Domingo Pingarrones es un macho español de los de toda la vida. Un tipo sobrado de palabra y gesto, altanero como un púlpito y rebosante de barnices. Por lo demás, es bastante falto. Faltón cuando le conviene, que suele ser cuando le tocan sus símbolos patrios. No duda en henchirse de españolidad para poner sus gónadas sobre la mesa ante tal o cual asunto: ora defendiendo las veleidades que se tomó el Santo Oficio contra los enemigos de la Fe, ora para justificar el oscuro patrimonio panameño de algún egregio personaje nacional, sea político, futbolista o cantante. El caso es que, por más razón que le falte, siempre aparenta que le sobra testosterona.

Tuve el dudoso honor de conocerlo anteayer, con motivo de una reclamación: «Reformas y desatrancos Pingarrones, ¡buenos días! ¿En qué puedo ayudarle». Era la voz de uno de sus empleados, que no supo o no quiso entrar en razón por más que le insistí en que los azulejos que me iban a poner eran blancos y no ocres, como los del resto del baño. Mientras, el albañil me miraba sin dejar de vigilar su reloj. Cuando colgué, el azulejo blanco seguía allí. Y yo, sin saber qué decirle al buen hombre: «Entonces, ¿qué?, ¿lo pongo?». Como es mi costumbre en estos casos, conté hasta diez para no arremeter verbalmente contra el señor que tenía delante, que ninguna culpa tenía. Le pregunté cuánto podría esperar para que me trajeran unos azulejos más parecidos a los ocres. Habida cuenta de que apenas paro en casa hasta la noche, de que estaba hasta las narices de respirar los efluvios ascendentes de los cuartos de baño de los pisos inferiores y de que no supo concretarme más que “entre quince o veinte días”, accedí a que pusiera los ocho azulejos blancos. Lo terminó en algo menos de una hora. Transcurso que aproveché para volver a hablar con la persona que me había cogido el teléfono la primera vez, y con idéntico resultado. Así que salimos de casa: el albañil, hacia otra reparación; yo, a hablar en persona con el señor Pingarrones.

El cuartel general es una de la naves que te reciben a la entrada del polígono industrial. Consta de un aparcamiento para una docena de turismos, comunicado con una gran explanada donde se almacenan materiales pesados de construcción y donde operan un par de toros mecánicos llevando vigas y palés de ladrillos. Más al fondo se encuentra un almacén techado. Y en el centro se alza majestuoso un edificio de oficinas, que es donde entré. Amablemente me atendió una joven de amplia sonrisa y con un pinganillo que le recogía el pelo que le caía por un hombro. «¡Buenos días! ¿En qué puedo ayudarle?». Agradecí el ofrecimiento y le expuse brevemente mi caso. «Desgraciadamente, don Domingo está reunido», me indicó conciliadora. «Esperaré». Era festivo en mi localidad de trabajo, así que podía desencadenarse la tercera guerra mundial, que no me movería de allí. Era un recibidor amplio, sobrio y frío, pero daba el pego de la publicidad. Me dio tiempo a ojear unos folletos tan profesionales como su página web hasta que una voz bronca me sacó del ensueño. «Hola, buenas. ¿Deseaba verme?». Admito que el tipo sabía llevar el traje: treintañero, sin corbata, no era precisamente un armario, pero tenía el porte de los tumbados al caminar, en una mano sostenía el teléfono, la otra la escondía en un bolsillo del pantalón, al estilo de Javier Bardem en “Jamón, jamón”. Me incorporé y noté que se alzaba sobre la punta de sus zapatos sin retirarme la mirada. Simplemente, le sonreí y estiré mi mano para saludarle: «Jose. ¿Cómo está?».

Subimos en el ascensor y pasamos a su despacho, que era toda la cuarta planta —sé que lo hizo por alardear—. «No se siente; voy a ser rápido: lo primero, decirle que, si tiene algún problema con nuestros servicios, hable con su seguro; segundo, decirle que aquí nadie va a traerle los azulejos que más le gusten, y tercero, decirle que ahí tiene la puerta». Yo, que soy de natural pacífico, me senté en un cómodo sillón. Apenas pasó un minuto. «¿Me estás vacilando?». Tan pronto como sentí su aliento almizclado, me levanté y acerté a señalarle la pared donde exhibía sus premios y menciones. En ese momento sonó el teléfono que mantenía en la mano. Me dejó con la duda, pues, al reparar en su orla de Derecho, iba a preguntarle si aún le había dado clase Ordóñez Maeztu, un hueso de Procesal. Tras concluir la conversación telefónica, me dejó claro que le importaba tres cojones mi curiosidad y que… Hasta que le interrumpí: «Domingo, dejemos de lado estas menudencias y hablemos de negocios». Su rostro pareció descongestionarse. Proseguí: «No se preocupe por los azulejos; tenía pensado reformar el baño. Pero no, no ahora…». Metió la mano con el teléfono en el bolsillo libre del pantalón con actitud expectante. «Tronco, no te entiendo». Créanme si les digo que esa frase unida a su gesto era lo más parecido al ademán de un chimpancé que se rasca el cogote. «No, Domingo. Confieso que vine molesto y con intención de montarla. Pero estoy viendo todos estos certificados de calidad y pienso en el esfuerzo que debe de haber llevado sacar esta empresa adelante, ¿no es así?». Ni siquiera asintió; un extraño esbozo de sonrisa me bastó para continuar: «Colaboro en prensa y estoy interesado en hacer un reportaje sobre empresas españolas modelo…».

Lo que vino después es digno de contarse, pero, por honor al personaje, no voy a narrar cómo se deshizo en disculpas. Únicamente voy a limitarme a cumplir el pacto. El tipo me contó que la empresa la creó su padre en sus tiempos de fontanero, quien, por aquello de especializarse en montar las cisternas de los retretes, se quedó con el sobrenombre de el fuminaya (me explicó que es el nombre genérico, tomado de una empresa fabricante, que se suele dar al mecanismo que llena y vacía la cisterna; al principio me sonó a héroe japonés). Me insistió mucho en el origen humilde, pero pasó por alto algunas respuestas sobre la financiación: le quitó importancia aludiendo a que “lo importante es tener buenos contactos” —aquí estoy yo para refrendarlo—. Dejó resbalar algunos nombres en consejos de administración de algunas constructoras y entidades financieras, y algún político, todos de medio pelo pese a algunos momentos de gloria en publicaciones recientes sobre corrupción. Le creí, pues parecía claro que trataba de recuperar la buena estrella de aquellos burbujeantes años al pasar yo a formar parte de sus “buenos contactos”.

Hoy sábado por la mañana han sustituido los azulejos blancos por ocres. No son exactamente iguales que el resto, pero apenas desentonan. Ahora se podría decir que aquí no ha pasado nada y que se cierra el pacto: “(…) yo, que siempre cumplo un pacto cuando es entre caballeros, les tenía que escribir esta canción” —¡Dios, Sabina, cómo te quiero!—.

Aquí tienes tu reportaje, Domingo.

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1 Comentario

  1. Esto es como cuando vas a comer a un restaurante y te encuentras un pelo o una mosca en la sopa. Mejor que pedir el libro de reclamaciones es decirle al dueño que estás haciendo un reportaje sobre los mejores restaurantes de la zona. Azulejos, no; pero seguro que te cambian el plato y te invita la casa, con café y todo.
    Saludos.
    Cayetano.

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