Corren tiempos difíciles para la política, para la izquierda y para el Partido Socialista. Un momento en el que parece, que todo es crispación, que unos y otros defienden a gritos su posición y que esto es el fin del mundo conocido. Detrás de los insultos y las descalificaciones, existe una realidad silenciosa, muchas veces desconocida. Es la política que viven y ejercen los concejales y concejalas de pueblos pequeños.

Aunque parezca mentira, todavía existe quien se dedica a la política de cercanía, la política en la que el vecino o vecina te para por la calle, te pide explicaciones. Se trata de una forma de ejercer la cosa pública alejada de los focos y los estrados. Donde se trabaja por vocación y sin sueldo. Sacando muchas veces tiempo de donde no lo hay, compatibilizándola con el trabajo que le da a una de comer y a pesar, muchas veces, de la dura situación laboral en la que muchos compañeros y compañeras de los grupos municipales se encuentran.

No se trata de tejer grandes discursos, ni de tener el verbo más florido. Se trata más bien de trabajar desde el anonimato, desde la falta de reconocimiento de los de arriba. Se parece más bien a la lucha del Quijote contra inmensos molinos de viento. Molinos que no son otra cosa que la falta de medios y muchas veces el olvido de los respectivos aparatos. Más ocupados en esa política de masas que en el auténtico fin de la política, cambiar y mejorar la vida de las y los ciudadanos. Aunque no lleguen a 1.000 y se encuentren “perdidos” a 50 km de la capital.

Es precisamente en estos espacios donde más se aprende y donde más sentido tienen las cosas. También es el lugar desde donde empezar a poner en valor lo que hacemos.

En los pueblos se discute, se debate, pero siempre se acaba resolviendo todo en el bar del pueblo delante de un café o de una buena caña. Se defiende la posición en el Pleno, intensamente la mayoría de las veces, pero sin perder nunca de vista que los acuerdos se toman en base a lo que es mejor para todos y todas. No existe el interés personal ni el “trepismo”, sencillamente porque no hay ningún sitio al que trepar. Al yo le gana casi siempre el nosotros y se genera confianza en el que vota, porque suele pesar más lo que se hace que lo que se dice.

En estos momentos tan duros, la mayoría deberían mirar hacia esa política en miniatura. Seguramente entendería que es una clase magistral en resolución de conflictos y en llegar acuerdos. Quizás esos bares de pueblo les recordasen a nuestra Casa Labra y la importancia de la tertulia y del debate sereno. Quizás esas plazas de pueblo donde todo el mundo sabe quien es quien, sabe de donde viene, sabe que batallas ha luchado, les ayudase a reconstruir una fraternidad fundamental en un Partido Político.

Y a los que están en las direcciones les recordaría de donde venimos, cual es nuestra razón de ser.

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