La afirmación de que nuestra sociedad es narcisista se evidencia en muchos aspectos. Por el contrario, el hedonismo que también se le atribuye es, desde mi punto de vista, bastante cuestionable.

Respecto al narcisismo, y tomando como referencia las tesis freudianas –puestas en solfa por el reciente libro de Michel Onfray sobre el analista vienés– podemos concluir que, al no poder acceder a nuestros deseos, ya sea mediante el objeto o el sujeto anhelado, en muchas ocasiones sólo nos queda el recurso narcisista del amor por uno mismo (que es cosa bien distinta del “amor propio”). Las últimas generaciones han sido, sin lugar a dudas, las que más estímulos han recibido para exacerbar sus deseos. El deseo compulsivo de bienes de consumo, el deseo de un status social que nunca llega por más que dispensemos un tremendo esfuerzo laboral o curricular; generaciones marcadas por la “fábrica de sueños” que es el cine… Todo esto favorece el recurso narcisista dentro de la búsqueda del placer en su sentido del eros freudiano.

Una vez que la religión desaparece como medio para fugarse del mundo (fuga mundi), y rechazada la cultura y el arte mediante políticas marcadamente ideológicas desde lo institucional, optamos por la sublimación de lo banal. El llamado subnopop es tal vez una muestra evidente de este fenómeno. (Quisiera pensar que es una denuncia de este fenómeno…) El otro medio para fugarse de la realidad, la drogadicción, responde a otra clase de impulsos de nuestro inconsciente; pertenece a la esfera del tanatos, ya aunque cause un placer inmediato deviene en problemas de todo tipo, tal y como ocurre con muchos otros mecanismos de autodestrucción.

Todo el aparato disciplinario existente en la sociedad, mediante los sistemas de control y corrección –tantas veces marcadamente punitiva– son un intento por fortalecer aún más nuestro “superyó”, ese tribunal interno de nuestra psique que Freud relacionaba con la autocensura o la autoimposición del deber. El neoliberalismo mantiene así el statu quo. Cuerpos domesticados económicamente rentables, como dijera Michel Foucault.

Nos permitimos, eso sí, dar rienda suelta a nuestras pasiones más atávicas cuando acudimos a un estadio para presenciar un partido de fútbol, o cuando dejamos escapar la rabia si estamos al volante. Éstas son situaciones en las que nos damos la libertad de abandonar nuestro traje de corrección (incluso de coherencia ideológica, ya que lo que muchos gritan en un estadio no se corresponde, al parecer, con aquello que verdaderamente piensan). Sin embargo, somos plenamente conscientes de que debemos renunciar a buena parte de nuestros impulsos si queremos beneficiarnos de la seguridad que reporta la vida en sociedad.

El ideal de felicidad forzosa que justificamos mediante nuestra actividad diaria en redes sociales es, irremediablemente, el mayor acto de autocensura. De ahí la existencia de su cara opuesta: el hater, el troll… que al igual que el Ello freudiano se presenta habitualmente bajo formas anónimas.

Desplazar estas tendencias mediante sublimaciones más que discutibles es, tal vez, la única razón de que no explote todo por los aires. Mediante estas sublimaciones nos mostramos de acuerdo en la degustación de un sucedáneo de todo (pseudodemocracia, pseudoempleo, relaciones líquidas, amistades virtuales, pseudoarte…). Es el signo de nuestros tiempos.

Sin embargo, pese a que hayamos recurrido al narcisismo como fuente principal del placer, ésta no es en realidad una sociedad hedonista. Todo el pensamiento platónico-cristiano enterró las verdaderas tesis de Leucipo, Epicuro, Antifón o Aristipo. Para estos pensadores –coetáneos a Sócrates, aunque son catalogados interesadamente como presocráticos– el placer conducía a la felicidad, pero no toda clase de placer. Aquellos placeres que más tarde daban lugar a preocupaciones o dependencias eran placeres que era preciso rechazar. En sentido contrario, aquellas situaciones no placenteras que posteriormente daban lugar a grandes placeres eran sin embargo muy beneficiosos a los ojos de los clásicos hedonistas. Postulados que difieren bastante de la caricatura orgiástica con que se ha mirado el hedonismo desde los ojos santurrones de Occidente.

Llama por tanto la atención que en la narcisista “sociedad de la báscula” no haya ningún planteamiento serio para una equilibrada dietética del placer. Dicho de otro modo: los antiguos hedonistas condenarían muchos de los placeres que hoy cultivamos, ya que al ser habitualmente fuente de sufrimientos posteriores serían entendidos por aquéllos como displaceres.

Viene al caso, por tanto, la idea de felicidad disciplinada dentro de la sociedad de la vigilancia y control: la felicidad como camisa de fuerza.

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Julio Fuentes González nació en Linares, Jaén, en 1976. Es licenciado en filología hispánica por la Universidad de Córdoba y ha publicado relatos en diversas revistas literarias. En el año 2000 publicó Una cucharilla partida por el agua en la editorial Círculo de Lectores, en volumen conjunto con la obra Manaos de Alberto Vázquez-Figueroa, siendo seleccionado para este proyecto de la mano de Sergio Gaspar y Silvia Sesé. Es técnico superior en prevención de riesgos laborales y ha desarrollado una intensa actividad sindical. En la actualidad está finalizando Perímetro Flexible, su primera novela.

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