(foto: Jaume Prat)


(o un artículo sobre una reforma de vora arquitectura de una casa de pisos barcelonesa en tres tiempos asimétricos)

 

Tiempo 1: Un pavimento de pietra serena.

En los años 90 el arquitecto británico David Chipperfield consiguió que el modista Issey Miyake le encargase una boutique en Londres. La conjunción cliente-arquitecto-época del encargo demandaba una intervención minimalista organizada en pocos elementos bien escogidos que formasen un discreto marco de fondo que hiciese destacar las piezas de ropa. Chipperfield, con la mejor de las voluntades, empezó el proyecto proponiendo un pavimento de carísima pietra serena proveniente de Italia como fondo neutro sobre el que disponer las diversas piezas de su intervención. Miyake accedió contagiándose de la ilusión de Chipperfield por un elemento que tiene una duración de siglos y que podía pasar de cliente en cliente, de uso en uso, caracterizando aquel local independientemente de quien o qué lo ocupase.

Cuando la tienda cerró el siguiente propietario arrancó aquel suelo antes incluso de pensar qué haría allí. Lo que Chipperfield y Miyake no podían pensar era que aquel gesto de buena voluntad sería leído como la imposición arrogante de una pieza de diseño.

 

Tiempo 2: Premiar un fantasma.

Hace tan poco tiempo que he tenido tentaciones de escribir el otro día el estudio del arquitecto Andrés Jaque completó un restaurante en el barrio de Salamanca de Madrid, un esfuerzo de proyecto considerable que resultó en un espacio con su intención y sus cualidades. El negocio no prosperó y al cabo de todavía menos tiempo cerraba. Hará cosa de un mes una institución decidió premiar el proyecto. El grueso del público (entre el que me incluyo) descubrió que se había premiado un fantasma. Aquella obra de arquitectura tan esforzada quedó en nada por las circunstancias que fuesen. El proyecto ya no existe.

 

Temps 3: La memoria de las baldosas.

Necesitamos puntos de referencia. Las condiciones urbanas cambian rápidamente: el uso, el paisaje de los comercios que nos rodea, la calidad de la luz, la presencia de la vegetación, la propia gente. Todo va tan rápido que necesitamos anclarnos a lo que sea. Es por eso que muchas de las nuevas intervenciones buscan fabricarse (o tratar con) un pasado que de una manera un tanto orwelliana nos pueda llegar a hacer pensar que eso siempre haya estado allí. No tenemos suficiente comprando tejanos gastados o ropa de segunda mano: exigimos lo mismo de los comercios donde se venden. Esta situación ha degenerado en situaciones sin interés que buscan mantener las piedras a cualquier precio cuando ya no tiene sentido que sea así, como ha sucedido en el Mercado de Sant Antoni renovado, donde el baluarte de la muralla sobre el que se erigió el mercado ya no tiene cimientos. Como no los tiene el propio mercado, que levita como un objeto extraño que levita sobre el baluarte que levita sobre un aparcamiento. Las piedras están. El contexto se ha marchado. Sólo queda cinismo disfrazado de un ejercicio de nostalgia al lado de un más interesante Lidl, la única pieza que tiene sentido de todo el conjunto. Dentro de este mercado, como dentro de casi todos los locales recientemente reformados de la ciudad, intervenciones de esas instagrameables(1) con muchos materiales cálidos que buscan esa memoria ficticia que sólo consigue confundir nuestros sentidos: nuestra mirada ve una intervención aparentemente sólida, consolidada, con una apariencia que quiere parecer tradicional, incluso rancia, pero nuestro cerebro sabe que eso solo estará allí el tiempo que la economía dicte que pueda estar allí. Esquizofrénico.

Vora arquitectura, un estudio formado por Pere Buil y Toni Riba, han conseguido crear una especie de tercera vía en sus intervenciones. A ellos les debemos el muy interesante espacio que rodea el Centro del Born, un espacio erigido sobre un aparcamiento que arrasó impunemente(2) todo rastro arqueológico existente en su huella. Pere y Toni exhibieron una gran sensibilidad tratando el tema, trabajando con adoquines reusados colocados del revés, dibujando los rastros de lo que había desaparecido sobre el pavimento de manera que podamos imaginar el espacio sin que éste se nos imponga en recreaciones pesebriles, haciendo convivir todo esto con una potente arquitectura entendida como la potenciación de este vacío trabajando en capas superpuestas(3).

Esta manera de operar se ha mantenido en el proyecto que hoy nos ocupa, la adecuación de un pequeño edificio de viviendas construido en 1925 en el barrio del Farró de Barcelona, viviendas que el promotor quiere permanentes huyendo de este uso turístico tan rentable que está devastando el centro de las ciudades. Se trata, pues, de una intervención que debía de tocar lo mínimo para lograr una transformación profunda: los nuevos habitantes serán inquilinos que nada tendrán que ver con los que habían ocupado estas paredes anteriormente. Esta mínima y respetuosa transformación del edificio le da el sentido urbano que tanto preocupa a nuestros arquitectos.

