El Sol, ahí arriba. Magno y poderoso. Fascinante y tan solo explicable porque existen los astrónomos. Humilde frente a nuestra arrogancia y condescendiente ante nuestra soberbia. Ni se inmuta aunque una española lo haya escriturado ante notario y venda parcelas a buen precio ahora que la burbuja inmobiliaria estelar aún no ha explotado y la, aún no extinta y renovada, jet set marbellí o no se ha enterado de la frivolidad o prefiere seguir tostándose a distancias más prudenciales en alta mar. El Sol; él, que no entiende de propiedades privadas ni de desahucios. 

Simple. Existimos porque quiere. Es la principal fuente externa que tenemos, por no decir la única; y es de tal importancia, que la vida y todos sus procesos dinámicos dependen, directa o indirectamente, de su energía. Y él nos la regala. Firme desde su posición, nos observa y se desgasta cada día para nosotros y calla ante esos déspotas sin luz y muchas menos luces que firman un Real Decreto para cobrarnos impuestos a su costa.

En la antigüedad, cuando no se sabía ni de lindes ni de monedas, era el astro de referencia y objeto de reverencia en todos los continentes y en cada una de las culturas. Desde Japón a Babilonia; desde África a América.  Nosotros (ellos; aquellos), la Tierra, tan solo podíamos venerarlo desde nuestra órbita en un lento pero astronómicamente fugaz movimiento de traslación de 365 días, 5 horas y 57 minutos de duración.

Así que tiene sentido que nuestros antepasados asociaran los fenómenos de la naturaleza a fuerzas muy por encima de ella, a fuerzas sobrenaturales. Y tiene sentido que los adoraran como dioses. Era la única manera de entender el porqué de la existencia de las lluvias, de los rayos y del Sol, por nombrar unos pocos, y el porqué de sus efectos sobre la vida diaria. Al ser el Sol la principal fuente de vida, es lógico que haya sido clave en prácticamente todas las religiones y mitologías.

Así en Egipto, el Sol, Ra para los que gusten de completar autodefinidos, era considerado el creador de todos los dioses y de la misma humanidad. Y moría al anochecer para renacer al día siguiente. En casi todas las culturas precolombinas de Mesoamérica eran humanos los que morían sacrificados, muchas veces en su nombre. Los Incas y, aun hoy en día en Perú, se celebra el Inti Raymi en honor a Inti (Dios Sol), coincidiendo con cada solsticio de invierno el 24 de junio (San Juan en nuestro hemisferio). Aquí hacemos hogueras. En Inglaterra, miles de personas se reúnen cada año para ver amanecer en Stonehenge como antaño hacían druidas y paganos. En la India se bañan en ríos a la salida del Sol; en Japón se dirigen en Año Nuevo a la costa para ver amanecer…

Pero a lo que yo ya no le encuentro sentido es a esa simulada veneración, cada vez más frecuente, en algunas de nuestras playas: aplaudir las puestas de Sol. Hay gente que aplaude al Sol cuando se pone. Son hippies 2.0 que embriagados por el sonido de los timbales de Benirrás y el humo del hachís marroquí que llega a Caños de Meca, miran al ocaso y aplauden mientras asienten con la cabeza; algunos lloran y se abrazan. Luego suben las fotos a sus redes sociales y las comparten inmediatamente por Whatsapp, un día tras otro, con el espíritu de Kerouac, Ginsberg y de aquel verano del 67 en San Francisco, en el desagüe.

Siento decir que, pese a que el espectáculo de una puesta de Sol es algo fascinante y digno de ver, el Sol en sí no hace nada extraordinario. Se rige por una serie de leyes termodinámicas, físicas y químicas y ya está. Es a la Tierra a la que deberíamos aplaudir si acaso, que es la que se mueve (más que el Sol) y la que provoca ese espectacular efecto. Por hacer un símil algo exagerado, es como si aplaudiésemos a las personas por la calle por el hecho de ir caminando de pie. Quedaría raro e incluso algo psicópata. Es la gravedad la que nos mantiene así; nosotros no estamos haciendo ninguna virguería al mantenernos pegados al planeta.

Pero puesto a meter el dedo en la llaga, me pregunto ¿por qué aplaudir solamente a las puestas de Sol y no a otros efectos más que especiales que nos dejan fotografías asombrosas? ¿Por qué no aplaudir a las lluvias de estrellas? ¿O a las olas que chocan violentas contra un acantilado? ¿O al arcoíris tras la tormenta?

Un fenómeno al que no se presta atención y bien merece un aplauso es la erosión. Imaginad volver de viejos a la misma roca en la que nos subíamos de pequeños y ver que apenas ha cambiado; volver al mismo mirador del río y que el meandro que rodea nuestro pueblo siga aparentemente igual; observar desde el acantilado al que íbamos siendo niños y sentir que las mismas rocas y salientes resisten de la misma manera. Pero han cambiado. Todo envejece con nosotros aunque su ritmo no lo percibamos de la misma manera en la que percibimos nuestro propio envejecimiento. Si, gracias a la erosión, fuéramos conscientes de lo insignificantes que somos ante tanta grandeza, entonces eso merecería un fuerte aplauso. Pero no; yo no he visto grupos de hippies 2.0 aplaudiendo a una roca; aplaudiendo, al fin y al cabo, a sus propias vidas y aceptando la compleja e ínfima naturaleza del Ser Humano.

Quizás porque el buenrollismo irreal de las calas comerciales y las puestas de Sol guiadas, sucede cada veinticuatro horas y entre superficialidad y superficialidad, sacamos unos minutitos para dedicarle al Sol el respeto que no sólo se merece en verano. Porque la sociedad, hoy en día, vive muy rápido; sin tiempo para apreciar la erosión. La sociedad vive sin tiempo para pensar.  

 

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(Valladolid, 1978) es cómico, responsable de redes y guionista en radio, previamente en televisión. Licenciado en Veterinaria, dejó el mundo animal para pasarse al humano, mucho más animal si cabe, según él. Hombre de bar de servilleta al suelo y fácilmente indignable.

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