Juan Carlos I, en el momento de saludar a Mohamed bin Salmán.

Hay amistades poco recomendables, peligrosas y directamente indeseables. También hay amistades que matan, nunca mejor dicho, como la que tiene el rey emérito Juan Carlos I con el príncipe heredero de Arabia Saudí, Mohamed bin Salmán, quien según las últimas investigaciones oficiales e informes de la CIA ordenó el asesinato y vil descuartizamiento del periodista Jamal Khashoggi en la embajada de Estambul. El domingo ambos se estrecharon la mano amistosamente durante el gran premio de Fórmula 1 de Abu Dabi. Las manos manchadas de sangre del jeque heredero estrecharon las manos del ex monarca español. Y la fotografía de la infamia dio la vuelta al mundo. Desde la instantánea de Franco abrazando a Hitler en Hendaya no se había visto una puesta en escena tan humillante para España.

La secuencia ha supuesto una palada más de tierra sobre la más que maltrecha imagen de la Casa Real española. La mayoría de periódicos nacionales e internacionales, con independencia de su línea editorial, critican el error descomunal del emérito, que no calibró (o no quiso hacerlo) las consecuencias políticas que para nuestro país tenía una fotografía tan repugnante. Pero por lo visto Juan Carlos I ya va por libre. Vuela solo, como el AVE a la Meca, una obra faraónica por la que, según la princesa Corinna, el rey jubilado exigió su parte, según se desprende de las grabaciones de Villarejo.

A Juan Carlos no deben importarle demasiado los nefastos efectos diplomáticos que pueda tener para España su obscena confraternización con el presunto carnicero de Riad. Hasta tal punto le importa un bledo la imagen internacional que pueda proyectar la monarquía española que permitió que su hija, la infanta Cristina, salpicada por el bochornoso escándalo Nóos, la acompañara en su viaje a Abu Dabi. Corrupción y asesinato, un lienzo oriental difícilmente digerible; un cóctel perfecto para un thriller en el desierto digno de la mejor Agatha Christie. La escena resulta especialmente explosiva en este momento, cuando aún sigue viva la polémica por la venta de armas a Arabia Saudí. Mientras la población de Yemen sigue muriendo bajo las bombas españolas lanzadas por los saudíes, la estampa de un rey español de francachelas con el genocida no parece la mejor manera de proyectar la imagen de España como una democracia respetuosa con los derechos humanos.

Resulta evidente que Juan Carlos I, que hace lo que quiere y cuando quiere, no está dispuesto a romper los lazos de amistad con la Familia Real árabe ni por unos cuantos yemeníes masacrados ni por un simple periodista asesinado. La excusa de que la relación entre ambas casas reales ha dado jugosas inversiones a España en las últimas décadas está bien, pero al menos el emérito podría haber preguntado a su hijo si era el momento oportuno para dejarse ver en el palco del circuito de Abu Dabi, entre gente acusada de ir troceando a periodistas por ahí. Ni siquiera la despedida del gran Fernando Alonso era una razón suficiente para esa inoportuna visita. Será por eso, según cuentan las crónicas matinales, que la foto de Juan Carlos con Bin Salmán no ha sentado nada bien en Zarzuela, donde el Rey Felipe VI trabaja para recuperar la credibilidad perdida durante los últimos años de escándalos amorosos, safaris de lujo, despilfarros y ecos de corruptelas. Alguien debería atar en corto al rey jubilado. Antes de que rompa algo en alguna cancillería.

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1 Comentario

  1. Como bien dices al principio de tu artículo el señor Borbón va por libre, le importa un pimiento lo que pensemos la gran mayoría de españoles mientras una minoría se crea todas las patrañas que cuentan en las revistas del corazón sobre la monarquía

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