El capital no tiene patria, por tanto los capitalistas pueden ser de cualquier parte del mundo. La tierra de nacimiento no les impide amoldarse a circunstancias y nacionalidades muy dispares. Donde haya beneficio empresarial y rentabilidad para sus inversiones especulativas, ese es un buen lugar para radicarse y ser lo que fuere menester para sus intereses particulares. No precisan ninguna identidad especial para ser lo que quieran ser. Ya lo dijo Cicerón: “donde quiera que se esté bien, allí está la patria”, sentencia ambivalente que tanto vale para el capital fugitivo y mercenario como para el emigrante que huye del dolor, la pobreza y la muerte y se integra agradecido en país de acogida.

El invento de la patria, sin embargo, sirve a las gentes del común para ser algo más que mera mercancía subsidiaria del capital. El trabajo por sí solo no otorga un ser acabado o definitivo. Es preciso complementarlo con raíces más profundas para hallar una identidad personal que relacione al individuo con un ente más grande: etnia, país o nación.

Todo nacionalismo es una construcción histórica basada en leyendas, mitos y batallas contra el foráneo exaltadas emocionalmente para crear colectivos únicos sin parangón. Por supuesto, que también la cultura cotidiana y la lengua juegan un rol fundamental en ese sentimiento de reconocimiento propio como una singularidad extrema frente a otros pueblos o emociones distintivas que reclaman para sí un yo o nosotros excluyente y terminante.

Sucede que tal sentimiento, la mayoría de las veces visceral, mueve a la multitud a situaciones de pasión irrefrenable. Ese caldo de cultivo irreflexivo es atizado por las elites siempre para ocultar sus verdaderos intereses de clase. El señuelo de la patria común ciega la razón y ve unidades ficticias y monolíticas que no se ajustan a la realidad social y política de un tiempo dado.

Hoy en España, la independencia catalana tapa las vergüenzas corruptas del PP y el nacionalismo español, mientras que el nacionalismo españolista oculta el clientelismo corrupto de la derecha catalana. CiU, ahora PDeCAT, y el neofranquista PP son ideológicamente parecidos y su modus operandi desde el poder ha sido y es similar: privatizaciones a mansalva, recortes sociales sistemáticos y corrupción generalizada.

A pesar del belicismo verbal, las jugadas de farol y los discursos altisonantes conque se manifiestan ambos contendientes, más tarde o más temprano las aguas volverán a su cauce neoliberal. Con los otrora convergentes y con las huestes de Rajoy, las elites tienen todas las de ganar: los dos son testaferros de los poderes bursátiles, de las multinacionales sin patria y de la crema social burguesa respectivamente de Cataluña y España.

El conflicto de legitimidades ahora mismo tan agudo en las formas dará paso a un acuerdo que satisfaga a unos y otros protagonistas del enfrentamiento: lo importante es que nadie de las elites catalana y española salga dañado del cuadrilátero dialéctico. El contencioso histórico es en sí mismo una genuina forma de gobernar manteniendo las ideas de izquierda fuera de juego. Cuanto más se tense la cuerda, mejor para los extremistas hegemónicos instalados en La Moncloa y la Generalitat: mientras hablamos de secesión o independencia el resto de problemas sociales pasan a un segundo plano.

La patria común que habitamos la inmensa mayoría es la precariedad laboral, el consumismo feroz, la quiebra del estado del bienestar y vivir en un futuro permanente que jamás llega pasando de puntillas por un presente vacío de contenidos políticos y morales. Del pasado, mucho mejor que ni lo mencionemos: se controla de modo más eficaz a las masas cuando la memoria se ha borrado por completo. Y sin memoria, las sanas utopías son imposibles de imaginar.

El miedo como patria es el territorio que abona los fanatismos, reduciendo las actitudes críticas a enfermedades sociales que hay que erradicar por el bien de las más elevadas y estéticas emociones nacionalistas. Cuando no hay referentes internacionalistas, políticos y solidarios el nosotros ofrece un pesebre de calor simbólico del que resulta muy difícil escapar.

Hasta que amanezca un nuevo tiempo en el horizonte, las andanadas dialécticas y las tretas jurídicas entre Rajoy y Puigdemont no tendrán fin. Una amenaza por aquí, una bravuconada por allá…

Solo caben tres opciones para solucionar el conflicto: seguir como estábamos sin vencedores ni perdedores con concesiones semánticas por los dos luchadores en liza, una insurrección ciudadana contra el Estado español o un referéndum vinculante pactado por Madrid y Barcelona.

En cualquier alternativa triunfante, la gente que trabaja seguirá habitando el país del miedo. Lo mismo dará que nuestras emociones tengan acento catalán o deje castellano. Más control policial. Menos recursos sociales. Más privatizaciones. Empleos inestables. Hipotecas al alza. Futuro incierto.

Ya no hay patrimonios culturales que merezcan que la sangre corra por las calles. Otra cosa fueron los genocidios de Colón y la iglesia católica en América, laminando a los indígenas sin piedad alguna, o loa atroces consecuencias del colonialismo en Asia y África borrando etnias enteras y sabidurías ancestrales, o el racismo sionista con los palestinos, o el abandono de los saharuis a su suerte… En esas situaciones al borde del precipicio ético, la reivindicación de un yo/nosotros fue o es un grito desesperado contra la barbarie totalizante de la civilización capitalista.

En esa situación no vive ahora Cataluña. Los pujoles conocidos o en la sombra habitan el cielo, mientras que el currante de a pie intenta salir como puede del neoliberalismo que le ha quitado derechos y bienestar a mordiscos reformistas en las últimas décadas. La situación es idéntica en el resto de España para la inmensa mayoría de la población: arriba los peperos y sus representados con fortunas en paraísos fiscales perdonados por la amnistía de Montoro y abajo toda una patria común de asalariados al borde de la ruina o desempleados en busca de una migaja de contrato laboral por el tiempo que sea.

No obstante lo dicho, sí al referéndum, con garantías y con tiempo para un debate fructífero que abra las mentes más cerradas por los nacionalismos extremos de ambos bandos. Y sin violencias estatales.

Por cierto, tiene más en común un trabajador catalán independentista con otro de cualquier parte de España que con Puigdemont (o Albiol o Arrimadas). Lo mismo puede decirse del trabajador españolista de turno con su homónimo laboral catalán, en este caso tomando como referencia antagónica al franquismo ideológico representado por Rajoy y al posmodernismo a lo Macron de Rivera.

Sin miedo al futuro y con capacidad crítica para pensar por uno mismo, los nacionalismos monárquicos y las secesiones identitarias se disiparían por sí solas. El miedo crea patrias comunes como espejismos para rellenar los vacíos ideológicos y existenciales de tiempos históricos en crisis: pertenecer a una identidad colectiva es mucho más que ser un don nadie a la deriva de la globalización.

Si vencemos al miedo nacerá un nuevo nosotros que no precise de extranjeros para formar una idiosincrasia basada en la cooperación y el diálogo. Igualdad y diversidad pueden hablar escuchándose mutuamente: la mezcla es la tónica dominante en la historia de la Humanidad. Un buen comienzo sería rescatar del olvido este pensamiento del gran Erasmo de Rótterdam: “para el hombre dichoso, todos los países son su patria”.

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