-¡Leandra! , vamos a parar un momento en la gasolinera, si necesita hacer un pis, aproveche, tengo que echar gasolina y hacer algunas compras, (y diciendo esto, hizo un guiño a Sandra, su mujer).

En el coche también se encontraba Asier de tres años, hijo de ambos, único nieto de Leandra.

-Estupendo hijo, porque ya no aguanto más, ya me entenderás cuando llegues a mi edad.

Javier salió de la autopista para entrar en un área de servicio en las afueras de la nada. Había un coche rojo repostando cuando ellos entraron, pero inmediatamente salió.

Bajó del auto, compró unos bocadillos, puso combustible. Cuando terminó, preguntó a Sandra, (que se había quedado en el coche cuidando del niño), ¿Dónde está mi madre?

Ella, con la mirada clavada en su hijo, contestó: “Ha ido al servicio”

Los lavabos estaban detrás de la gasolinera. Se aseó las manos mientras se miraba en el espejo. Vio la puerta del cuarto de baño cerrada y preguntó:

– “¿Hay alguien?”.

Una voz dulce y ajada por el tiempo dijo:

-“¡Ocupado!”.

Al instante se abrió; era una mujer de avanzada edad, se miraron durante unos segundos, sonrieron, y dejándola pasar, se retocó un poco el cabello en el espejo y se fue.

Leandra, sacó del bolso su peine y acicaló el moño que llevaba y sin dejar de mirarse en el espejo, estiró bien su vestido y colocó el collar de perlas en su cuello. En la puerta, segundos después, llegó la misma señora con la que se había cruzado minutos antes…, nerviosa, inquieta, angustiada.

-¡No veo a mi hija!, paramos un segundo a llenar el depósito y ahora no está, ni el coche tampoco.

-Tranquila, estará comprando en la tienda, voy con usted.

Mientras iban de camino, recordó que al entrar ellos en el área de servicio, había un automóvil, pero salió en cuanto ellos pararon. Miró con incertidumbre a su acompañante.

En la gasolinera no había nadie; en la tienda, vacía también, estaba el dependiente colocando unas botellas de vino.

-Señor, por favor, ¿ha visto usted a mi hija?, las dos íbamos en un coche rojo, no recuerdo el modelo.

-¿Su hija?, pues si es así, se ha olvidado de usted, porque se ha ido hace unos diez minutos.

-¿Ha dicho algo?

-No, me pagó y se largó. ¿Vienen ustedes juntas?

-Yo vengo con mi hijo, mi nuera y mi nieto, pero, ¿dónde están?. Tampoco veo el coche, ni a ellos.

-¿Su hijo?; compró algunas cosas y después de echar combustible, pagó y se marchó, llevaba mucha prisa.

Confundidas y aterradas seguían sin entender lo que ocurría. Podía ser que hubieran cambiado de sitio el coche para descansar, para comer, para lo que fuese pero, su búsqueda fue en vano, no había nadie, solo aquel dependiente.

Recorrieron todo el recinto, a pesar de no hacer falta porque, desde cualquier punto se divisaba la finca.

Volvieron a pasar por la puerta de los servicios. De dentro salía un sonido de agua. Miraron y el grifo estaba abierto. Aprovecharon para refrescarse un poco, se mojaron la cara y la nuca. Hacía bastante calor y sumado al nerviosismo, se derretian. Vieron por segunda vez su rostro reflejado en aquel espejo, ahora juntas. Eran casi de la misma edad y con la misma mirada perdida.

Leandra cerró el grifo, pero… ¿Qué estaba ocurriendo?, lo que antes era silencio, ahora era bullicio. Unas niñas entraron apresuradas gritando:

-“¡Yo primero!”

Iban acompañadas por una señora que les gritaba:

-“¡Despacio!”

En un instante se hizo una fila de personas esperando para entrar.

Ellas dos, salieron y se miraron con asombro, la gasolinera estaba llena de coches, la tienda repleta de personas comprando. Un olor a pan recién hecho inundaba el aire. Había varios dependientes muy bien uniformados.

-¿Mamá?, ¡por fin te encuentro!, llevo un buen rato buscándote, ¿dónde te habías metido?, me habías asustado.

-¡Leandra! ¡Por dios! ¿Dónde estaba?, su hijo la ha llamado al móvil repetidas veces, ¿no lo ha oído?, estábamos muy preocupados y su nieto no paraba de repetir su nombre.

Ella, sin decir nada y algo confusa, cogió a su nieto en brazos, le respiró y besó.

Vio como marchaba su amiga desconocida con su hija del brazo, una sonrisa iluminó su cara.

Ya subidos al coche, Leandra bajó la ventanilla, hacía mucho calor dentro, entonces fue cuando se quedó sin respiración, en ese momento pasó el mismo dependiente que las había atendido minutos antes, iba cargado con unas bolsas de hielo. Él, con una sonrisa y sin dejar de mirar a Leandra, guiñó un ojo.

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