Los males del mundo son muchos, pero su causa múltiple, en mi humilde opinión, tiene una base única. El hombre se ha tomado demasiado en serio su afán de modelar el mundo, como si dicha capacidad lo hiciera superior al mundo mismo. Una mujer, si fuera el caso de que una civilización matriarcal hubiera triunfado, habría exhibido otros defectos, pero sin duda nunca hubiera actuado así. El principio creador del planeta Tierra está emparentado al hecho de ser madre, y eso es algo que nunca podrá interiorizar un hombre. Menos aún, si su idilio ofuscado con el dinero y el dominio lo abisma a destruir su propio ecosistema.

Los hechos y las consecuencias de los seres humanos nos nublan con sus variados orígenes, pero el hilo conductor es demasiado evidente y burdo para contemplarlo. Su evidencia misma lo descarta, porque admitirlo nos señala, y reconocernos como el problema parece estar fuera de nuestra misma naturaleza. Los años, la evolución, la cultura y la religión misma parecen habernos inculcado que somos lo más. El culmen coronado de la naturaleza, cuya existencia es prueba y aval suficiente para mirar al resto de la vida y a las cosas que nos rodean, con desdén; no por nada estamos hechos a imagen de Dios. No ha de extrañar, por tanto, que nuestra conciencia y poder creador nos induzcan a actuar como si el resto de lo creado, existiera para servir a nuestro antojo.

Un niño no repara en el juguete, sino en el juego, y sólo cuando éste se rompe comprende el doble alcance de su entretenimiento.

Un poco de perspectiva, en dosis repetidas, aplacaría la exacerbada Importancia Personal que sufre el ser humano. Pero la problemática radica en la imposibilidad pragmática de hacerla realidad, lo que implicaría poder viajar al espacio para tomar conciencia directa de nuestra insignificancia. Los hechos convencen más que la teoría, y está claro que no nos basta con el puro conocimiento. La ciencia y la astronomía calculan que 200.000 millones de estrellas pueblan La Vía Láctea, y que como ésta, otras 200.000 millones de galaxias existen en el Universo que podemos contemplar. El cálculo exponencial tiende al infinito si añadimos los planetas y satélites que albergará cada estrella, más aún si presuponemos que más allá de las nebulosas que puede captar el telescopio Hubble, podrían existir miríadas de incalculables otras.

“Un punto azul pálido”, como la famosa foto que en 1990 tomo el Voyager I del planeta Tierra antes de abandonar el Sistema Solar, no es lo que somos. Ese grano de polvo en mitad de la penumbra cósmica, como describiría Carl Sagan esa instantánea, en su libro del mismo título (Pale Blue Dot), es un todo que nos alberga, y nosotros dentro de él no somos más que una mínima parte. Aunque tendemos a olvidarlo y a creernos que poseemos la totalidad de lo que el planeta aloja.

El Orbe celestial, la naturaleza y la vida exhiben un equilibrio que el ser humano ha parecido olvidar, invadido por una entropía que confunde la libertad con el egoísmo y el bien común con el interés propio y a corto plazo. Una sociedad no es más que la suma de sus sujetos y el egoísmo general no puede ser más que fruto de los ajenos. La individualidad ha olvidado al grupo, y el pesar no incumbe si no es propio. Supuestamente el ser humano es un animal social, pero los avances logrados se vertebran sobre disposiciones sociales que no igualan su uso, sino que lo supeditan a reglas de posesión, interés y dominio. Cuando hasta el último rincón del planeta tiene dueño y éste es particular y no común, se comprende que millones de congéneres pasen hambre cuando existe la capacidad de que todos se nutrieran suficientemente, o que la desesperada inmigración que huye de la guerra y la miseria sea considerada una cuestión de seguridad y de ilegalidad, en vez de entonar el mea culpa y admitir que una civilización basada en la desigualdad no puede autodenominarse, igualitaria, democrática y libre.

La jerarquía, la dominación y abuso del propio igual, principia en el desamparo particular. Una persona no puede pararse a pensar en el otro si la lucha por ser y afirmarse parece ser una carrera individual plagada de espejos que sólo piensan en sí mismos. La Importancia Personal de aquel que escala en la pirámide jerárquica le puede otorgar el poder y la riqueza que las sumas de miles de sus congéneres nunca tendrán, pero su ego ha interiorizado su valía como indiscutible y merecida, por lo que jamás se parará a pensar y actuar en favor de los otros. Cómo cambiaría la civilización humana, si aquellos que tienen el poder de transformarla, los famosos y multimillonarios, ejercieran de portavoces de aquellos que no tienen voz ni poder, y su implicación en campañas aparentemente bienintencionadas, que sólo sirven para aderezar su imagen y ego, los ocupara más de lo que sus apretadas agendas les permiten.

La armonía del Universo no se refleja en el hombre, quizá ese y no otro sea el órdago que debe enfrentar la humanidad si quiere pervivir y trascender esa exagerada Importancia Personal que nubla nuestro entendimiento. Aún no hemos traspasado los límites de nuestra maltratada mota de polvo y nuestro ego sigue empeñado en creerse el más preciado tesoro de la existencia.

El tiempo corre y en su totalidad no somos más que un guiño. Un atisbo de luz que el tiempo borrará, inducido tal vez por los derroteros que nuestra propia naturaleza marca, a menos que comprendamos e interioricemos que el equilibrio y el balance del Universo debe reflejarse en nosotros, y no sólo como individuos, sino principalmente en la suma que nos convierte en sociedad. Porque sólo así podremos sobrevivir y justificar que nuestra Importancia Personal, tiene un mínimo atisbo de verdad. Claro está, si es que en realidad lo tiene.

¿Quieres recibir las novedades de Diario16?
Compartir
Artículo anteriorRajoy respalda hoy al PP de Castilla y León sin Herrera
Artículo siguienteÉrase una vez una democracia
Martius Coronado (Vva del Arzobispo, Jaén 1969). Licenciado en Periodismo, Escritor e Ilustrador. Reflejo de la diáspora vital de vivir en Marruecos, USA, UK, México y diferentes ciudades españolas, ha ejercido de profesor de idiomas, jornalero, camarero, cooperante internacional, educador social y cómo no, de periodista en periódicos mexicanos como La Jornada, articulista de revistas como Picnic, Expansión, EGF and the City, Chorrada Mensual, RCM Fanzine, El Silencio es Miedo, también como ilustrador o creador de cómics en diferentes publicaciones y en su propio blog. La escritura es, para él, una necesidad vital y sus influencias se mezclan entre la literatura clásica de Shakespeare o Dickens al existencialismo de Camus, la no ficción de Truman Capote, el misticismo de Borges y la magia de Carlos Castaneda. Libros: El Nacimiento del amor y la Quemazón de su espejo: http://buff.ly/24e4tQJ (Luhu ED) EL CHAMÁN Y LOS MONSTRUOS PERFECTOS http://buff.ly/1BoMHtz (Amazon)

Dejar respuesta

Please enter your comment!
Please enter your name here

quince − 10 =