Al final, la gran exclusiva mundial sobre los papeles de Panamá ha servido para demostrar un hecho tan viejo como el mundo: que los ricos ocultan su dinero allá donde pueden para que no caiga en manos de los pobres. En el Neolítico, los jefes de la tribu ya metían los granos de trigo debajo de las piedras; los griegos lo guardaban en el Tesoro de los Atenienses, primer banco de la Historia; la Iglesia fue la gran banca de la Edad Media, con diezmos y todo; en el Renacimiento los comerciantes venecianos movían el parné del Mediterráneo y Delaware fue el primer paraíso fiscal moderno para los peces gordos de la Calle del Muro, que en realidad es lo que significa Wall Street.

El muro, de madera y lodo, lo levantaron los colonos holandeses para protegerse de los indios y luego plantaron un árbol al pie del cual se reunían banqueros y especuladores para cerrar sus negocios. Desde entonces la humanidad no ha hecho otra cosa que ir levantando muros de norte a sur.

Quiere decirse que refugios para el dinero prófugo y fácil como Panamá siempre los ha habido y siempre los habrá. La novedad no está tanto en la noticia de que hayamos destapado a las empresas opacas que nos birlaban las divisas, sino en que hemos puesto nombre y apellido a los caraduras.
Pedro Almodóvar (éste me ha dolido), Pilar de Borbón (me lo esperaba, había antecedentes de grave parasitismo borbónico y urdangarinesco), Leo Messi (el de Rosario ya apuntaba maneras en el manejo del regate traicionero), Arias Cañete y los Pujol (tampoco nos sorprende, estos están en todas las salsas) y otros muchos, son solo puntas de iceberg en ese oceáno infinito y hediondo que es la condición humana.

Muchos se jactaban de ser gentes honradas y honestas, y hasta se permitían el lujo de darnos lecciones de moralidad y patriotismo cuando en realidad estaban practicando el bandolerismo internacional organizado y el ladronismo a gran escala. Intelectuales de primera fila que pasaban por ser la conciencia crítica y libre de Occidente ante los abusos e injusticias, políticos en apariencia respetables que conminaban al pueblo a apretarse el cinturón y a pagar religiosamente sus impuestos mientras ellos metían la pasta, a buen recaudo, en la cueva segura del offshore de ultramar, y deportistas que de cuando en cuando organizaban filantrópicos partidos de fútbol para acabar con el hambre en el mundo, eran en realidad cacos alevosos y nocturnos con saco y antifaz.

Toda esta gente, todas estas familias y aristocracias del gran orbe, llevaban una doble vida, una doble moral y una doble contabilidad. Grandes discursos y soflamas sobre la honradez y la dignidad humanas durante el día; infamantes operaciones financieras en la clandestinidad de la noche.

Desde las clases sociales más elevadas a las políticas, pasando por las elites culturales y las deportivas, parece que todos participaban de esta gran evasión, de esta conjura de necios, de esta estafa global, causa y origen de todos los males que aquejan a la humanidad. Con la boca grande predicaban los nobles valores humanistas como la dignidad, la solidaridad, la honradez y la justicia social, pero con la boca pequeña mantenían trato y negocio con los consultores mefistofélicos del fraude, la ratería, el desfalco y el saqueo.

La exclusiva de los papeles de Panamá, vendida por La Sexta bajo el sello de gran primicia trabajada por miles de periodistas de todo el planeta (por cierto, vaya exclusiva cutre que todo el mundo lo sabía) ha puesto a cada uno en su sitio. A partir de ahora, cuando vengan a darnos clases de moralidad en alguna película o libro, cuando nos salgan con el falso e hipócrita sermón en algún discurso parlamentario o en alguna rueda de prensa pos partido, ya sabremos quiénes son en realidad. Los ingenieros, arquitectos y aparejadores de la gran mentira del mundo.

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