No me cabe la menor duda de que el siglo XXI es ya el de la consagración de la mujer como un valor esencial en la nueva sociedad que surja de la globalización, cuyos primeros efectos se observan hoy en la internacionalización de la economía y la interdependencia de los mercados financieros.

No voy a caer en el maniqueísmo de enjuiciar el fenómeno en virtud de su bondad o maldad, puesto que estamos en el inicio de un proceso, de un cambio, de una revolución cuyos primeros coletazos parece que inciden en atentar contra la libertad y los derechos humanos, contra el principio irrenunciable de que todos los hombres son iguales.

Me refiero a que los efectos perniciosos de la globalización económica, y sus consecuencias colaterales al dividir el mundo entre ricos y pobres, no deben ensombrecer lo que realmente debería significar para la sociedad la búsqueda de un equilibrio solidario que lleve a un mejor reparto de la riqueza y los medios de producción, a un acceso sin trabas a la cultura, la educación y el trabajo.

Por eso, entiendo que la globalización elevará a la mujer a una categoría universal que acabe de una vez por todas con la discriminación por razones de sexo. En el siglo XIX asistimos a las conquistas sociales de la mujer, con el derecho al trabajo y al sufragio, y en el XX se avanzó en las conquistas políticas y el acceso a responsabilidades hasta entonces reservadas al sexo masculino; en el XXI la mujer debe encontrar definitivamente su sitio en el concierto social sin renunciar ni un ápice a su condición femenina.

Se trata pues de entender esta condición como un valor, precisamente el valor de la mujer como sentimiento, sensibilidad y ser en la vida. Esta concepción se basa en distintos referentes. En primer lugar, en la procreación y en la facultad de engendrar vida. Detrás de un gran hombre hay una gran mujer, se suele decir sin caer en la cuenta de que el hombre siempre ha tenido como referencia a la mujer, bien como madre o como compañera. Si, en efecto, el hombre es capaz de desarrollarse, lo hace siempre pivotando en la reflexión de la mujer, en su probada capacidad para no precipitarse en sus juicios, para madurar y razonar, para transmitir confianza y entereza frente a lo superfluo y banal.

El hombre no encuentra tiempo para esta reflexión y se conduce con prisas, sin profundizar, hasta que la mujer le marca el camino. Es preciso pues concebir a la mujer como un ser que reúne, en general, la sensibilidad y el amor que mueven al mundo. Y digo en general para huir del radicalismo del dogma, de la falta de amplitud de miras y de la intolerancia. Precisamente hay mujeres acomplejadas no por su condición femenina sino por la insensibilidad del hombre. Esto es así hasta tal punto que cuando la mujer accede a profesiones que hasta hoy le han sido vetadas adopta, en muchos casos, la actitud masculina renunciando a su condición por la asunción de un rol que no le es propio y que, lamentablemente, le perjudica.

Se trata de profesiones tradicionalmente masculinas en las que la irrupción de la mujer se traduce en una falta de sensibilidad, en una deshumanización por imitación al hombre. En contraposición, ahí tenemos a la mujer rural haciendo gala de una inteligencia natural, innata, unida a la sensibilidad y al amor. La inteligencia, o la falta de inteligencia, es decir, las escasas luces para discernir, es inversamente proporcional al grado de sensibilidad. El insensible está imposibilitado para el conocimiento y la aprehensión de ideas y sentimientos y, por lo tanto, persiste en su insensibilidad. Todo esto se observa cuando la mujer quiere ser como el hombre, renunciando a su capacidad de bondad, comprensión y amor.

Como referente de la lucha por la conquista de las libertades, la mujer ha sido todo un ejemplo y sus avances sociales son fruto de una lucha inteligente en una batalla desigual. Cuando estaba en casa, en el hogar familiar, su esfuerzo se centraba en la liberación de los hijos. En la procreación es la mujer la que, por delante del hombre, acepta la responsabilidad de tener y educar al hijo. Esa aparente renuncia masculina, en realidad el hombre pasa a un segundo plano, no se lleva a cabo por egoísmo sino, más bien, por astucia femenina. Que nadie me interprete mal, me refiero a esa clase de astucia inconsciente que justifica la posesión por el hecho de la gestación: lo que tenemos fruto de ambos lo conquisto yo primero o, lo que es lo mismo, la libertad de transmitir al hijo primeras nociones, de que aprenda con la madre los primeros pasos. Como referencia ineludible hay que señalar asimismo a la mujer como modelo de lucha por la libertad,

una conquista que no se alcanza por la violencia o la imposición, sino por la constancia, por el empeño y la paciencia para que, día a día, se vayan ganando posiciones. En la relación hombre-mujer éste aparece siempre como el gran dictador, no ya por el sometimiento por la fuerza, que es su expresión más evidente e hiriente sino por el sometimiento que utiliza todos los recursos posibles, que dicta leyes sociales para garantizar y perpetuar su debilidad. Una especie de soberanía sobreentendida que degenera en sumisión con el consentimiento tácito de la otra parte, con la aceptación resignada de un estatus. Cuando la mujer se cansó de ser un elemento pasivo en el desarrollo social, su lucha por conquistar más espacio se convirtió en un modelo. Debemos tomar ejemplo de esta estrategia pacificadora, de esta metodología de la astucia que echa mano del amor y la sensibilidad para alcanzar sus objetivos. En la búsqueda permanente de elementos de progreso, el hombre siempre de una forma más conservadora, en el sentido de un cierto inmovilismo. Es casi simple, diríase primario, en sus sentimientos y, lo que es más importante, en la manifestación externa de esos sentimientos.

