Si en España ha habido un presidente del Gobierno con bula democrática, es decir al que la ciudadanía le haya perdonado personalmente lo que no ha perdonado a nadie, incluida su responsabilidad en asuntos bien procelosos, ese es sin duda alguna Felipe González. Con independencia de que también se le hayan reconocido muchas cosas meritorias.

Se fue de rositas del contubernio del 23-F, de los Gales, los Filesa, los Matesa, los Time-Export, las traiciones al pueblo saharaui, la OTAN de entrada No (que fue Sí), las Bases Fuera (que se quedaron Dentro), la primera guerra del Golfo, las connivencias con gobernantes sátrapas y políticos corruptos, las puertas giratorias para el enriquecimiento de los políticos y de otros muchos episodios oscuros de sus gobiernos…, incluido el de la ‘cal viva’ tan agriamente recordado por Pablo Iglesias en sede parlamentaria.

Y, no obstante, si algún ex presidente del Gobierno se inmiscuye en la política formal del país más de lo que debiera, ese es también Felipe González. Y quede claro que no hablamos de la política de su partido, ni de lo que pueda ser una entendible y prudente opinión personal sobre temas más generales, sino de arrogarse la autoridad moral y el dogmatismo de quien se considera factótum permanente del Estado y excelso guardián de sus esencias, algunas de ellas con efluvios mal olientes alumbrados justo bajo el sello del ‘felipismo’.

De esta forma, se da la paradoja de que quien tendría que ser más comedido en su retiro político, o al menos tanto como lo han sido otros que le precedieron o sucedieron en el mismo cargo, termine siendo quien en esa situación emérita más saca los pies del tiesto. Y no se critica, insistimos, el tomar posición o hacer comentarios sobre cuestiones internas del partido propio (como suele hacer José María Aznar en el PP), sino el plantear diatribas y lanzar anatemas sobre la política nacional en su conjunto e incluso en el ámbito de la diplomacia, que obviamente es una materia de Estado impropia de políticos retirados y más aún tan sobre pagados de sí mismos como Felipe González.

Ahí, en ese delicado terreno de las relaciones internacionales, hemos visto, por ejemplo, cómo el ex presidente González (y no el abogado humanista que ha podido ser pero que nunca fue), se ha revestido de una inexistente aura democrática (y casi tenida por exclusiva) para arremeter contra el Gobierno de Venezuela en cuestiones internas, no menos controvertidas que las de otros países a los que él nunca acusó de dictatoriales, tratando de descalificar a Podemos por su ‘leninismo’ (¿?) y por los contactos bolivarianos que algunos de sus fundadores tuvieron antes de constituirse en fuerza parlamentaria, como les pedía el sistema… Pero olvidando que fue el gobierno socialista de Rodríguez Zapatero el que al mismo tiempo pactaba con Hugo Chávez nada menos que la modernización de su flota de combate con buques de la empresa pública Navantia, generando además bastante controversia sobre sus millonarias comisiones de intermediación…

Paréntesis: Curiosamente, el Tribunal Supremo acaba de archivar la causa promovida por el sindicato Manos Limpias sobre la presunta financiación ilegal de Podemos y otros posibles delitos relacionados con la recepción de fondos procedentes de Irán, de acuerdo incluso con la Fiscalía, mientras la financiación irregular de otros partidos sigue siendo más que evidente…

En el terreno de la política nacional, el último latiguillo de González ha sido bramar contra quienes, en su particular opinión, quieren ‘romper España’, por supuesto fuera de su partido (hacerlo desde dentro parece otra cosa), en directa alusión a Podemos. Pero olvidando también sus previos acuerdos de gobierno con los nacionalistas vascos y catalanes, a los que entonces no se atrevía siquiera a tildar de independentistas…, e incluso la actual propuesta del PSOE para llevar a España, mucho más allá del cuestionada Estado de las Autonomías, hacia el esperpento de una España Federal, ya fracasado escandalosamente en la I República.

¿Y qué decir, además, de las oscuras relaciones mantenidas por todos los gobiernos socialistas, y personalmente por González, con la controvertida monarquía marroquí (primero con Hassan II y después con Mohamed VI…? ¿O cómo encajar en una política de altura su conocida afirmación de que “Aznar y Anguita son la misma mierda”…?

