La estrategia norteamericana desplegada en los últimos veinticinco años destinada a dejar fuera de su antigua órbita de influencia a Rusia parece que está llegando a su fin y condenada al más rotundo de los fracasos. Esta política, seguida de una forma escrupulosa y sin andarse por las ramas por los dos Bush, Bill Clinton e incluso Obama, trataba de frenar la influencia rusa en Europa del Este, los Balcanes, Asia Central, Oriente Medio y el Cáucaso.

La primera fase de este proceso de anulación del poder ruso fue exitosa, en tanto y cuanto en un corto periodo de tiempo todos los antiguos países ex comunistas, desde Polonia hasta Albania, se adhirieron a la OTAN, entre 1999 y el 2009. Muchas de estas naciones ya participaban en la Unión Europea como socios de pleno derecho, acentuando aún más la soledad rusa y mostrando a las claras el anhelo de las instituciones euroatlánticas por extenderse hasta los que fueron los dominios de Moscú en tiempos recientes. Se consumaba un cordón de seguridad, al que se le venían a unir los tres países bálticos -Lituania, Letonia y Estonia-, “rodeando” a Rusia y tan sólo Bielorrusia, Ucrania y Moldavia quedaban fuera de la OTAN y la UE. Pero Washington iba ir más allá en esta estrategia y también se iba a saltar esa línea roja establecida por Moscú.

Luego llegó la expansión hacia los Balcanes. La OTAN admitió como socios a Albania, en el año 2009, y más tarde, para gran disgusto de Rusia que veía como uno de sus supuestos amigos entraba también en la Alianza Atlántica, a Montenegro, en el 2016. En los Balcanes se cerraba así toda una campaña de humillaciones, descarada intervención norteamericana a través de la OTAN y vulneración del derecho internacional que comenzó con la crisis de Bosnia y Herzegovina.

KOSOVO, CLARA VIOLACIÓN DEL DERECHO INTERNACIONAL

Pero si lo de Bosnia y Herzegovina fue una carrera de mentiras, manipulaciones y burdas invenciones para justificar la intervención de la OTAN y derrotar política y militarmente a Serbia, lo de Kosovo fue un sainete insultante. Comenzó con la creación de un grupo terrorista, el Ejército de Liberación de Kosovo (UCK), financiado, armado, entrenado e informado vía satélite de los objetivos serbios por los Estados Unidos. También Alemania y el Reino Unido apoyaron a este grupo de una forma u otra.

El UCK era organización formada por albaneses de Kosovo que pretendía la independencia de esta región en manos serbias y que entre sus objetivos tenía a civiles, militares, policías y todos aquellos serbios que estaban en este territorio emblemático. Washington, en plena búsqueda de una solución política entre Belgrado y el UCK, impidió cualquier posibilidad de acuerdo, forzó la intervención de la OTAN, bombardeó sin escrúpulos Serbia e impuso un protectorado internacional este territorio. Querían la guerra a toda costa, no les importaba nada más que la victoria de los terroristas del UCK.

Después los Estados Unidos, junto con sus aliados contra Serbia, Alemania, Francia, el Reino Unido y el Vaticano, prepararon el camino para la independencia de Kosovo. Contra todas las elementales normas del derecho internacional, incluyendo aquí las resoluciones de las Naciones Unidas aprobadas al efecto, los Acuerdos de Helsinki y las condiciones firmadas con Belgrado, Kosovo se independiza de Serbia en el año 2008, para a renglón seguido recibir el reconocimiento norteamericano y europeo. Si lo de Crimea fue una anexión ilegal, ¿qué fue la independencia de Kosovo? Un acto contrario al derecho internacional y la amputación a Serbia de uno de sus territorios históricos sin ninguna compensación. En el camino para lograr este objetivo, los Estados Unidos y la UE hicieron la vista gorda ante los miles de serbios asesinados, expulsados de sus casas, torturados, despojados de sus propiedades y casas y tratados  bastante peor que los musulmanes de Bosnia y los Albaneses de Kosovo. No eran sus víctimas, eran invisibles para la comunidad internacional, y los medios tampoco hablaron de este genocidio silenciado.

Esta misma estrategia, que fue definida y redactada por el político norteamericano Paul Wolfowitz, en 1992, defiende la supremacía global de los Estados Unidos y su liderazgo indiscutible en el mundo occidental.  La más conocida como Doctrina Wolfowitz percibe a Rusia, junto con sus aliados, como un peligro para consolidar el poder norteamericano en el mundo, de tal forma que se justifican todo tipo de excesos y violaciones de los derechos humanos en aras de conseguir sus objetivos políticos. Así lo han hecho en Asia Central y en Oriente Medio. Incluso enviaron a Georgia, en el año 2008, a una carnicería contra Rusia de la que salió maltrecha militarmente y perdiendo, quizá para siempre, los territorios de Abjasia y Osetia del Sur.

En este contexto se inscribe el golpe de Estado de Ucrania en el 2014, cuando fue depuesto el presidente electo Viktor Yanukóvich y entregado el poder a un gobierno de corte supuestamente “europeísta” en donde se integraban hasta grupos fascistas ucranianos. Lo que parecía una revuelta popular, en defensa de la democracia, enmascaraba una trama golpista que aupaba al poder a un grupo de oligarcas y políticos cercanos a los intereses de los Estados Unidos y algunos miembros de la UE.

Pero esta vez Estados Unidos había ido demasiado lejos, se  cruzó una de las líneas rojas, y Moscú, como era lógico, no se iba a quedar de brazos cruzados. Promovió la independencia de Crimea, siguiendo el mismo guión que los Estados Unidos en Kosovo, y después, una vez aprobada en una consulta celebrada a toda prisa, se anexionó este territorio que le había sido regalado a Ucrania por Nikita Jrushchov en 1954. Muy pronto los ucranianos comprendieron que la suerte de esta estratégica península, donde no casualmente se encontraba la Flota del Mar Negro rusa en Sebastopol, era ya una causa pedida.

Además, la identidad nacional ucraniana era algo muy discutible y el país estaba claramente fracturado entre rusos y ucranianos. Muy pronto, las regiones pobladas mayoritariamente por rusos, en la misma frontera con Rusia, comenzaron su propia andadura, improvisaron unas milicias -con la clara ayuda de Moscú, claro- y rompieron con Ucrania. Había comenzado la guerra civil ucraniana, para gran disgusto de los estrategas norteamericanos y los gobiernos europeos que apoyaban la campaña de Washington. Dos de esas regiones, el Donbass y Donetsk, quedaron fuera del control ucraniano y mantuvieron sus posiciones hasta el día de hoy, logrando importantes éxitos sobre el terreno y causando duros reveses al paupérrimo ejército ucraniano.

Ahora, con las tensiones en alza, no hay otro camino que negociar y buscar una solución política. Pero, si de veras se quiere avanzar en ese camino, en esa negociaciones, no debe faltar Moscú en la mesa y habrá que hacer concesiones a la importante minoría rusa de esta región, que es mayoría en muchas provincias. Si los Estados Unidos y la UE no han entendido el mensaje, en el sentido de que Rusia va a seguir jugando un papel determinante en esta parte del mundo, el destino de la paz mundial puede estar jugándose en Ucrania. Por cosas más pequeñas, como Serbia o el corredor de Danzig, comenzaron la primera y la segunda guerra mundial, respectivamente, y por ahora el fuego no ha hecho más que comenzar. Atentos.

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