Sobre las viviendas: primero, los espacios se compartimentan menos de lo que estaban. Las habitaciones se especializan poco, exceptuando, obviamente, las cocinas y los baños. La flexibilidad de uso se consigue engordando las paredes para producir nichos para armarios, dejando repisas-almacén entre la altura de las puertas y la del techo (el mismo techo de bigas de madera repicado). El resto se deja a criterio del usuario.

Segundo, el máximo de luz posible. Los patios existentes se han limpiado, pintado de blanco, revestido de baldosas vidriadas que dan la máxima luminosidad posible. Uno de ellos se ha abierto hasta la planta baja para iluminar la entrada. La luz es vida y alegría, por lo que se han empleado todos los recursos al alcance para potenciarla.

Tercero, la lógica incremental. La intervención superpone lo viejo y lo nuevo en un diálogo sensible y rico que ha empezado dejando a la vista todos los rastros de la antigua distribución, ha seguido reusando el máximo de elementos presentes en el lugar (puertas, baldosas, rejas, ventanas…) y ha acabado con la inclusión de nuevos elementos que continúen la lógica de los antiguos sin empastarlos. El proyecto es lo contrario de un pastiche: materiales viejos codificados, limpios, reusados conviviendo con materiales nuevos velados, con esa lógica artesana japonesa que convierte las pequeñas imperfecciones de la ejecución en la expresión del conjunto. Y un juego irónico respecto de la manera tradicional de ocupar una casa de pisos en Barcelona, que estratificaba las clases sociales desde un principal donde vivía el señor hasta unas buhardillas insalubres y bajas de techo donde vivían los sirvientes, aquí convertido en juego de luces y sombras: la misma gama de ornamentación que tatúa todos los nuevos elementos de los pisos, profunda y oscura en el principal, se aclara y pierde profundidad mientras sube, aligerándose, convirtiendo el edificio en un girasol, gobernándolo con una trama secreta que individualiza cada piso codificándolo según su posición. Aquella potencia de las intervenciones comerciales con el pasado falsificado queda aquí convertida en un juego de fragilidades que nos muestra una construcción expresada por todo lo que ha sido y no se ha podido mantener. El cambio de uso, un momento traumático en la vida de un edificio, queda permanentemente evidenciado convertido en aquello que significa las nuevas viviendas: la memoria se ha convertido en lo nuevo provocando un juego de miradas parecido a esos hologramas que muestran una imagen diferente según nuestro punto de vista: ahora viejo, ahora nuevo, ahora viejo, ahora nuevo. Habitamos esta vibración.

Los arquitectos tenemos armas para luchar contra estas falsas memorias tan incómodas de asimilar. Armas que, como se ha visto en los dos primeros tiempos, a veces pueden fallar, pero en buenas manos enriquecen enormemente las intervenciones. Los edificios tienen historia. Manera de recordarnos cómo están hechos. Siempre podemos contar con la construcción. Siempre podemos trabajar desde la complejidad. Entonces la vida se incorporará el conjunto como una capa más. Los recuerdos se superpondrán al conjunto conviviendo con las preexistencias. No se puede pedir más.

 


(1) Ya enuncié en un artículo anterior que este concepto es una demanda habitual entre los promotores de comercios.

(2) El partido político que lo promovió abandera acualmente el revisionismo de la historia más castizo, manierista y hortera que se pueda concebir. Peligroso, incluso. Claramente contraproducente para con sus intereses. Y paro.

(3) Delante del antiguo mercado hay un espantoso palo con una bandera tamaño familiar desproporcionado y torpe que hipoteca parte de la calidad del espacio. No se debe a vora arquitectura.

¿Quieres recibir las novedades de Diario16?
Compartir
Artículo anteriorCaso Banco Popular: aumenta la magnitud de las causas de estafa
Artículo siguienteLa directora de diario16.com, entre las 500 mujeres más influyentes de España
Arquitecto. Construyó hasta que la crisis le forzó a diversificarse. Actualmente escribe, edita, enseña, conferencia, colabora en proyectos, comisario exposiciones y fotografío en diversos medios nacionales e internacionales. Publica artículos de investigación y difusión de arquitectura en www.jaumeprat.com. Diseñó el Pabellón de Cataluña de la Bienal de Arquitectura de Venecia en 2016 asociado con la arquitecta Jelena Prokopjevic y el director de cine Isaki Lacuesta. Le gusta ocuparse de los límites de la arquitectura y su relación con las otras artes, con sus usuarios y con la ciudad.

Dejar respuesta

Please enter your comment!
Please enter your name here

uno + 9 =