La mujer, no. La mujer lleva al mundo el progreso. Posee una inteligencia eficaz e intuitiva y, por lo tanto progresista. En el debate por la consecución de derechos como el divorcio o el aborto es la mujer la que avanza y la que, finalmente, conquista, con la aquiescencia del hombre, para quien a veces el cambio, sea de la naturaleza que sea, supone un paso hacia el abismo que no estaría dispuesto a dar sin el apoyo femenino.

Esta capacidad de reflexión, de afrontar los grandes temas de la vida y el pensamiento, diferencia a la mujer del hombre y le concede más capacidad de respuesta y de transformar la realidad. Tradicionalmente, la mujer siempre ha dispuesto de más tiempo que el hombre, incluso se podría decir que vive más, que es más longeva. Lo que le interesa tiene que ver mucho con cuestiones inmateriales, espirituales, frente al pragmatismo masculino. La concepción del tiempo es distinta. No es que el hombre pierda el tiempo, pero sí que tiene más motivos para ocuparlo. De esta manera, asistimos cada vez más a la proliferación de mujeres en actividades y responsabilidades que antes eran privativas del hombre, en el campo de la investigación, de la empresa, de la comunicación, etc. En cualquier progresión que requiera una actitud reflexiva y que dé primacía al pensamiento. Éste y no otro es el verdadero sentido de esta conquista.

De aquí el papel determinante que la mujer del nuevo milenio está llamada a desempeñar en la sociedad. De aquí también su capacidad de servicio a la humanidad. Un avance que sería imposible de comprender si el hombre no se hubiese dado cuenta de que, por encima de cuestiones de género y condición, la mujer es un valor esencial en la vida.

A pesar de lo que se está avanzando en la lucha contra la discriminación de género y la violencia doméstica, no es fácil ser mujer en un mundo como el que vivimos. Desde este Sexto Continente se ha apuntado ya en varias ocasiones la importancia de la mujer como motor del cambio social. No me resisto, una vez más, a evocar en este punto a mi madre, a quien tanto añoro, una mujer que se educó en un medio rural y que durante toda su vida dio muestras de una sensibilidad exquisita. Sin su influencia, yo no habría conseguido despojarme jamás de ciertos ademanes machistas, reminiscencia de una sociedad intolerante y autoritaria. Gracias a ella comprendí desde muy temprana edad que todos los hombres son iguales. Es preciso globalizar los derechos del hombre y de la mujer y globalizarlos de tal forma que la opinión pública y las instituciones no caigan en la tentación de enjuiciar los comportamientos de las mujeres de forma paternalista y con una sensibilidad aplicable sólo a los más débiles y marginados, sean del género que sean. La mujer es un valor esencial y emergente, igual que el hombre en todos sus derechos y obligaciones. Flaco favor se le puede hacer a la lucha de la mujer por la absoluta igualdad si no se le tratase como a un ser igual en todos los sentidos de la vida. “Yo confieso que de volver a nacer me gustaría ser mujer y lo confieso sin ningún tipo de complejos, en este caso históricos, por vivir como hombre. Y cuando hago esta afirmación me refiero esencialmente a esa fortaleza, intuición, abnegación y sufrimiento, en todos los ámbitos de convivencia social, esa sensibilidad y bondad que posee la mujer para dar más de lo que recibe”.

Permitidme que nombre de nuevo a mi madre porque me gustaría tener las virtudes que ella tenía, fundamentalmente su capacidad de sacrificio, de amar y de perdonar. Hipotéticamente, en esta posibilidad que planteo de una segunda existencia bajo la condición femenina, sin lugar a dudas, no me dejaría nunca utilizar por mi diferencia de género ni tampoco reivindicaría jamás algo que pudiese corresponderme como ser humano, legal o socialmente, basándome en la condición femenina. Eso sería retrógrado, ofensivo y mostraría una debilidad que no correspondería a la realidad de la personalidad de la mujer, pero no se puede adscribir en modo alguno como una condición intrínseca de género.

La sensibilidad y la fortaleza de una mujer o de un hombre, unido a la dignidad como seres humanos, jamás deberían permitirles buscar soluciones a la existencia de sus vidas aludiendo a su situación de mujer por muy necesarias y justas que pudiesen ser esas soluciones. Incluso exigiendo una rentabilidad directa o indirecta a su existencia como mujer. Y aquí, se hace necesario añadir si, además, en estos casos, asociaciones e instituciones, lejos de tomar medidas para remediar esta situación, se dejaran influir por quienes utilizan estos sistemas con cualquier fin, sobre todo si no se conoce si lo que se reclama está argumentado por la sensiblería y la manipulación, hasta el punto de querer convertir la solidaridad en intolerancia, la humildad en prepotencia y la razón en injusticia. Si los que tienen alguna responsabilidad   social se dejaran utilizar estaríamos haciendo un pan como unas tortas.

Hay que insistir en que los pilares de la tolerancia, de la solidaridad, de la humildad y de la justicia son los cimientos que pueden posibilitar la construcción de una sociedad mejor, distinta, que haga posible otro mundo. Cuando la confusión nos pueda hacer caer en el error de que equivoquemos el basamento de esos pilares y cambiemos estos valores por sus contrarios (la intolerancia, la injusticia y la prepotencia), no sólo nos veremos imposibilitados para construir un mundo mejor sino que estaremos sosteniendo los pilares del templo de los dictadores de turno. En este nuevo milenio ha sonado la hora de la mujer como motor cierto de un cambio revolucionario que contribuya a que otro mundo sea posible, sin discriminación de género y con igualdad de oportunidades para todos los seres humanos. Así lo hemos visto siempre en Diario16, no sólo como una reflexión fundamental de nuestra irrenunciable línea editorial sino, también, como un ejemplo práctico de nuestra apuesta por la mujer.

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