La muerte de Tiramisú

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He destripado a mi oso de peluche. Es de color azul turquesa y sus ojos, nariz y ombligo son bolitas negras de diferente tamaño. Era barrigón. Ya no. Se llama, o más bien, se llamaba Tiramisú y fue el primer regalo que papá le hizo a mamá. Se lo compró en un rastrillo cuando todavía no eran novios y deseaba llamar su atención. Yo no quería romperlo. Lo juro. Aunque la abuela diga que no hay que jurar. Bueno, lo prometo, entonces. Estaba metiéndome en la cama, se cayó y, al intentar agarrarlo en el aire, lo cogí por esa bolita que parece un ombligo y después se oyó un sonido como de silbido, empezó a salirle una espuma blanca y áspera que lo dejó hueco, desinflado.

He reunido toda la espuma y se la he vuelto a meter dentro. No me da tiempo a arreglarlo mejor porque mamá está a punto de entrar. Y me preocupa que se enfade cuando venga a leerme el cuento y vea lo que queda del oso. Es posible que hasta me pegue. Nunca me ha pegado, pero puede que esta ocasión lo haga. Porque he cometido un delito: matar a Tiramisú.

No me pegó la vez aquella que desgarré su cadena de oro cuando me aupó porque corría asustado huyendo del perro del vecino. Estuvo abrazándome mucho rato hasta que se me secaron las lágrimas. Tampoco lo hizo cuando el primo Óscar y yo le dimos un balonazo al jarrón de la abuela y lo partimos en siete trozos. Y eso que la abuela nos chilló un buen rato con su voz aguda que se te clava en el cerebro y que recuerda a esas institutrices odiosas de las películas.

Jamás me ha pegado. Mamá es muy buena conmigo. Siempre tiene mucha paciencia y, aunque haga las cosas mal, me explica cómo mejorarlas. Lo que peor se le da es sumar. Cuando me ayuda con las matemáticas a veces la veo contar con los dedos, igual que hace Rodrigo, el niño más torpe de mi clase.

Papá, en cambio, hace sumas larguísimas y hasta multiplicaciones si usar ni papel ni lápiz. Le gusta contarme cuentos en la cama y espera a que me duerma para, como lo llama él, celebrar la vida con mamá. En alguna ocasión me he hecho el dormido y los he escuchado poner música, bailar, beber y, sobre todo, reírse hasta la madrugada.

Pero de eso hace mucho tiempo. Papá cambió de trabajo y ahora llega muy tarde a casa. Lo veo poco. Ya no me cuenta historias para que me duerma. Es mamá la que me mete en la cama. Sus cuentos no son tan divertidos como los de papá. Elige uno de un libro, no se los inventa y, cuando cree que estoy dormido, me quita a Tiramisú para que no lo aplaste. Siempre me dice que lo tengo que cuidar como si fuera un hermanito pequeño porque es lo primero que le regaló papá.

Desde que no celebran la vida por las noches mamá está triste. Intenta que yo no me dé cuenta, pero sus sonrisas no son como las de antes. Sonríe tanto rato con los labios pintados de rojo que comienza a parecerse al payaso que me regalaron los tíos en mi último cumpleaños y que tengo de espaldas en la estantería porque me da miedo.

Aunque la sonrisa de mamá se parezca a la del payaso, ella no me da miedo. Sé que tengo que protegerla y actuar como el hombre de la casa ahora que papá viene tan poco. La semana pasada solo lo vi dos veces. Mamá continúa poniendo su plato a la mesa y, la mayoría de las noches, lo recoge limpio y lo deja preparado para el día siguiente.

Se abre mi puerta y es mamá. Trae en las manos el libro titulado “1.001 cuentos” y la sonrisa roja en los labios. No me atrevo a decírselo, así que abrazo con fuerza a Tiramisú mientras escucho el cuento de “El gato con botas”. Sé que no me voy a dormir así que decido cerrar los ojos. Después de un rato mi madre deja de leer. Debe de pensar que me he dormido. Me separa las manos y coge a Tiramisú para evitar que lo aplaste sin imaginarse que el pobre peluche está totalmente destripado.

A mi alrededor solo hay silencio, nada se mueve. Abro el rabillo del ojo. Mamá contempla la espuma blanca del oso. Se la mete dentro y aprieta, como si quisiera recomponerlo. Está tan concentrada en el peluche que no se da cuenta de que la observo. “Lo va a coser”, pienso, “mamá va a resucitar a Tiramisú”. Se incorpora y se dirige hacia la puerta. “Busca su cesta de costura. No me va a pegar, ni me va a regañar”.

Cuando ya está a punto de traspasar el umbral se detiene y sonríe al oso con esa sonrisa suya de payaso, la que no le sale del corazón. Deja que se abra la rotura y saca un trozo de espuma blanca. La tira al suelo. Después otro trozo más. Lo vuelve a tirar. Cuando ya no le queda relleno a Tiramisú, le arranca los ojos. Primero el derecho, luego el izquierdo.

Cada vez siento más miedo. Nunca la había visto actuar de esa manera. Sin embargo, no me hace caso, como si yo no estuviera le da una patada a lo que queda del que una vez fue nuestro peluche favorito y cierra la puerta de la habitación.

Me incorporo temblando sin comprender muy bien qué le ha ocurrido a mi madre que ya no es esa mujer siempre amable y comprensiva. Me levanto de la cama y me acerco a la estantería para coger el payaso. Miro su boca y pienso que sí, que es idéntica a la sonrisa que acabo de ver en labios de mi madre.

Vuelvo a la cama y miro debajo. Tiramisú es una tela plana sin relleno, sin ojos, sin alma. El payaso me sigue dando miedo, pero hoy no voy a ser capaz de dormir solo. Lo pongo mirando hacia la pared y lo abrazo para que me haga compañía mientras intento dormir. Al fin y al cabo, ahora se parece a mi madre.

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