¿Dónde están los filósofos de la izquierda? ¿Dónde los pensadores progresistas que muestren el camino? Aurélie Filippetti, la ex ministra de Cultura francesa que dimitió por estar en desacuerdo con la política de austeridad impuesta por Valls y Hollande, ponía de manifiesto su  hartazgo político por ese perverso razonamiento que conduce a que para los socialistas “el realismo sea siempre sinónimo de renuncia.” El también dimitido ex ministro de Economía galo, Arnaud Montebourg, autor del libro “¡Votad la desglobalización!”, nos obsequia con ideas como esta: El conjunto del sistema de decisión política ha sido tomado como rehén de manera permanente y las políticas alternativas se han considerado cada vez más como irrealistas o, lo que es peor, como utópicas (…) Reina la impotencia y la sensación de que ‘nunca se hace nada’, la convicción de que no hay diferencia entre izquierdas y derechas.”

Es esta falta de relato alternativo lo que produce que la ciudadanía esté perpleja ante su propia indefensión. Sin embargo, el socialismo ha dejado de aceptar el carácter antagónico de la sociedad en la cual no existe la neutralidad puesto que la lucha es constitutiva y, por tanto, las fuerzas de progreso han perdido su universalidad, esto es, la capacidad de hablar en nombre de la emancipación universal, ya que para el socialismo la única manera de ser universal es aceptando el carácter radicalmente antagónico, es decir político, de la vida social. Es como si los dirigentes progresistas consideraran que los planteamientos de la izquierda fueran un producto del pasado, impracticables, lo que les envuelve en una melancolía sarcástica cuyo paradigma está en el Calígula de Albert Camus: no es el vacío argumental lo que les define, sino su propio vacío, la ausencia de sí mismos.

Ante ello, han puesto todas sus energías en las políticas identitarias como sustitutivo de las emancipadoras socialmente, lo que significa la despolitización de hecho de las fuerzas de progreso. La política identitaria posmoderna de los estilos de vida particulares –étnicos, sexuales, etc.- se adapta perfectamente a la idea de la sociedad despolitizada. Este ecosistema social se sostiene en la tesis de que vivimos en una sociedad postideológica, en que se habrían superado los viejos conflictos de clase, entre izquierda y derecha, y en la que las batallas más importantes serían aquellas que se libran por conseguir el reconocimiento de los diversos estilos de vida. Pero, ¿es realmente así? Se pregunta Slavoj Zizek, ¿Y si la forma habitual en que se manifiesta la tolerancia multicultural no fuese, en última instancia, tan inocente como se nos quiere hacer creer, por cuanto, tácitamente, acepta la despolitización de la economía? En este ámbito de la postpolítica el conflicto entre visiones ideológicas, encarnadas por los distintos partidos que compiten por el poder, queda sustituido por la colaboración entre tecnócratas –economistas, expertos en opinión pública…- y los liberales multiculturalistas, mediante un acuerdo en forma de consenso más o menos general.

Ello implica la imposibilidad de cualquier redistribución del poder y la banalidad de los conceptos de liberalización de la ciudadanía. Stefan Zweig escribió en sus memorias sobre la caída de la Europa ilustrada de entreguerras: “Lo que pasaba en el mundo exterior sólo ocurría en los periódicos“. La supremacía del poder económico y sus capilaridades políticas y mediáticas producen la invisibilidad de las auténticas necesidades de la gente, degradando conceptualmente los valores de la libertad, la justicia y la igualdad a través de la despolitización. Las muy dignas muchedumbres germano orientales, nos cuenta Zizek, que se reunían en torno a las iglesias protestantes y que heroicamente desafiaban a la Stasi, se conviertieron de repente en vulgares consumidores de Big Mac y pornografía barata; los civilizados checos que se movilizaban convocados por Vaclav Havel y otros iconos de la cultura, son ahora pequeños timadores de turistas occidentales.

En ocasiones la modernización de las ideas no es más que la modernización del lenguaje, el cual, por moderno que sea, no resuelve los problemas. Más que una huida hacia adelante es, en realidad, un salto hacía atrás, sobre todo, cuando se está dentro del sistema y el sistema se hace inhóspito para las mayorías sociales cuyos intereses se deben defender. Según Adorno la sociedad industrializada presenta una estructura que niega al pensamiento su tarea más genuina: la tarea crítica. En esta situación, la filosofía se hace cada vez más necesaria, como pensamiento crítico para disipar la apariencia de libertad, mostrar la cosificación reinante y crear una conciencia progresiva ante la radicalidad del modelo neoliberal que trata de imponer un cambio de mentalidades que lo normalice y con ello la hegemonía cultural mediante el control de las representaciones colectivas.

El socialismo disfrazó como profunda controversia ideológica lo que no era sino una discusión con pretensiones sobre estrategia y propaganda electoral. La consecuencia son líneas estrategias prometiendo empleabilidad, flexiseguridad, gobernanza global, y otros aparatos semánticos que en realidad no resuelven nada porque no significan nada, olvidando, como afirma D. Motchane, que el camino del socialismo es la profundización y la ampliación de la democracia en toda la esfera de la vida política, económica y cultural.

 

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