Desde que me convertí en un cretino allá por la adolescencia, suelo recurrir a Borges cuando me intentan explicar algo presentado como obvio pero que no acabo de entender del todo. El motivo de recurrir al bonarense no es el de sufrir una epifanía a través de su narrativa. Simplemente, su relectura me aplaca y me recuerda que soy menos listo de lo que mi propio autoconcepto a veces me permite aceptar.

El caso es que la semana pasada, mientras cenaba con unos amigos (guiris y brillantes todos ellos), y comentaban displicentemente que los cómicos habíamos tenido mucha culpa de que Donald Trump fuera el cuadragésimo quinto presidente de los Estados Unidos, sentí la imperiosa necesidad de consultar El libro de los seres imaginarios.

El argumento esgrimido era que la parodia del candidato había edulcorado la imagen pública que proyectaba el parodiado. Se veía a un bocazas donde se esconde un sociópata, a un paleto donde hay un racista desatado, y a un golfo en lugar de a un misógino abrazado al medievo y a sus valores. Los defectos que se mostraban camuflaban lo terrible. Y lo que es peor, generaban cierta empatía y un aire de simpática condescendencia por parte del electorado americano.

Un poco noqueado por todo ello, me he tomado mi tiempo para repasar varias de las consideradas mejores parodias realizadas antes del 9 de noviembre del 2016, es decir, las que pudieron influir en el voto. He visto la intervención de Johnny Deep en “Funny or die”, las de John di Domenico, Frank Caliendo o Darrel Hammond, y he prestado especial atención al trabajo de Alec Baldwin que le valió una reprobación pública a través del Twitter del magnate- presidente de EE.UU.

El trabajo de todos ellos es, en mi opinión, soberbio. No hay nada que objetar, fueron divertidos y en ningún momento indulgentes con el candidato. Sin embargo, la idea de que el humor y la sátira política sean un arma que puede dispararse en la dirección contraria a la que apunta el comediante, ha empezado a inquietarme seriamente.

No cabe duda de que sus asesores, que no son precisamente zotes, jugaron esta baza de manera deliberada en varios momentos de la campaña. No se me ocurre otra explicación para que Trump participara en Tonight Show Starring Jimmy Fallon. Allí, el ahora líder de los Estados Unidos, permitía que se rieran de él sin reparos. Y acabó de apuntalar mi sospecha el hecho de que acudiera a un roast ( producido por Comedy Central), formato donde se dedican a insultar de manera cómica al homenajeado.

Para ilustraros, cito literalmente una intervención que el rapero Snoop Dogg le espetó:

Donald dice que quiere mudarse a la Casa Blanca ¿Por qué no? No sería la primera vez que echa a una familia negra de su casa”.

La evidencia de que hay una intención oculta en el magnate emerge de entre las aguas como un submarino nuclear ruso cuando justificó su presencia allí declarando: “Honestamente, ha valido la pena porque el dinero es para la caridad”. Dentro del mundo de la falsedad, imaginar que este señor lo hizo para conseguir dinero para los más desfavorecidos es, posiblemente, el caviar beluga de todas las mentiras.

Sin embargo, ¿no estaremos estirando un argumento para desplazar el foco del verdadero motivo? Imagino que la primera opción es más cómoda que constatar la muerte de la sociedad civil y así desinhibir al resto de cualquier responsabilidad. La certeza es que la comedia siempre ha sido un buen escupidero donde expectorar cuando algo marcha mal. Ese es el día a día del trabajador del humor.

Quizá en un panorama de artistas sin público anhelando ser funcionarios, gestores culturales lastimeros de jugosas subvenciones, activistas sin garganta preocupados por fundaciones que les liban la existencia, políticos mediocres, intelectuales presos de la estética o educadores empeñados en enseñar a sus alumnos las claves para competir por un modelo que ha dejado de existir, ya solo quedemos los cómicos los cuales, con la excusa del entretenimiento, incidimos en la opinión publica, término que resulta la versión aborregada de lo que un día se llamó ciudadanía. Quizá los humoristas debamos de entonar el mea culpa y aceptar que fuimos ingenuos al pensar que nadie votaría a un idiota. No entendimos cómo de cercano se siente el patriota del imbécil.

En “Animales de los Espejos”, Borges muestra que el mundo de los espejos y el mundo de los hombres no estaban incomunicados como ahora. Ambos mundos contaban con diferentes seres a cada lado que no coincidían en forma, color o tamaño, pero que convivían en paz. Cierto día, los hombres del mundo especular invadieron la tierra produciéndose sangrientas batallas. Tras ser derrotados, el emperador amarillo ( supongo que un terrícola chino para más señas) “los encarceló en los espejos y les impuso la tarea de repetir, como en una especie de sueño, todos los actos de los hombres. Los privó de su fuerza y de su figura, y los redujo a simples reflejos serviles. Un día, sin embargo, sacudirán ese letargo mágico […] Gradualmente diferirán de nosotros, gradualmente no nos imitarán. Romperán las barreras de vidrio o de metal y esta vez no serán vencidas”.

Puede que ese momento haya llegado, puede que las parodias se estén revelando sobre los cómicos y sus intenciones. En cualquier caso, es sospechoso que los mismos que no supieron ver la victoria de Trump sean los que, engodados, expliquen los motivos.

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