesor de idiomas, jornalero, camarero, cooperante internacional, educador social y cómo no, de periodista en periódicos mexicanos como La Jornada, articulista de revistas como Picnic, Expansión, EGF and the City, Chorrada Mensual, RCM Fanzine, El Silencio es Miedo, también como ilustrador o creador de cómics en diferentes publicaciones y en su propio blog. La escritura es, para él, una necesidad vital y sus influencias se mezclan entre la literatura clásica de Shakespeare o Dickens al existencialismo de Camus, la no ficción de Truman Capote, el misticismo de Borges y la magia de Carlos Castaneda. Libros: El Nacimiento del amor y la Quemazón de su espejo: http://buff.ly/24e4tQJ (Luhu ED) EL CHAMÁN Y LOS MONSTRUOS PERFECTOS http://buff.ly/1BoMHtz (Amazon)

Dejar respuesta

Please enter your comment!
Please enter your name here

cuatro × uno =