¿Es que alguien se ha interesado realmente en España por investigar las ‘mierdas’ caribeñas de Felipe González y su comprometida estela de ‘amistades peligrosas’, desde Carlos Andrés Pérez a Gustavo Cisneros, pasando por el señor Slim…? ¿Trata tal vez de reconquistar el poder en Venezuela para goce y disfrute de sus amiguísimos archimillonarios de allende los mares…? ¿Acaso no se enterró su relación con Enrique Sarasola (‘Pichirri’) y su papel en el pelotazo del Metro de Medellín de forma extremadamente prudente…? ¿Y es que no conocemos todos los españoles que en los ‘papeles de Panamá’ aparecen personas tan cercanas a Felipe González como Mar García Vaquero o Jesús Barderas…?

La doble vida del señor González actuando como amable y modesto jubilado en España -cuando no pontificando ex cathedra– y como potentado entre potentados en los paraísos caribeños, aconseja no destapar una tercera personalidad justiciera ni que actúe como ‘matador do cangaçeiros’ en corrales ajenos (al estilo de Antônio das Mortes en el film homónimo de Glauber Rocha).

Bien que mal, los españoles ya saben valorar el comportamiento de sus políticos, con el consiguiente premio o castigo, sin necesidad de que el ex presidente González les oriente en esas tereas. Antes al contrario, muchos de ellos agradecerían que no olvide su pasado y que, en todo caso, ponga al PSOE en orden interno, por la falta que le hace y si es que le dejan: hasta Rodríguez Zapatero le mantuvo a distancia (por algo sería).

Y ahora, en el contexto del 26-J, el caudillo socialista de antes, hoy al parecer quejoso de su ostracismo político, sigue tratando de enmendarle la plana al propio sistema democrático y cuestionar con no pocos apriorismos y supuestos falaces a quienes, como Podemos, compiten legítimamente en elecciones (las ganen o las pierdan) tras haber embridado los movimientos callejeros que tanto amenazaban la estabilidad general del país, simpatías o antipatías hacia Pablo Iglesias aparte. Pretendiendo también condicionar a propios y extraños en la lectura de los resultados salidos del 26-J (como hizo el 20-D).

González ya nos había advertido de lo malo que sería para España votar a Podemos (a los demás partidos -incluido el suyo- claro que no), sobre todo por su conexión con el régimen bolivariano, tan distinto del cleptocrático que mantuvo su amigo Carlos Andrés Pérez condenado ‘por fraude a la nación’ en los tribunales de justicia (y que nadie le ha afeado). Pero, yendo mucho más lejos, lo que pretende ahora, poco más o menos, no es fomentar un gobierno de progreso propio de las fines socialistas, sino la rendición del PSOE ante los populares para salvaguardar los intereses del establishment, del que hace tiempo él y sus amigos ricachones forman parte inequívoca y sustancial.

Y lo curioso es que en parte de esa tarea -la de criticar sobremanera a la izquierda y muy poco a la derecha- le haya acompañado su mentor Alfonso Guerra. El mismo compañero del alma al que Felipe dejó tirado después de asegurar públicamente que sus críticos dentro y fuera del PSOE lo que iban a conseguir era un paquete de dos para irse juntos del Gobierno (su famoso ‘dos por uno’)…

Ahora, el ex presidente González insiste en dar lecciones de política dentro y fuera del PSOE, y a quien ni se las pide ni se las acepta. Entre otras cosas porque su magisterio está atado al pasado y no con pocas vergüenzas. Y lo más triste del caso es que, para salvar a su partido de la ruina electoral en la que profundiza cada vez más, sólo se le ocurra atacar a Podemos

El rey Juan Carlos I se lo dijo a Hugo Chávez de forma irremediable y célebre (aunque quizás poco adecuada): “¿Por qué no te callas?”. Ahora, y no con menos motivo, la admonición a Felipe González sería la misma. Si se observan con atención y un poco de perspicacia, sus comentarios sobre la política nacional sólo aportan soberbia y rencor (dentro y fuera de su partido), sin la menor propuesta perfeccionista o regeneradora del sistema.

Cierto es que a él le van muy bien las cosas tal y como están; lo malo es que, con sus consejos, al PSOE le va de auténtico descalabro.

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