Abandonó una vida de comodidades, en una familia aristocrática, por continuas privaciones y peligros junto al hombre que amaba. El afortunado hubiera debido besar siempre el suelo que ella pisaba, pero el hecho es que años más tarde le sería infiel con el ama de llaves: la dejó embarazada y después dijo a los suyos que el verdadero padre había sido un amigo muy próximo. Porque, incluso en aquel hogar de revolucionarios, el qué dirán tenía su importancia. El encubrimiento resultó tan eficaz que la existencia del hijo ilegítimo no se conoció hasta 1962, gracias a una investigación de archivo.

Él era el visionario que iba a cambiar el mundo con la fuerza de su teoría: Karl Marx. Ella se llamaba Jenny. Por lo general, su biografía no es apenas conocida como telón de fondo los cientos y cientos de libros que tratan sobre el artífice del socialismo científico.

Jenny dejó constancia de su existencia turbulenta en Breves escenas de una vida agitada, un folleto que, increíblemente, se traduce ahora por primera vez al castellano, en una pequeño y cuidado volumen a cargo de El Desvelo Ediciones (Santander, 2018). Sin su contribución abnegada, el autor de El Capital no habría tenido a la eficiente secretaria que transcribía la letra ilegible de sus manuscritos. Era un trabajo duro, que no le iba a dar derecho a una pensión, como diría medio en broma, medio en serio. Por un lado aceptaba el papel que le había dado la vida, pero por otro lamentaba la postergación que sufrían las mujeres. En el hogar, mil preocupaciones cotidianas las destruían sin prisa pausa. El hombre, al menos, tenía la oportunidad de crecerse ante el enemigo cuando se lanzaba a la lucha.

El papel de Jenny no fue tan lucido como el de Karl, pero por eso mismo requería una fortaleza inmensa. Los biógrafos no le han hecho justicia a una heroína que fue mucho más que la auxiliar de un genio. Demostró también un criterio político claro y se involucró en las organizaciones de izquierda, como muestra su participación en la Liga de los Justos o en la Unión de Trabajadores Alemanes. Cuando murió, Friedrich Engels, con el que mantuvo una relación tensa, sobre todo porque estaba celosa de la influencia que ejercía en Marx, reconoció la forma en que había dado lo mejor de sí misma al movimiento revolucionario. Durante cuatro largas décadas.

Karl y Jenny se conocieron cuando ella se introducía en las ideas más avanzadas de la mano de su padre, el barón Ludwig von Westphalen, un noble atípico al que le interesaba el liberalismo e incluso el socialismo. Estas inquietudes fortalecieron su amistad con el futuro coautor del Manifiesto comunista, un joven que frecuentaba su hogar para hablar con el cabeza de familia de cuestiones filosóficas y literarias. Una cosa llevó a la otra y en 1835 ya había surgido el noviazgo. No sin el escándalo de la familia: entre las charlas intelectuales y casarse con un judío sin recursos mediaba un abismo.

El lector desearía que Jenny, en su testimonio, se extendiera más en tantos aspectos cruciales que apenas esboza, pero lo que cuenta es suficiente para hacernos una idea de los riesgos que corrió. La policía podía llegar a cualquier hora de la madrugada para llevarse a su marido, con una orden de expulsión del país. La propia Jenny también fue detenida. Su vida era la de una nómada que huía de la represión contrarrevolucionaria, obligada hacer frente a los desahucios y a tratar con prestamistas.

No eran un caso único, ni mucho menos. El drama de los exiliados políticos aparece reflejado en términos muy vivos. Sus protagonistas tenían que enfrentarse a la necesidad acuciante de ganarse la vida, a la vez que intentaban organizarse políticamente. Por desgracia, sus propósitos se vieron obstaculizados por los enfrentamientos internos. ¡La división de la izquierda no se ha inventado ayer!, pensará, seguramente, el lector, mientras devora un relato que, si bien no es una joya literaria, tiene la fuerza de quien sabe hablar de manera clara y directa.

¿Cómo veía su esposa a Marx, el hombre al que tantos millones de personas iban a convertir en un oráculo? Sabemos que se casó con un evidente complejo de inferioridad intelectual. Sin duda influida por el romanticismo, entonces en boga, tendió a idealizar a su marido, al que admiraba por sus “maravillosas y sublimes ideas”. Lo consideraba, de hecho, una especie de nuevo Prometeo. Este personaje era el protagonista de un famoso poema de Shelley, que Jenny releía una y otra vez. Karl, en su tesis doctoral, dijo del mítico héroe que era el mártir más eminente del santoral filosófico.

Pero, por más que lo amara desaforadamente, Jenny tenía buenos motivos para dudar de la fidelidad de su compañero. Se sentía tan frágil, tan insegura, que en cierta ocasión llega a enviarle una carta desnudando sus más íntimos pensamientos. Lo ha imaginado perdiendo su mano derecha… ¿Se angustia ante esa desdicha? Todo lo contrario. Esa imagen inquietante hace que feliz. Porque, en ese caso, Karl dependería de ella por completo y la querría más. Tal vez este sentimiento pueda parecer patológico, y sin duda lo era, pero no solo refleja una personalidad específica. Hay que contextualizarlo dentro de una época, la del romanticismo, en la que era moneda común el motivo del héroe mutilado que gana el corazón de una mujer.

En su autobiografía, Jenny despacha con laconismo el doloroso asunto del hijo que le hizo su esposo al ama de llaves. Se limita a decir que en 1851 ocurrió un hecho del que no tiene intención de hablar, pero que incrementó las preocupaciones públicas y privadas de la familia. Siguió, no obstante, apoyando a su esposo. Poco después de pasar de puntillas sobre el tema, recuerda el tiempo que pasó en Londres, copiando los artículos de Marx, como uno de los momentos más felices de su vida.

Él escribía y escribía. Unas veces obtenía ingresos, imprescindibles para la supervivencia de la familia. En otras ocasiones, la rentabilidad de su pluma brillaba por su ausencia, aunque eso nunca le impidió avanzar en sus trabajos, a costa de impensables sacrificios. Cuando se encerraba a preparar sus estudios, parecía que nada más existía para él. Ni siquiera las cuestiones terrenales de la existencia doméstica. Como señala su biógrafo Francis Wheen, no se distinguía por su capacidad para administrar el dinero.

La ayuda de la madre de Jenny hizo que la pobreza en la que vivían los Marx no fuera aún espantosa, pero nada pudo evitar la muerte de cuatro de los siete hijos del matrimonio, víctimas de las continuas penalidades. Breves escenas de una vida agitada también es el testimonio del drama de una madre obligada a enfrentarse a tragedias como la desaparición de la pequeña Franziska, tras luchar durante tres días contra una bronquitis. El relato nos sobrecoge en este punto, al obligarnos mirar a la desolación químicamente pura: “cuando cayó la noche, hicimos nuestras camas sobre el suelo y los tres niños con vida se acostaron junto a nosotros, y todos lloramos por el angelito que yacía fría y exánime al lado”.

No encontramos épica revolucionaria en este pequeño libro, sino la lucha agobiante por llegar a fin de mes, en medio de las circunstancias más adversas. Seguimos también a Marx en su carrera como periodista y escritor. Lástima que Jenny se centre en su dimensión pública y no en la privada. Al manuscrito del original le faltan algunas páginas. ¿Hizo algún comentario que casaba mal con la leyenda dorada del gran hombre? Tal vez. Lo que está claro es que la historia del marxismo no hubiera sido la misma sin esta voz que permaneció a la sombra demasiado tiempo.

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Doctor en Historia

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