Con los últimos suspiros de mayo los trabajadores del campo van preparando eras, paradores y naves para almacenar el grano resultante de la recolección. Tardes en las que las cosechadoras se revisan y reparan para comenzar la tarea en las tierras de labranza. El esfuerzo anual del cuido del cereal se consuma. Este año con una dificultad añadida, la escasez de agua de lluvia, lo cual empobrece la calidad de la cosecha.

Aunque con muchos más adelantos que hace unas décadas, hay cosas que no cambian en este ámbito del mundo rural. Como cada año, según manda la costumbre, se aproximan los tempranos amaneceres de olor a blanda que se extenderán por un largo día de calor. La cosecha comienza antes de amanecer y finaliza con los últimos rayos del sol, no se puede perder tiempo, hay que gastar lo menos posible y recoger el grano en el menos tiempo que se pueda, por si alguna tormenta veraniega le da por hacer de las suyas.

Volverán a verse las talegas de chacina sudada, huevos duros, tocino y fruta, acompañadas de neveras para refrescar el agua, el vino, el gazpacho o los refrescos – para la nueva sabia –; hay que alimentarse bien en esos días en los que aprieta el sol. Los jornaleros – cada vez menos en esta etapa por el desarrollo de la maquinaria – esperarán desde antes de la amanecida en los bares, con la idea de que alguien les contrate durante esos días. Y volverá a escucharse la expresión repetitiva de cada año cuando un agricultor pregunte a otro por los excedentes: “este año está la cosa fatal, no puede estar peor”.

Pero lo cierto y verdad es que, a pesar del avance de la mecánica agraria, el mundo rural sigue sufriendo duras desventajas con respecto a otras escalas laborales. La Unión Europea no consigue hacer una política agraria realmente justa, que permita a los agricultores, en especial a los pequeños, establecer un desarrollo adecuado a los tiempos venideros. Pese a ser una intención conocida, la PAC no consigue asegurar al consumidor europeo suministros a precios razonables y garantizar una retribución equitativa a los agricultores, además de contribuir al desarrollo del mundo rural. El precio por el cual los frutos son vendidos es realmente descompensado en relación al coste de venta en el mercado directo al consumidor.

Todavía los gastos de los agricultores, grandes propietarios o pequeños, son muy altos, tanto es así, que el beneficio final puede resultar pobre, mucho más si la influencia de la naturaleza influye con sequías y otros vaivenes que empeoran el resultado de todo un año. Aún no se ha conseguido hacer una PAC justa, realmente equitativa, vanguardista y posibilitadora de una mejor agricultura, tanto en lo productivo, como en lo que al agricultor respecta. Esta Extremadura mía tiene una vasta producción agropecuaria que podría dar más de sí. La PAC sigue siendo objeto de fuerte debate político a izquierdas y derechas, politizando hasta la saciedad el problema y olvidando la realidad de la Extremadura de la siega y la talega; olvidando el debate más preocupante que se da en el mundo agrario, precios y costes. Los políticos debaten sin fin sobre el modelo de explotación, entre familiar o de gran escala, sin poner sobre la mesa un encuentro serio y coherente a la problemática primera.

Productos de calidad envidiables, que necesitan el apoyo de inversores para ser un referente verdaderamente reconocido, podrían mejorar notoriamente con una política agraria comunitaria mucho más social y abierta al avance que necesita una tierra que está quedando despoblada.

 

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