Hace algún tiempo tuve la suerte de disfrutar de una cena-tertulia con el insigne doctor César Pérez de Tudela. Quizá conocido sobre todo por su relación con el alpinismo —es, de hecho, uno de los más conocidos divulgadores de este deporte en España—, Pérez de Tudela es, además, un pozo de sabiduría del que uno puede aprender muchísimo.

Don César es licenciado en Derecho, doctor en Ciencias de la Información y miembro de la Real Academia de Doctores de España. Es, además, escritor —ha escrito más de 30 libros—, ha colaborado en programas de radio y televisión, y ha recibido numerosos premios, entre los que se encuentran la Medalla de Oro de la Real Orden al Mérito Deportivo, la Cruz de Plata al Mérito de la Guardia Civil, Placa de Honor de la Mutualidad General Deportiva, y muchos otros. Y a pesar de todo esto (y mucho más, que no relato aquí, pues entonces este artículo no acabaría nunca), es una persona humilde, que no alardea de sí mismo ni de sus logros, con quien se puede hablar de tú a tú y dispuesto a transmitir todo su conocimiento con el único fin de estimular a cualquiera que quiera escucharle a vivir una vida plena y rica, como la que ha vivido —y sigue viviendo— él mismo.

Decía que Pérez de Tudela es un pozo de sabiduría. Pero lo es, además de por su extensísima cultura y abundancia de conocimientos, fundamentalmente por su amplísima experiencia de vida. Don César ha estado varias veces al borde de la muerte, se ha enfrentado a ella cara a cara —él dice que ha vuelto más de una vez de la muerte—, y eso le ha dado una vitalidad, un optimismo ante la vida, una fuerza para luchar contra las adversidades dignas de admiración.

Uno de los sucesos más trágicos a los que tuvo que enfrentarse fue la muerte de su mujer, Elena de Pablo, en una expedición al Himalaya. Tras coronar un duro pico de casi 8000 metros, bajaba emocionado al encuentro de Elena. Lo que encontró fue un cadáver. En su propio blog habla de aquella tragedia, y dice que ello representó para él una vacuna contra la vanidad y un doctorado de la vida.

Escuchar a César Pérez de Tudela es una grandísima suerte. Uno sale con más ganas de vivir, con mayor ilusión por alcanzar los propios sueños, con una gran vitalidad, con ganas de pelear hasta la extenuación por superarse a si mismo día a día. Podría extenderme hasta el infinito, seguir escribiendo líneas y líneas. Aquella tertulia fue para mí una gran lección, y, como digo, una inyección de optimismo. A menudo nos quejamos demasiado por las dificultades que la vida nos presenta —yo, al menos, he de reconocerlo, lo hago—, y en lugar de ello deberíamos afrontar las cosas como vienen y vivir la vida en su máxima expresión, exprimirla hasta agotarla, reírnos de nosotros mismos, de los peligros a los que podamos enfrentarnos —deberíamos arriesgar, pues llevamos una vida demasiado cómoda y ese es uno de los mayores males de la sociedad de Occidente—, de las tragedias que la vida trae consigo.

Decía aquel día Don César, que si cae de una montaña lo más que le puede pasar es matarse. Y así es. Quizá la muerte no sea tan trágica como nos la presentan. O sí. Es posible que lo sea, si uno no ha sido capaz de vivir a tope, si uno ha dejado que los días vayan pasando sin más, que las hojas del calendario de su vida se vayan cayendo sin haber escrito en ellas nada interesante. Entonces, sólo entonces, es posible que la muerte sea una tragedia. Pero si uno ha sido capaz de vivir la vida como nos la presentó César Pérez de Tudela, entonces la muerte no es más que otra etapa, el siguiente paso, el definitivo, el del encuentro con la eternidad, represéntesela cada uno como se la represente.

Estamos a tiempo —siempre lo estamos— de dar un giro a nuestras vidas. De convertirlas en algo especial, rico y lleno de aventura. La vida es una gran montaña que todos tenemos que subir, y no vale quedarse abajo mirándola sin más, por miedo a los peligros que podamos encontrar en el camino. Si hacemos eso, si renunciamos a subir la montaña, si renunciamos a vivir, nos iremos apergaminando poco a poco y nunca alcanzaremos la tan ansiada felicidad. Vivir significa arriesgar, ganar unas veces y perder otras, caer y volver a levantarse, superar dolores y tragedias, reír y llorar con ganas, luchar, luchar hasta el agotamiento, luchar hasta el último suspiro.

Gracias, don César, por su gran ejemplo. Gracias de corazón.

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